sábado 06 de junio de 2026

Los restos del padre Carlos Pérez descansan en el Santuario de San Nicolás

Luego de la misa de exequias, los restos del padre Carlos Pérez fueron ubicados en la cripta. La vida de un sacerdote crucial en el acontecimiento mariano.

6 de junio de 2026 - 14:03

La Iglesia despidió con profundo pesar al padre Carlos Pérez, rector emérito del Santuario de María del Rosario de San Nicolás y una de las figuras más influyentes en el desarrollo del acontecimiento mariano que convirtió a esa ciudad bonaerense en uno de los centros de peregrinación más importantes de América Latina.

Su fallecimiento, ocurrido el pasado jueves, provocó numerosas muestras de afecto y reconocimiento hacia quien dedicó más de seis décadas de su vida al sacerdocio y cuyo nombre quedó para siempre ligado a la historia de las apariciones de la Virgen del Rosario de San Nicolás.

Los restos del sacerdote fueron velados en el Santuario mariano, lugar al que entregó gran parte de su vida y donde desarrolló una intensa tarea pastoral. Posteriormente, el obispo diocesano, monseñor Hugo Santiago, presidió la misa exequial ante una multitud de fieles, sacerdotes y miembros de la comunidad religiosa. Finalmente, sus restos fueron inhumados en la cripta del Santuario, donde descansan junto a los de monseñor Héctor Cardelli.

De Guerrico al sacerdocio

Carlos Antonio Pérez nació el 13 de agosto de 1938 en la localidad de Guerrico, partido de Pergamino. Hijo de una familia de profundas raíces cristianas y sobrino de la beata María Crescencia Pérez, creció en un ambiente donde la fe formaba parte de la vida cotidiana.

Realizó sus estudios primarios entre Guerrico y San Nicolás, para luego ingresar al Seminario de La Plata, donde cursó Filosofía y Teología. El 2 de junio de 1963 recibió la ordenación sacerdotal de manos de monseñor Francisco Juan Vénnera en la parroquia Nuestra Señora de la Merced de Pergamino.

Sus primeros pasos pastorales lo llevaron a Arribeños como vicario parroquial. Poco después regresó a Pergamino, donde desarrolló una intensa actividad evangelizadora que dejó una huella profunda en la comunidad local.

Fue vicario de Nuestra Señora de la Merced y posteriormente párroco fundador de Nuestra Señora de Luján. También impulsó la creación de centros misionales que con el tiempo se transformarían en parroquias, entre ellos Nuestra Señora de Fátima y otras comunidades religiosas de la región.

El sacerdote que creyó desde el principio

En 1972 fue trasladado a San Nicolás para desempeñarse en la Catedral. Nadie podía imaginar entonces que desde ese lugar se convertiría en una figura clave de un acontecimiento que marcaría la historia religiosa argentina.

Todo comenzó en septiembre de 1983 cuando Gladys Quiroga de Motta manifestó recibir mensajes de la Virgen María y de Jesucristo. Frente a semejante situación, el padre Pérez adoptó una actitud prudente, pero abierta. Escuchó los testimonios, realizó las averiguaciones correspondientes y puso inmediatamente el caso en conocimiento de las autoridades eclesiásticas.

A partir de ese momento se convirtió en confesor y acompañante espiritual de Gladys durante los primeros meses del fenómeno. Su presencia resultó decisiva para canalizar pastoralmente los acontecimientos que comenzaban a desarrollarse.

Quienes conocen en profundidad la historia de las apariciones coinciden en señalar que el padre Pérez fue uno de los primeros en comprender la magnitud de lo que estaba sucediendo.

Su aporte fue determinante también en otro hecho histórico: recordar la existencia de una antigua imagen de la Virgen del Rosario que permanecía prácticamente olvidada en el campanario de la Catedral nicoleña. Aquella imagen sería luego identificada por Gladys como la misma Virgen que se le aparecía y se transformaría en el símbolo central de la devoción mariana que hoy moviliza a millones de peregrinos.

Constructor del Santuario de San Nicolás

A medida que avanzaba el acontecimiento mariano, crecía también la necesidad de contar con un espacio adecuado para recibir a los fieles que llegaban desde distintos puntos del país.

En 1989 se inició la construcción del Santuario de María del Rosario de San Nicolás en el predio conocido como "El Campito", lugar donde habían ocurrido algunos de los episodios más importantes vinculados a las apariciones.

Ese mismo año, el entonces obispo diocesano, monseñor Domingo Salvador Castagna, lo designó como primer rector del Santuario.

Comenzó entonces otra etapa fundamental de su vida. No solamente debió acompañar espiritualmente a los peregrinos sino también impulsar y supervisar el crecimiento material de una obra monumental que con el paso de los años se convertiría en uno de los principales centros de fe del país.

Bajo su rectorado, el Santuario fue creciendo hasta transformarse en un lugar de referencia para millones de personas que cada año llegan a San Nicolás en busca de oración, consuelo y esperanza.

Un sacerdote de múltiples facetas

Además de su labor vinculada al acontecimiento mariano, el padre Pérez desempeñó numerosas responsabilidades dentro de la diócesis.

Fue rector y director espiritual del Seminario Diocesano, miembro del Consejo Presbiteral, integrante del Colegio de Consultores, ecónomo diocesano durante muchos años y colaborador cercano de distintos obispos.

También fundó la Asociación Sacerdotal Hijos del Sagrado e Inmaculado Corazón de María, una fraternidad que nació para acompañar pastoralmente el crecimiento de la obra mariana y que continúa desarrollando su misión en distintos puntos del país.

Sin embargo, hubo una faceta menos conocida que sorprendió incluso a quienes compartieron décadas junto a él: la poesía. Ya en su madurez comenzó una intensa producción literaria de inspiración espiritual. Llegó a escribir más de 1.600 poemas reunidos en cerca de treinta libros, muchos de ellos dedicados a la relación del hombre con Dios, la fe, la esperanza y la experiencia religiosa.

Un legado que trasciende

En 2016 recibió una de las mayores distinciones de su vida cuando el papa Francisco le otorgó el título de Capellán de Su Santidad, reconocimiento reservado a sacerdotes que han prestado servicios destacados a la Iglesia. Pero probablemente el mayor homenaje no haya sido una condecoración ni un reconocimiento institucional, sino el cariño que supo despertar entre quienes lo conocieron.

Quienes compartieron su camino lo recuerdan como un sacerdote de perfil bajo, humilde, sereno, profundamente creyente y siempre dispuesto al servicio. Un hombre que evitó los protagonismos y que entendió su misión como una entrega permanente.

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