“En Pergamino existieron diversos proyectos que podemos rotular como muy ambiciosos. Entre ellos la fundición de hierro, bronce y otros metales de la fábrica ‘El vapor argentino’ de Laureano Galotto, donde se construyeron desde 1888, carruajes, sulkys, norias, bombas, tranqueras; la empresa conocida como La Italo, que no solo estuvo pensada para dar desde 1906 electricidad a toda la ciudad, sino la de llevar adelante una serie de producción que iba desde caramelos, leche pasterizada, dulce de leche y otros productos; la cooperativa de construcción La Edilicia, que realizó mancomunadamente con todos los oficios obras de construcción de suma importancia; la fábrica Linotex, que produjo toneladas de tela preferentemente de lino, pero ninguno fue tan ambicioso -tanto por lo logrado y por lo que tenía proyectado- como la Fábrica Lucini”, escribió a modo de prólogo el historiador Rafael Restaino en el libro “La Fábrica Lucini” (Graficar ediciones), cuyo autor es el profesor Roberto Azpeitía.
El volumen, que fue presentado el año pasado durante el encuentro anual que realizan los exempleados de la fábrica, con la presencia de una hija de don Omar Lucini, ya cuenta con su cuarta edición. El encuentro de este año será esta noche en el salón del Rotary Cruce.
“Este libro es un sentido homenaje a mis compañeros delegados como Aranguren, Oller, Epelbaum, Avilés, Molinari y a todos los compañeros. Es, asimismo, un sentido reconocimiento a Omar Juan Lucini. Y no puedo dejar de decir un llamado de atención a la ciudadanía pergaminense que no comprendió la importancia de esta fábrica para la ciudad”, escribió a modo de dedicatoria el autor, quien desempeñó tareas en esta pujante empresa metalúrgica durante diez años hasta su cierre en 1980.
La empresa tuvo su pico de esplendor en la década del 70 cuando llegó a tener cerca de 700 empleados. Lucini exportaba a toda Europa, EE.UU., Japón, Sudáfrica y Chile, entre otros países. Algunos señalan que de esa planta industrial salieron los hierros para la construcción de las Torres Gemelas de Nueva York o las torres de alta tensión de la línea Chocón Cerro Colorado a Buenos Aires.
El libro, que cuenta con 132 páginas, recorre la historia de esta poderosa metalúrgica, a través de los capítulos: La siderúrgica en la Argentina, Primeros pasos de Lucini en Pergamino, Lucini durante el onganiato, Lucini en la década del setenta y Crónica de un cierre anunciado.
“En la primera parte el libro contiene toda una historia de las fábricas metalúrgicas en el país, que en eso me dio una gran mano el profesor Restaino que es historiador y escritor”, sostuvo Azpeitía en diálogo con LA OPINION.
“Después fuimos recopilando fotos del Diario LA OPINION, otras que me fueron acercando distintos compañeros en los encuentros, de cuando comenzó la laminación, cuando se trafilaba el hierro. Llegué a tener unas 200 fotos de las cuales publiqué en el libro unas 60. También la experiencia y testimonios de encargados de laminación y trefilación, más algunos compañeros que aún viven y comenzaron con la fábrica como por ejemplo Francisco Oller, que pasó los 80 años y no faltó a ningún encuentro. También dos técnicos mecánicos como Juan Domingo Justianovich, que no solamente trabajó en Lucini sino que terminó de encargado en Bragado y trabajó en el exterior.
Recalco también que de mi promoción de la Escuela Industrial, que ahora cumplimos 50 años, la mitad trabajó en Lucini. Entre ellos José María Pellita, que luego desapareció en el 76. Así que hago un reflejo de la fábrica y cómo influyó sobre mí persona y los compañeros. También sobre la solidaridad y el trabajo peligroso que hacía que la salud del otro dependiera que yo fuera responsable en el manejo de herramientas para que no se quemara. Esto hacía que hubiese un gran compañerismo que hasta hoy se mantiene.
- ¿Qué lo llevó a escribir un libro sobre la historia de la Fábrica Lucini?
- La fábrica comenzó en 1958 con dos o tres asociaciones que fueron cambiando de nombre. Luego de que algunos empleados fueran a perfeccionarse comienza la laminación. Esto fue creciendo a los tumbos y tenían un apoyo del Gobierno nacional de lo que era en esos momentos Fabricaciones Militares, a través de créditos y demás considerando que el acero era un metal base e importante para el desarrollo del país.
Lucini llegó a comprar dos altos hornos con los que no solamente se iba a laminar, sino que se iba a producir el acero, pero esos hornos estuvieron en la Aduana durante varios años y finalmente, luego del golpe militar de 1976, fueron a parar a una acería de Bragado, cuyo dueño era socio de Lucini. Luego del 76 la fábrica comenzó un declive hasta cerrar en 1980.
Lo que a mí me lleva a escribir este libro es que yo entré en 1970 y al poco tiempo fui delegado gremial de la Unión Obrera Metalúrgica, junto con grandes compañeros y conseguimos muchísimas cosas que fueron un avance para lo que eran las fábricas de Pergamino. Pero a su vez Omar Lucini era un hombre con un sentido social importante y armó un club que fue muy considerado en ese momento -del cual José Picone fue responsable y trabajó un tiempo como gerente- y no solo revolucionó el fútbol de Pergamino, sino que, a través del club, se hacían para los chicos de las escuelas campamentos educativos. Los hijos de los empleados tenían a comienzos de clases sus guardapolvos y útiles escolares, es decir, montones de beneficios que para esa época era un avance y era un sentido social y empresario que no existía en general.
Luego del cierre de la fábrica, durante varios años, muchos empleados fueron a parar a distintos lugares del país y, transcurrido un tiempo, surgió la idea de reunirnos. Ahora llevamos 24 años seguidos reuniéndonos, una vez al año. Arrancamos en la primera comida alrededor de 250 personas y el próximo encuentro será esta noche, con alrededor de 70 personas, porque el 80 por ciento de las personas que trabajaron fueron falleciendo y algunos de ellos se encuentran impedidos de asistir.
Una anécdota y algo más
A modo de anécdota, el ‘Vasco’ recuerda que una mujer lo ubicó a través del Facebook porque quería conseguir el libro para regalárselo a su padre que cumplía 70 años porque se sentía orgulloso de haber trabajado en Lucini.
“Fue en su momento una empresa modelo. Se ganaba muy bien y para los comercios de Pergamino era un pago seguro darle un crédito a un empleado de Lucini; esto generaba una movida importante en la ciudad, considerando también que Lucini en esa época consumía más de la tercera parte de la electricidad de Pergamino y los sueldos implicaban el 7% del total de los gastos, por eso también uno podía conseguir mejoras”, concluyó.
Sobre el autor
Roberto “Vasco” Azpeitía es profesor de Matemática, Física y Química, actividad que desempeñó principalmente en la vieja Escuela Industrial, donde se acogió a los beneficios de la jubilación. Actualmente sigue en actividad como docente en un Centro de Formación Laboral donde se capacitan de oficios a personas mayores y el uso de Autocad.
Ocupó una banca en el Concejo Deliberante en dos oportunidades, fue secretario de Acción Social, presidente del Partido Justicialista, presidente de la Cooperativa Eléctrica, presidente de la Comisión de Fomento Barrio Acevedo y director de la ECT Nº 2.