sábado 21 de febrero de 2026

La Biblioteca Dr. Joaquín Menéndez o la forma del infinito

El edificio de la Biblioteca Dr. Joaquín Menéndez de Pergamino se presenta como un objeto autónomo, elevado, que evita tocar la tierra más de lo necesario.

28 de diciembre de 2025 - 07:01

La Biblioteca Menéndez transforma la elevación en una idea: libera el suelo para hacer uso del espacio público, invita al ascenso y convierte la arquitectura en un gesto simbólico frente al ruido, la prisa y el olvido.

Desde que existen, las bibliotecas encarnan uno de los gestos más ambiciosos de la humanidad: desafiar al tiempo. Son refugios de lo que permanece cuando todo cambia, dispositivos creados para que la memoria no dependa solo de la fragilidad de la transmisión oral. En El infinito en un junco, Irene Vallejo recuerda que los libros nacieron como una respuesta casi heroica frente al olvido, como una forma de preservar ideas, relatos y conocimientos más allá de la vida individual. Cada biblioteca es, en ese sentido, un acto de fe en el futuro. No guarda solo textos: guarda la posibilidad de que alguien, en otro tiempo, vuelva a pensar lo pensado y lo transforme.

Por eso podemos decir que la Biblioteca Menéndez de Pergamino no solo celebra libros: celebra esa idea. El 7 de octubre de 2017, en el marco de su 117° aniversario, la institución inauguró su nueva casa y, con ella, una arquitectura que decidió hablar en voz baja (como lo requiere una biblioteca) pero con conceptos firmes. El edificio no busca imponerse por estridencia formal (aunque siempre muestra su identidad y lo hace desde su presencia), sino por la densidad simbólica de sus decisiones. No grita qué es ni cómo funciona; su potencia está en lo que sugiere. Y, sobre todo, en cómo se posa —o, mejor dicho, en cómo casi solo se posa— sobre el suelo.

La Biblioteca se presenta como un objeto autónomo, elevado, que evita tocar la tierra más de lo necesario. Ese gesto inicial ordena todo lo demás: liberar el suelo, respetar el espacio público, permitir que la ciudad siga fluyendo por debajo. Allí aparece una plaza que atraviesa el edificio, con mobiliario propio para sentarse, leer, detenerse. El edificio no coloniza el espacio urbano: lo devuelve. Propone un uso recreativo del suelo, entendido no como superficie residual, sino como lugar de encuentro y permanencia.

Desde lo formal, la propuesta evita deliberadamente contar lo que sucede en su interior. Desde el exterior no se adivinan funciones, ni recorridos, ni programas específicos. No se sabe dónde está la sala de lectura, el auditorio, las aulas de reunión ni la extensa hemeroteca que constituye una verdadera fuente documental para la historia de la ciudad. Ese hermetismo no es un límite, sino una invitación. El conocimiento no se exhibe como mercancía; se busca, se atraviesa, se descubre.

Elevarse para saber

El acceso refuerza esa idea. No se entra de manera directa ni automática. Para llegar a la biblioteca hay que ascender: por una rampa desde la calle o desde el espacio semicubierto inferior, a través de una escalera de trazo casi escultórico, cercana a un semicaracol. El edificio exige un pequeño esfuerzo físico, una transición. La arquitectura propone así un rito contemporáneo: elevarse para ir en busca del conocimiento.

Este gesto dialoga con una tradición profunda de la arquitectura moderna. El guiño a Amancio Williams es evidente: como en la Casa del Puente, el edificio se eleva para respetar el suelo, para no interrumpir la continuidad del espacio público. El terreno no es un soporte a conquistar, sino un plano a preservar. Tocar lo menos posible la tierra es, también, una toma de posición ética y urbana.

En este punto resulta inevitable trazar una comparación con otra biblioteca icónica de la Argentina: la Biblioteca Nacional Mariano Moreno de Buenos Aires, proyectada por Clorindo Testa. Allí, el edificio se alza y se hace visible sus plantas superiores, casi separadas del suelo, imponiéndose en el paisaje como una pieza monumental que exhibe el saber, la luz y el conocimiento desde lo alto. La Biblioteca Menéndez, en cambio, elige otro camino. No se eleva para mostrarse, sino para convocar. No se impone: invita. En lugar de dominar el entorno, tiende un brazo —la rampa, el recorrido, el acceso— para que cualquiera pueda subir. La elevación no es aquí un alarde, sino una promesa: el conocimiento no se contempla desde abajo, si no que se alcanza caminando, paso a paso, como una experiencia compartida.

