sábado 21 de febrero de 2026

Dolor por el fallecimiento de Tito Friguglietti, histórico comerciante y figura del peronismo pergaminense

La muerte de Juan Carlos Friguglietti enluta a la comunidad. Fue referente del comercio local, militante activo y protagonista de la vida pública.

28 de noviembre de 2025 - 08:51

Este jueves falleció Juan Carlos “Tito” Friguglietti y la noticia generó pesar en Pergamino, donde su figura y recorrido laboral y social en la comunidad estuvo ligada durante más de seis décadas al comercio, la militancia peronista y al trabajo comunitario.

Falleció este jueves a los 89 años, rodeado del afecto de su familia y con el reconocimiento de generaciones de pergaminenses que lo conocieron detrás del mostrador, en la actividad pública o en su tradicional local Fotorama, un verdadero emblema local del rubro fotográfico.

Dolor de la familia por el fallecimiento

El dolor alcanza especialmente a su esposa, Irma Noemí Susán; a sus hijos Ricardo y Juan Manuel; a Mariel, su hija política; a sus nietos Santiago, Federico, Eugenia, Lucía y Virginia; a sus nietos políticos Alejo y Pía; a sus bisnietos Charo y León; y a su hermana Mary. También a un extenso círculo de amistades que lo acompañó a lo largo de una vida marcada por el trabajo, la participación social y su inconfundible sencillez personal.

Nacido en Pergamino, pero criado durante parte de su infancia en Concepción del Uruguay, siempre valoró la educación recibida en la Escuela Nicolás Avellaneda, donde cursó la primaria. Era el mayor de los hijos de Carlos Friguglietti y María Victoria Deroche, y desde joven se identificó con el esfuerzo cotidiano de su padre, un mecánico tornero que trabajó hasta los 93 años. Aquella referencia de firmeza y disciplina marcó su propia impronta laboral.

Desde muy chico comenzó a forjar su camino. Recordaba con humor que su primer empleo fue casi fortuito: con apenas 15 años descargó gajos de banana en el viejo mercado de la ciudad y luego vendió frutas en un carrito sobre Pueyrredón y San Nicolás, donde aprendió la dinámica del comercio callejero y el valor del trato personal. Más tarde trabajó en Óptica Martín, donde el dueño, Isacio Martín, lo introdujo en el mundo del revelado en blanco y negro. Ese aprendizaje se volvió un punto de inflexión: descubrió una vocación.

Con una cámara sencilla, pidió a su padre que lo apoyara y comenzó a cubrir acontecimientos sociales: bautismos, casamientos, aniversarios y compromisos. En tiempos en que las cámaras no estaban al alcance de todos, su trabajo encontró rápidamente demanda. También colaboró como reportero gráfico en los diarios El Tiempo y LA OPINIÓN, y durante 19 años ejerció como fotógrafo policial, un rol decisivo en la elaboración de expedientes judiciales. Su material incluso integró una edición de la revista Así sobre un resonante crimen múltiple ocurrido en Pergamino.

Ese recorrido lo empujó naturalmente a emprender. Junto a su amigo Francisco Raimundo fundó Fotorama, instalado en Dr. Alem 148, que con los años se consolidó como un comercio de referencia. Tras dividir la sociedad en excelentes términos, Tito quedó al frente del negocio, combinando el trabajo fotográfico con las ventas mayoristas. Llegó a administrar una flota de tres camiones y a emplear once trabajadores. Extendió su influencia a otros rubros: productos radiográficos, televisores y laboratorios fotográficos que permitían obtener imágenes en el día. Su capacidad para adaptarse a los cambios tecnológicos mantuvo vigente el nombre Fotorama incluso ante una industria en permanente transformación.

Para él, el comercio era más que una actividad económica: era un estilo de vida. Continuaba trabajando incluso en sus últimos años, aunque siempre reivindicaba que su rol ya no era el de jefe, sino el de acompañar a sus hijos, quienes sostienen la empresa familiar. “Es una manera de seguir haciendo lo que me hace bien”, contaba.

Paralelamente, su historia estuvo indisolublemente ligada al peronismo. Militó desde joven, movido por el inconformismo que sintió ya durante su servicio militar, donde percibió un ambiente hostil hacia la doctrina justicialista. En Pergamino integró comisiones del Club San Telmo, su espacio afectivo, y participó en consorcios que lograron avances concretos como la llegada de cloacas y agua corriente. Siempre desde la acción colectiva, cimentó una trayectoria política que lo llevó a desempeñarse como secretario de Acción Social durante la gestión municipal de Carlos Nazareno Gaspard, con quien desarrolló una campaña recordada dentro de las filas del peronismo local.

Su participación también incluyó el acompañamiento a figuras como Italo Luder y Herminio Iglesias, su incorporación al equipo de Eduardo Duhalde cuando presidía la Cámara de Senadores, y su rol como integrante del Consejo del Partido Justicialista bonaerense. En el plano local, su paso por el Concejo Deliberante hasta 1999 constituyó uno de sus orgullos personales. Además, formó parte del Semanario El Tiempo en una etapa crucial de ese medio, junto a Pedro Rivero, y colaboró en la obra social UATRE convocado por Alberto Jacquelin.

Tito solía decir que había aprendido en la política lo mismo que en el comercio: que cada persona debe elegir su camino. Observador incansable de la realidad, sostenía que la política había cambiado y que muchas veces había más interés que vocación. Sin embargo, mantenía simpatías definidas y nunca perdió la inquietud por los asuntos públicos de su ciudad.

En su vida cotidiana, prefería la serenidad: la charla con amigos, el trabajo en familia, la tranquilidad de la rutina. Defensor de la amistad entendida como lealtad absoluta, conservaba un recuerdo especial para quienes ya no estaban. Se definía como un hombre feliz, agradecido por su familia y por la salud que lo acompañaba en su adultez mayor.

En los últimos años reflexionaba con frecuencia sobre el paso del tiempo. Solía citar un texto de Mario Vargas Llosa que hablaba del miedo a la edad y, a la vez, de la maravilla de la vida. Para Tito, esa idea sintetizaba su filosofía: aceptar la existencia con sus luces y sombras, con errores y aciertos, con esperanza y responsabilidad. “No pretendo nada más”, decía.

Hoy su partida deja un vacío profundo en la comunidad pergaminense. Su legado persiste en la memoria de quienes lo trataron, en el comercio local, en sus hijos que continúan su obra y en la impronta de un pergaminense que vivió con pasión, coherencia y afecto por su ciudad.

La pérdida de su hija

Tito Friguglietti fue ante todo un hombre de familia con mucha cercanía con los hijos y nietos. La pérdida de su hija, Marisa, hace unos años significó un golpe anímico muy grande. Desde ese momento volcó su vida mayormente a los afectos cercanos y fue dejando paulatinamente la actividad comercial delegando en sus hijos la continuidad del negocio.

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