Son celebraciones que refieren a la fe en la vida eterna. La primera reivindica a quienes han alcanzado la plenitud del Cielo prometido, hayan sido o no canonizados. La segunda hace converger los pensamientos hacia quienes ya dejaron este mundo.
DE LA REDACCION. Dos tipos de celebraciones en fechas contiguas y con un mismo objetivo: honrar a los seres queridos que ya fallecieron, muchos de ellos santos a los ojos de Dios, especialmente recordando en la jornada de hoy a quienes no han tenido este reconocimiento oficial de parte de la Iglesia con una canonización.
Hoy se celebra el Día de Todos los Santos y mañana, el de los Fieles Difuntos; por este motivo habrá misas especiales en la mayoría de los templos de nuestra ciudad.
La solemnidad de Todos los Santos como la conmemoración de los Difuntos son dos celebraciones que recogen en sí, de un modo especial, la fe en la vida eterna. Y aunque estos dos días ponen delante de los ojos lo ineludible de la muerte, dan, al mismo tiempo, un testimonio de la vida.
El hombre, que según la ley de la naturaleza está condenado a la muerte, que vive con la perspectiva de la destrucción de su cuerpo, desde la visión cristiana vive, al mismo tiempo, con la mirada puesta en la vida futura y como llamado a la gloria.
La solemnidad de Todos los Santos pone ante los ojos de la fe a todos aquellos que han alcanzado la plenitud de su llamada a la unión con Dios. Hayan sido o no reconocidos por la Iglesia. De hecho, el sentido de esta festividad es honrar en una fecha a todos los que vivieron en santidad y no tienen un día especial en el calendario santoral.
Por otro lado, el día que conmemora los difuntos hace converger los pensamientos hacia aquellos que, dejado este mundo, esperan alcanzar en la expiación la plenitud de amor que pide la unión con Dios. Se trata de dos días grandes para la Iglesia que, de algún modo, prolonga su vida en sus santos y también en todos aquellos que por medio del servicio a la verdad y el amor se están preparando a esta vida.
Por todos los santos
A partir del pontificado de Gregorio III (731-741) se determinó celebrar en una sola fiesta los méritos de todos los santos. No sólo lo santos y los beatos que se festejan durante el año litúrgico, que tienen su imagen en un altar o estampa, sino también los santos anónimos, que solamente Dios conoce. Madres y padres de familia que, con su dedicación diaria a sus hijos, han contribuido eficazmente al crecimiento de la Iglesia y a la construcción de la sociedad; sacerdotes, religiosas y laicos que, como velas encendidas ante el altar del Señor, se han consumido en el servicio al prójimo necesitado de ayuda material y espiritual; misioneros y misioneras, que lo han dejado todo por llevar el anuncio evangélico a todo el mundo. Y la lista podría continuar.
Para la Iglesia son santos a reconocer en este día todos los que se tomaron en serio las palabras de Jesús y la hicieron carne en sus vidas. Por ejemplo, se impusieron como regla las Bienaventuranzas: creyeron que su felicidad vendría de traducirlas concretamente en su existencia. Y comprobaron su verdad en la confrontación diaria con la experiencia: a pesar de las pruebas, las sombras y los fracasos gozaron ya en la tierra de la alegría profunda de la comunión con Cristo. En él descubrieron, presente en el tiempo, el germen inicial de la gloria futura del Reino de Dios.
Los santos, explica el abad San Bernardo, no necesitan de los honores ni les añade nada la devoción de las personas, sin embargo, la veneración de su memoria redunda en provecho de todos los fieles. Es decir, mirarlos y admirarlos puede significar tomarlos como ejemplo y replicar su vida en la propia, promoviendo de esta manera más santidad en la Tierra. Porque todos, en cualquier estado o régimen de vida, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Todos son llamados a la santidad.
Por disposición de la Conferencia Episcopal Argentina, se celebra también la Jornada Nacional de Oración por la Santificación del Pueblo Argentino y la Glorificación de sus Siervos de Dios.
Difuntos
Mañana, en tanto, se celebra el Día de los Fieles Difuntos. Se trata de una fecha en la que se puede invocar a los difuntos de las familias, allegados o amigos.
Es una jornada íntimamente ligada a la del Día de los Santos, pues aquellos que ya han atravesado las puertas de la muerte tras vivir una vida terrenal santa son precisamente quienes gozan de la felicidad eterna. Pero también están quienes no lo han logrado y por ellos, para que alcancen la paz prometida, los fieles vivientes cumplen un rol fundamental.
El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo II en 1992, es un texto de máxima autoridad para todos los católicos del mundo y dice cinco cosas acerca del Purgatorio y de cuán especial es el Día de los Fieles Difuntos para orar en pos de que esas almas alcancen el Cielo:
1. Los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma.
2. La Iglesia llama Purgatorio a esa purificación y lo relaciona con el fuego evangélico: La obra de cada uno quedará al descubierto, el día en que pasen por fuego. Las obras que cada cual ha hecho se probarán en el fuego. (1Cor. 3, 14).
3. La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua, antes de Cristo. El libro 2º. de los Macabeos en la Biblia dice: Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados (2Mac. 12, 46).
4. La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos (Cuenta San Agustín que su madre Santa Mónica lo único que les pidió al morir fue esto: No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma).
5. San Gregorio Magno afirma: Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso.