En toda comunidad hay momentos en los que se pone a prueba algo más que una obra puntual: se discute, en el fondo, qué ciudad se quiere habitar. En Pergamino, ese debate volvió a escena a partir de dos intervenciones urbanas impulsadas por el Municipio: la adecuación de un sector de la Peatonal con tránsito vehicular controlado y la apertura parcial de la Plaza 25 de Mayo para dar continuidad a la calle Pinto. Dos iniciativas que, lejos de alterar la esencia de la ciudad, buscan adaptarla a las demandas concretas de su tiempo.
Como suele ocurrir, la discusión pública se encendió. Pero no tanto por la magnitud de los cambios -más bien acotados- sino por la resistencia de un grupo reducido que pretende frenar las obras y someterlas a un proceso de debate que, en los hechos, podría derivar en la paralización. La pregunta que surge es inevitable: ¿hasta qué punto el debate es genuino y cuándo se convierte en una herramienta para impedir avanzar?
La Peatonal fue, en su momento, un símbolo de modernidad y desarrollo comercial. Representó una decisión política que interpretó una necesidad de época. Sin embargo, las ciudades no son piezas de museo. Lo que ayer fue solución, hoy puede requerir ajustes. La posibilidad de habilitar el tránsito vehicular en determinados horarios y bajo control no implica una renuncia a aquel concepto, sino una actualización inteligente: atender el reclamo de comerciantes, mejorar la accesibilidad y, al mismo tiempo, aportar una válvula de descompresión a un sistema vial cada vez más exigido.
Algo similar ocurre con la plaza 25 de Mayo. Desde hace años se plantea la necesidad de dar continuidad a la calle Pinto, aunque sea en una sola mano y con un esquema flexible que contemple el uso pleno del espacio público durante fines de semana y feriados. La propuesta no altera la fisonomía del lugar ni afecta su valor simbólico. Por el contrario, introduce una lógica de convivencia entre circulación y disfrute, que ya es moneda corriente en muchas ciudades. Y, sobre todo, resuelve un problema concreto: evitar recorridos innecesarios que hoy obligan a desviar el tránsito por 9 de Julio, avenida de Mayo e Italia para retomar Pinto, generando congestión en puntos críticos.
No se trata de una discusión abstracta. Los embotellamientos, las demoras y la falta de fluidez en el tránsito son, hoy, uno de los principales reclamos de los vecinos. Ignorar esa realidad en nombre de una defensa rígida del statu quo es, en el mejor de los casos, un ejercicio de romanticismo urbano; en el peor, una forma de desentenderse de los problemas cotidianos.
Hay, además, un dato que no puede soslayarse. Entre quienes hoy cuestionan con vehemencia estas iniciativas hay profesionales que han tenido responsabilidades en la función pública local, incluso dentro de la actual administración. Durante sus gestiones, no apelaron a consultas externas cada vez que debieron proyectar obras. No se trata de descalificar opiniones —toda mirada técnica suma—, pero sí de poner en contexto ciertas posturas que, de pronto, parecen descubrir la necesidad de mecanismos participativos solo cuando las decisiones no les resultan afines.
Porque, en definitiva, gobernar también implica decidir. Escuchar, sí; incorporar aportes, también. Pero sin perder de vista que la ciudad es un organismo dinámico que necesita respuestas concretas. Las obras en discusión no modifican la identidad de Pergamino, no alteran su perfil ni su patrimonio. Apuntan, simplemente, a adecuar su infraestructura a las demandas actuales, con criterios de funcionalidad y sentido común.
Bienvenidas sean, siempre, las opiniones y los aportes técnicos cuando nacen de un espíritu constructivo. Lo que no parece ser el caso cuando el debate se vuelve un fin en sí mismo o, peor aún, un instrumento de posicionamiento. Porque entonces ya no se discute la ciudad: se la inmoviliza.
Y una ciudad que no se adapta, que no corrige, que no evoluciona, corre el riesgo de quedar atrapada en su propia historia. Una historia valiosa, sin dudas, pero que no puede ser excusa para no mirar hacia adelante.