El Adviento, que comienza este domingo y se extenderá hasta el 24 de diciembre, abre las puertas a un tiempo singular dentro de la vida de la Iglesia Católica. Son cuatro semanas en las que se invita a los fieles a emprender un doble movimiento espiritual: por un lado, recordar el deseo histórico del Pueblo de Dios por la llegada del Mesías; y por otro, renovar la esperanza en su regreso glorioso al final de los tiempos.
A lo largo de este período, los cristianos vuelven a contemplar las acciones de Dios en la historia, aquellas que prepararon la primera venida de Jesús, y reavivan la certeza de que ese relato se completará cuando Cristo vuelva. Se trata de un tiempo de espera gozosa, donde la preparación no es meramente exterior, sino profundamente interior.
“Adviento significa venida”
Para comprender la riqueza espiritual del Adviento, el padre Carlos Miri, párroco de la iglesia Nuestra Señora de la Merced de Pergamino, propone volver al origen mismo de la palabra: “Adviento es el tiempo de preparación a la Navidad. Adviento significa venida, advenir, y es el tiempo en que nos preparamos para la venida de Cristo.”
El sacerdote explica que este período no dura estrictamente un mes, sino “tres semanas y un poquito más, son cuatro domingos”, comenzando siempre en el domingo más cercano al 30 de noviembre, fiesta de san Andrés. Este año, al coincidir en domingo, el Adviento inicia inmediatamente.
Durante estos cuatro domingos, la Iglesia invita a esperar tanto la primera venida —la del Niño Dios en Belén— como la segunda, aquella que los cristianos aguardan al final de los tiempos. Por eso, asegura Miri: “Es un tiempo de alegría y de esperanza.”
Aunque el color litúrgico es el morado, asociado tradicionalmente con la penitencia, el sacerdote remarca que no se trata de una penitencia triste o dolorosa, sino de una preparación gozosa: “No la penitencia cual es mal, sino la penitencia gozosa de la venida de Cristo.”
Para explicar este espíritu de alegría, el padre Miri recurre a una imagen tierna y profundamente humana:“María está embarazada y va a dar a luz a Jesús en el corazón de los hombres.”
Así como una mujer en los días previos al nacimiento de su hijo no vive la espera con tristeza, sino con ilusión, ansiedad y gozo, los cristianos están llamados a prepararse del mismo modo:“Queremos conocer la cara del bebé… nosotros también tenemos que prepararnos así, para que la Navidad sea el nacimiento de Cristo en el corazón de cada uno.”
Miri recuerda que la Navidad no debe reducirse a los adornos, a la comida ni a la figura de Papá Noel: “La Navidad pasa por Jesús, por la alegría del nacimiento de un bebé… ese bebé es el Salvador del mundo.”
Los ocho días previos
A diferencia de otras celebraciones, el Adviento no posee una novena. En cambio, ofrece ocho días de preparación inmediata, cada uno dedicado a un título del Mesías tomado del Antiguo Testamento.
“Tronco de Jesé, Emmanuel, Dios con nosotros…”, enumera el sacerdote, recordando que estos nombres expresan la esperanza del pueblo judío y que los cristianos los meditan nuevamente para vivir con mayor profundidad el nacimiento de Cristo.
Este año, además, la Navidad adquiere un carácter especial por coincidir con el cierre del Año Jubilar, que concluirá el 6 de enero. Para Miri, este contexto añade un matiz particular: “Tuvimos un año de esperanza y tenemos que revivir esa esperanza para ser testigos del amor que Dios nos tiene.”
La corona de Adviento: un signo visible de la espera
Una de las tradiciones más extendidas en este tiempo es la corona de Adviento. Consiste en una estructura circular de ramas verdes —símbolo de la vida y la continuidad— acompañada por cuatro velas, que representan cada domingo de Adviento.
Tres de ellas son moradas y una rosada. Esta última corresponde al tercer domingo, conocido como Gaudete (“Alégrense”), momento en el que la Iglesia anticipa la proximidad de la Navidad, suavizando el tono penitencial y celebrando con especial alegría.
En algunos hogares o templos se incorpora una quinta vela, blanca y de mayor tamaño, llamada “vela de Cristo”, que se enciende el día de Navidad como símbolo de la luz que irrumpe en el mundo.
Encender la corona en familia, acompañado de lecturas bíblicas y oraciones, se convierte en un gesto que prepara la casa y el corazón para recibir al Señor.
Un tiempo para abrir el corazón
El Adviento, en definitiva, es una invitación a detenerse en medio de la rutina, a recuperar la esperanza y a abrir el alma a la presencia de Dios. Como resume el padre Miri: “Adviento es tiempo de esperanza, de alegría y de gozo, porque Jesús viene al encuentro del hombre.”
Con la mirada puesta en Belén y con el corazón dispuesto a renovarse, la Iglesia inicia este camino que culminará en la noche luminosa del nacimiento del Salvador.