jueves 14 de mayo de 2026

Argentina en el laberinto

29 de marzo de 2015 - 00:00

POR edna pozzi /// especial para la opinion. Como quien realizara una muestra de objetos inútiles, de sobras de mercado, cotidianamente el país baja sus ojos hacia su vientre oscuro donde anida la corrupción, el femicidio, la mordaza, la brutal indiferencia, sabiendo que la muestra no modificará la existencia de estos monstruos. Mostrarlos, no es en el caso, curarlos. Que hayamos llegado a consentir este proceso infame, afirma conductas de un país vencido en su propia, tajante inmoralidad. Como ya lo he dicho, la Argentina se mueve en un laberinto feroz donde no hay camino seguro que conduzca a un final. Los finales no existen y se necesita más de una generación para aceptar las reglas del laberinto y sentirse asimismo envuelto en el ostracismo o el fracaso. Todo estará a nivel de piel, a nivel de mercado, pero la herencia persistirá debajo de la piel en forma entrañable, de tal manera que estaremos abriendo inútiles puertas que conducen a la nada. Como puede conducir a la nada mis propias palabras o las palabras de quien se siente un consumado analista de la realidad, nada significante, todo deshecho e inoperante. ¿Cómo es posible que se sigan matando jóvenes mujeres, algunas casi niñas, como una forma de que lo más oscuro y embarrado de la sociedad argentina alberga un odio sin tapujos? ¿Cómo es posible que lo esencial de la brutalidad no persista más de 24 horas sin ser reemplazado por la banalidad y la nueva sorpresa cruel de otra adolescente asesinada? ¿Qué sensibilidad tenemos en este país a quien hemos respondido con las respuestas más hipócritas? ¿Qué es lo que queremos hacer con esta “bendición” de campos fecundos y cerros color plata? Recurrir a los próceres o a los dignos personajes de nuestra historia no alcanza para que un soplo de dignidad ciudadana, nos toque en el laberinto.

Somos así las criaturas informes de tiempos históricos que nos prepararon para la gloria. Pesa sobre nuestro corazón la multitud de actos grises que se proclamaban con brillantes legados, la sinfonía áspera de los votos secretos no cumplidos, del dejar pasar, de borrar furiosamente la palabra “honorable”. Y lo más terrible es la sensación de que hemos dilapidado años en que debimos decir que “no” y dijimos que “sí” mirando para el sur cuando el viento venía del norte y creyéndonos nosotros, salvados y definitivos. Todo esto no lo podrán saber las jóvenes asesinadas; ni todos aquellos que desvalidos y confusos esperaron una casa, una armonía, un orden severo y tierno.

Hemos corrido tras “los culpables” o aquellos que nos venía bien considerar como “culpables”. Mientras más horror había, más frágiles y venturosos quedaríamos nosotros, separados del espejo donde hay una zanja maldita, donde reposa la cabeza de una niña muerta o el bullicio de las antesalas del poder tan caro a nuestros propósitos donde se habla un idioma extraño, como el de los rinocerontes. Vaya usted a decirle a una madre que se consuele con el cuerpo destrozado que llegó hasta sus manos agonizantes, porque nadie, nadie, supo proteger a esa criatura en el laberinto. ¡Vaya a decirle sin que se le fatiguen los ojos por ceguera o su garganta gima en el estruendo de la pena, vaya a decirle…!

Tal vez se piense en que no hay que usar palabras apocalípticas para relatar y aun corregir la realidad cotidiana. La “realidad cotidiana” me suena a (literatura vieja) si es que eso existe y la cáscara endurecida del idioma. Todo es nuestro, el pasado, el presente y el futuro. Al parecer somos todos responsables de ese palabrerío que pretende ser un alto discurso de la inteligencia y que no alcanza para remover las hilachas más íntimas del dolor.