Al mismo tiempo, la relación entre volumen y entorno introduce otra capa de lectura. El edificio funciona como un objeto claro, casi abstracto, que no revela su lógica interna y que convive con la ciudad sin mimetizarse. En esa decisión aparecen resonancias con ciertas estructuras formales y conceptuales de Rem Koolhaas, donde la arquitectura no explica, sino que tensiona; no narra, sino que sugiere.

Separarse del ruido, acercarse al sentido

Elevar el volumen principal implica algo más que una decisión estructural. Es una operación simbólica. El suelo es el territorio del tránsito, del ruido, de la urgencia cotidiana. Al separarse de ese plano, la biblioteca propone otra temporalidad. El lector asciende, se desprende momentáneamente de la inmediatez diaria y accede a un espacio de concentración y silencio. No se trata de aislarse del mundo, sino de afinar la atención.

En un tiempo dominado por titulares fugaces y desplazamientos infinitos de pantalla, la biblioteca defiende una idea casi subversiva: el conocimiento es lento. Leer, estudiar, investigar lleva tiempo. Y ese tiempo —paradójicamente— es el que permite avanzar más lejos. El edificio, al elevarse, parece recordarlo sin necesidad de palabras.

Escaleras, rampas y recorridos verticales no son aquí simples elementos funcionales. Son rituales de transición. El acto de subir prepara al cuerpo y a la mente. Antes de abrir un libro, el lector ya ha iniciado el proceso de lectura a través del movimiento. La arquitectura, en este sentido, no contiene el conocimiento: lo anticipa.

Como en la Biblioteca de la Academia Phillips Exeter en New Hampshire proyectada por Louis Kahn, el saber no se entrega de manera inmediata. Hay que atravesar el espacio, recorrerlo, llegar. El conocimiento está adentro, pero no porque se oculte, sino porque requiere disposición, búsqueda y tiempo.

Pensar no es repetir: la biblioteca como faro

Este edificio no impone una verdad única. En su interior conviven versiones, interpretaciones, miradas opuestas. La biblioteca enseña una lección crucial para el futuro: pensar no es repetir, es comparar. Entre estanterías, mesas y salas, coexisten textos que se contradicen, ideas que dialogan a través de los siglos. La arquitectura acompaña esa condición sin jerarquizar discursos, sin señalar respuestas correctas. Ofrece el marco; el pensamiento hace el resto.

Al elevarse, el edificio se vuelve visible. No por monumentalidad, sino por claridad formal. Se convierte en un referente urbano, un punto de orientación simbólica. “Ahí está el conocimiento”. Como los faros o las torres, no grita, pero señala. En el paisaje de la ciudad, la biblioteca deja de ser un contenedor neutro para convertirse en una presencia significativa.

La elevación trae consigo una condición fundamental: la luz. Más altura implica una relación más directa con el cielo, vistas más abiertas y una iluminación natural que acompaña la lectura. Desde siempre, la luz ha sido metáfora de comprensión. Entender es iluminar una idea. En este punto, central en el proyecto, la biblioteca no solo guarda libros: crea las condiciones físicas y simbólicas para el pensamiento claro.

No es solo un lugar silencioso. Es un espacio donde el pensamiento puede escucharse a sí mismo. En un mundo saturado de estímulos, la concentración profunda se vuelve un lujo. Aquí, ese lujo es público, accesible y gratuito.

Las bibliotecas existen porque los seres humanos anhelan lo imperecedero. Frente a la fugacidad de lo digital y la velocidad del presente, siguen siendo espacios de resistencia cultural. La Biblioteca Menéndez, elevada, discreta y firme, materializa ese anhelo. Su arquitectura no busca imponer una verdad, sino sostener una posibilidad: que el conocimiento nos eleve, que pensar requiera distancia, tiempo y luz. Y que, para avanzar de verdad, todavía valga la pena subir despacio.

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