Dolor en la comunidad de Pergamino por la partida del doctor Sebastián Caldentey
Con profundo pesar se despidió al reconocido médico Sebastián Caldentey, figura emblemática de la salud pública y privada en Pergamino
21 de julio de 2025 - 13:41
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Sebastián Caldentey vivió sus últimos años acompañado por el afecto de sus hijos Fernando y María Azul y sus nietos Lorenzo y Pierina.
El fallecimiento del doctor Sebastián Caldentey este lunes, generó una honda conmoción en la comunidad pergaminense. Fue un profesional querido y respetado, cuya vocación de servicio dejó una marca profunda tanto en el Hospital San José como en la Clínica Pergamino, espacios en los que ejerció la medicina con pasión, ética y entrega. Pero su historia personal también conmovía: con una vida atravesada por dolores profundos, supo mantenerse en pie, guiado por sus convicciones y un sentido firme de justicia.
Nacido en el campo, en Ortiz Basualdo, e hijo del periodista Lorenzo Pío Caldentey y Blanca Oberti, Sebastián se formó en el valor de la educación y la honestidad, pilares fundamentales de su vida. En sus memorias compartidas en una entrevista concedida a La Opinión, recordaba los esfuerzos de su padre para garantizar que él y sus hermanos pudieran estudiar. Ese espíritu de sacrificio lo acompañó siempre.
Estudió medicina en la Universidad de La Plata, compartiendo ese camino con sus hermanos Gabriel y Daniel. Su paso por la universidad coincidió con años difíciles de la historia argentina, en los que vivió de cerca hechos como el regreso de Perón en 1973. “Yo no era militante político, era un estudiante de medicina en una sociedad convulsionada”, relataba Caldentey en la última entrevista que concedió a LA OPINION, en la sección de Perfiles Pergaminenses.
En Pergamino
En Pergamino, desarrolló una carrera profesional extensa y multifacética. Fue jefe del Servicio de Terapia Intensiva del Hospital San José y desempeñó un rol central en la Clínica Pergamino, institución a la que dedicó décadas de trabajo. También integró y presidió la Asociación Médica de Pergamino y la Asociación de Profesionales del Hospital, desde donde impulsó luchas gremiales, promovió mejoras y defendió con firmeza el rol del médico. Fue además presidente de la Cooperadora del Hospital San José, destacándose por su gestión transparente y comprometida.
“El sistema de salud muchas veces explota a los médicos y se está perdiendo el amor por el hospital público”, advertía en la entrevista, con la lucidez crítica que lo caracterizaba. Sus palabras reflejaban la preocupación de quien conocía el entramado sanitario desde adentro.
Sebastián Caldentey también fue pionero: junto a sus hermanos y otros socios creó el Instituto de Resonancia Magnética Pergamino, dotando a la ciudad de tecnología de vanguardia. Y, como todo gran médico, cultivó vínculos profundos con colegas y pacientes. “La profesión me dejó muchos amigos”, decía, recordando con afecto a nombres entrañables como Badía, Funes, Ramella y tantos otros.
Golpes de la vida
Su vida personal estuvo signada por dolores que enfrentó con entereza. La pérdida de su esposa Silvia, ocurrida hace un año y medio, lo había golpeado hondamente. Pero sin dudas la herida más profunda fue la muerte de su hijo mayor, Sebastián, a los 17 años, víctima de un accidente del que nunca encontró consuelo. “Nada volvió a ser igual para nuestra familia”, confesaba con emoción.
A pesar de su frágil estado de salud, que lo obligaba a realizar diálisis tres veces por semana, mantenía su lucidez, su sentido del humor y su espíritu combativo. “Me costó dejar el fusil y las luchas que di. Siempre he estado allí donde había problemas”, reflexionaba en el tramo final de su carrera. Se reconocía médico incluso retirado, añorando volver a caminar hasta su consultorio, un espacio que —admitía— le costó mucho dejar.
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21-07-2025 21:09
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Sebastián Caldentey vivió sus últimos años acompañado por el afecto de sus hijos Fernando y María Azul, sus nietos Lorenzo y Pierina, y el cuidado de Karina y Sonia, quienes lo asistían día a día. Respetuoso de todas las creencias, sensible ante el dolor ajeno, su mirada sobre la vida estuvo atravesada por la humildad y la empatía. “Creo en Dios, soy católico, pero respeto todas las creencias. He aprendido mucho de mis pacientes”, compartía, en una anécdota que hablaba más de su humanidad que de su profesión.
Consultado sobre la muerte, no dudaba: “Le tengo miedo, mucho. Aunque sé que me puede tocar en cualquier momento”. Lo decía sin solemnidad, pero con la carga emocional de quien ya había despedido a muchos seres queridos. A esa altura, más que pedirle algo a la vida, agradecía lo vivido.
Hoy Pergamino despide no solo a un médico brillante, sino a un hombre íntegro, sensible, honesto. Un referente de la salud y del compromiso social. Un luchador. Un vecino querido.