Por EDNA POZZI /// Especial para LA OPINION
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Por EDNA POZZI /// Especial para LA OPINION
¿C ómo se conmemoran los hechos de una asamblea menor que no alcanzaba a unir todos los hermanos provinciales? ¿Cómo reducir el tamaño de la labor y las faenas grises de quienes hablaban en nombre de la libertad?
Me encuentro de pronto con el magnífico poema de Borges, el Poema Conjetural donde la figura extraña de Francisco, extraída desde el momento de su muerte, una historia sombría del tiempo que iba a transcurrir entre firmar un acta de Independencia y morir de una manera ruin, al ser degollado por la montonera de Aldao.
El hombre que había dicho ¡Yo, Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la Independencia de estas crueles provincias, con sangre, con sudor, manchado el rostro, vaga hacia el sur por arrabales últimos!
¿Cómo miran esta muerte, y las otras, los argentinos que 200 años después se atreven a dar vuelta el rostro y esa lluvia mezquina por tanto horror y muerte, al lado de nacimientos tardíos de comparsas y trombones?
¿Cómo se presenta la historia, señora y dueña de la superficie de las palabras? ¿Cómo convencernos de que toda promesa fue cumplida y que hemos vivido sana y armoniosamente la dignidad de la República? ¿Cómo pensar en esos gauchos que pasaban cerca del recinto de la asamblea sin animarse a entrar? (¡vencen los barbaros, los gauchos vencen!).
Nadie puede jactarse de haber hecho la Patria con tanto fervor como el chico del altiplano, a quien suelen ponerle banderas en los brazos como si fuera el porta-estandarte de la República. No fueron muchos los sacrificados en el curso de la historia.
Han pasado 200 años y la visión de lo heroico que tuvieron los hombres del 16, corría hacia una Patria deshecha en pedazos, que no alcanzaba a ser un sueño para el pánico o la mansedumbre. Me imagino la voz enronquecida de Francisco Narciso de Laprida: Quieren que las provincias de la Unión fuesen una nación libre e independiente de los Reyes de España y su metrópoli y de toda otra dominación extranjera?
Las argucias políticas, los enormes intereses económicos de las naciones extranjeras, la pobreza extrema, el broche francés de los palacios de Buenos Aires. Después vino el testimonio escrito que oscurecía la identidad de los pueblos y sus banderas. Vino la incomprensión de Buenos Aires y el resto de las provincias que se alimentaban del viento áspero del desierto.
Después el odio y el supremo amor, después los barcos colmados de seres maltratados por la sola costumbre de no tener qué comer. Después vino lo que se alzaba glamoroso en las ciudades junto a la niebla poderosa de un pueblo que no lograba su identidad.
Vino el no creer que uno tenía una casa, el cálido recuerdo, una mariposa de lujo para ganar todas las batallas y convertir las divisiones en un solo y áspero manuscrito de gloria.
Vino la marcha que convertía todo paso liviano en una pesadez de cadena, un no querer saber que la Patria se hace con las manos embarradas, un entrechocar de alas azules y blancas.
No es dable entonces, rebajar la significación de este aniversario. No sé si los años han jugado una estratagema de niebla y olvido lo cierto es que esta, nuestra hermosa tierra, alcanzará un día la plenitud de un sueño enorme de libertad y de Justicia. Y no habrá como en el 16 gauchos descalzos rodeando el lugar del juramento, pues ya se sabrá que la tensión de un sueño se convierte en una fastuosa realidad.
200 años en que un mundo frágil y tenebroso, ensayó todas las artimañas. Guerras, oscuros sobresaltos de la atmósfera, sucesos gloriosos que se vuelven viles si los miramos desde la perspectiva de la historia. Hechos que reconstruyen la esperanza después del daño atroz, que terminan con el canto y los jardines.
Hemos vivido sabiendo de la existencia de esos crímenes violentos, niños rotos, la pérdida y final punción de las armas. Odio del que tal vez no podríamos liberarnos, todo eso contado desde 200 años en un pedazo de tierra que busca su identidad definitiva y por el otro lado todavía hay signos inequívocos de nacimiento, de canciones que trabajan y piden desde muy lejos la ineluctable petición de Justicia.
Porque eso esperamos todos los que hoy hemos muerto y resucitado al inefable don de Dios, ¡Justicia! Porque nuestro aniversario se hace cada vez más severo y más lleno de ternura, por esa Patria malherida que anda entre nosotros con su pálido nombre, con su honor de maizales y sus niños que construyen el más alto amanecer.