Son estas noticias las que convierten al cansado habitante de esta patria amable, en un desaforado que grita su dolor y su rabia mientras una cámara de televisión es escuchada sin escuchar porque hay un feroz cansancio de la basura que les tocó sin remedio. La infinitud del fracaso. Mientras más congresos, más agrupaciones políticas y sociales se pronuncien sobre el tema de los femicidios, por ejemplo, más intensas son las respuestas de crueldad y de muerte, lo cual indica la presencia cada vez más fuerte de los laberintos de error y mentira. Algo pasa y por lo tanto algo nos pasa. Ciegos, atropellados para la impudicia, juzgamos que “no juzgar” es la mejor respuesta. Si todos permanecemos en silencio, oiremos el fragor del mundo que se deshace en medio de nosotros. En nuestro país y por estos tiempos hay muertos que mueren más de una vez. Las palabras que intentan destrozar al adversario muerto son por lo general sucias y obscenas. Desde el laberinto escuchamos esas diatribas y no sabemos porque, algunos manifiestan ante el otro con tal inacabable perversidad y bajeza que parecen no haber pasado por la escuela primaria.

Cuando ignotos viajeros de otros mundos descubran qué pobres y vulnerables somos, quizás tengan piedad o por lo menos indiferencia ante el brutal exterminio. Las flechas que han perforado nuestro corazón no provienen de ellos sino de nosotros mismos. Entonces nos sabrán comprender y de un sólo gesto nos sumergirán en los confines del universo.

Horacio Villalba, en su último libro sobre Pergamino en la década del 60, cita a Abelardo Castillo cuando dice “vivir es siempre ahora. Parecía muy natural (o lo era) tener 25 años, mientras estaban vivos Sartre, Picasso, Marechal, Berni, Borges, Bacon, Hesse, Bergman, Camus, Elliot, Paul Cooper, Martínez Estrada, Hemingway, Marilyn Monroe, Fellini, Moore, Carpentier, Warhol, Chaplin, John Lennon y otros tantos”.

Existen tiempos en que hacemos crecer esas décadas de verdad, de esplendor donde artistas y escritores demuestran lo excelente que es el mundo y la aventura de abrir la oscuridad en dos pedazos.

Pero fuimos minuciosos y pacientes para ir deshaciendo esa trama de verdor que se incorporaba al mundo con un gesto más creador y más potente que el de la creación del universo. Aún ahora ojeamos esos libros casi monumentales donde la lucha por la verdad se plantea entre dos hipótesis ¿o la queremos para ganarla a nuestra ventura de letras y pinceles o terminamos como ahora denunciando la no verdad? La tremenda erosión de la poesía, el linaje oscuro de los gobernantes. Entonces nuestra época podría llamarse la “década perdida”, factible de llamarla por ese nombre porque desnudó el propósito de la codicia y afirma en su discurso que todo estaba perdido. Criaturas elementales que ya no están entre nosotros dijeron lo contrario y simplemente se es un desgraciado si se anima a vivir como sobreviviente de una cultura superior y más justa.

Los gestos políticos y sociales que uno ensaya para lograr estos códigos innobles, son nombrados como los jardines de la especulación, el asesinato y el vicio.

Si no hay una especie de refinamiento intelectual entre los que se están postulando para dirigir la República, si sólo hay una versión de que inevitablemente, todo será un martirizar de palabras sin sentido ¿quién elegirá entre los elegibles con la absoluta responsabilidad que exige esta herida sin curar? La ausencia de capacidad, la menguada inteligencia en la mayoría de los funcionarios públicos es la respuesta inmediata y a veces injusta aunque el ciudadano común resuelve sus obligaciones con el Estado. Mientras sucede este soliloquio, otra vez mujeres-niñas son masacradas en los pérfidos pantanos de los arrabales, nos siguen brindando discursos engañosos que no alcanzamos a creer porque vienen con una frialdad terminal, los odios y las repulsas personales son la agenda del día,  el mal pensar de la República sin diferencia entre lo que pasa como horror y sucede uno día tras día sin ninguna esperanza visible. Todos formamos parte de esa turba innombrable de las ciudades y sus alrededores, en las canchas de fútbol y los teatros, practican sus idiomas de valoración mientras, nace un “argentinito” al que ninguno de los dos países pueda darle el corazón.

Como dice Borges: “No habrá nunca una puerta. Estás adentro/ y el Alcázar abarca el universo/ y no tiene ni anverso ni reverso/ ni externo muro ni secreto centro”. Queda reservada a la pasión y la lucha de unos pocos y a la escasa luz que se  ve y se siente huir por los escalones de niebla del ocaso, esta laberíntica opinión sobre cómo se deteriora un país que era como un hijo para llevarse a los labios.

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