Tiene un decir sereno y mira a los ojos cuando habla. Ambas son cualidades que hablan de su modo de ser y de una manera de haber transitado la vida. En la continuidad de la charla, cuenta que solo hizo la primaria, en la Escuela N° 2. Todo lo demás, fue trabajar y jugar al fútbol, actividades a las que siempre se dedicó con constancia y disciplina.
“Además de peón de albañil, también fui cadete de farmacia y durante seis años trabajé en LA OPINION, en el mantenimiento de la linotipo, junto a Daniel Mondot”, relata, describiendo esa dinámica del taller en una época en que la impresión del diario seguía procesos que hoy resultan artesanales. “Para imprimir se trabajaba con grafito, las fichas iban arriba, bajaban, fundían en plomo, se cortaban en planchas y se armaban las páginas. Todo el mantenimiento era mi tarea, limpiaba una por una las piezas de bronce para que las letras se vieran bien”.
Su tarea era en el turno noche, cuando el diario funcionaba en calle Merced. “Corría la década del 70 era otro tiempo de los diarios, me gustaba mi trabajo”, resalta.
El manejo y el transporte escolar
Multifacético para escribir su historia laboral, en otro momento de la vida empezó a trabajar como chofer con el camión de Evaristo Alonso. “Más tarde tuve la suerte de tener colectivos escolares, en sociedad con un amigo, Ángel Raña. Nos iba muy bien, pero después tuvimos juicios laborales, fue un trago muy amargo, terminamos perdiendo los colectivos y ya no pudimos seguir”.
Rescata de esa experiencia, el vínculo con los chicos a los que pasaba a buscar a diario para llevar a distintos establecimientos educativos. “Hasta el día de hoy me cruzo por la calle con hombres que me paran, me dicen ‘Tanguito, ¿no me reconoces?, me llevabas al jardín de infantes’”.
“También llevábamos chicos a la pileta de Foniva y trasladábamos orquestas, trabajamos mucho. Pero los juicios nos arruinaron”, agrega.
Luego, y hasta que se jubiló, trabajó durante 16 años en Carpignoli, como chofer de la camioneta. “Y ya jubilado me dediqué a hacer pintura de obra, la gente me dejaba la llave de su casa para que trabajara. Hoy sigo haciendo algunas cosas, pero menos, ya que los años no vienen solos”, refiere, agradecido a cada una de aquellas personas con las cuales estableció algún vínculo de trabajo.
El fútbol, una pasión
Hincha de Boca Juniors, seguidor de la Selección Argentina, ama el deporte. Y tuvo la fortuna de ser futbolista y de compartir el campo de juego con personas que se transformaron en sus amigos. “Es lo mejor que me dejó el deporte, tener amigos por todas partes”, resalta.
“Empecé en Compañía, durante un año jugué en la sexta división, hasta que esa categoría se disolvió y me fui a Provincial. A los 15 años debuté en primera. A los 21 años me fui al Club Argentino, salimos campeones en 1976”, relata y continúa: “En 1977 salimos campeones con Lucini, cuando ese club trajo a Santoro de Independiente; Aguirre Suárez, de Estudiantes; y Juan Echecopar que jugaba conmigo”.
“Cuando se disolvió Lucini, la mayoría de esos jugadores se fueron a Douglas”, refiere recordando aquella época con añoranza. Era un placer y un aprendizaje compartir los entrenamientos y los partidos con referentes como Echecopar, Santachiara o Ferrari, entre tantos otros.
“Como olvidar un medio campo conformado por Echecopar de 8, Tojo de San Lorenzo de 10 y yo de 5”, añade. Y en su recorrido recalca: “Tuve la suerte de salir campeón en 1978, 1979 y 1980. También el orgullo de haber logrado el campeonato de la Provincia de Buenos Aires con la selección de Pergamino”.
Al hablar de él como jugador, describe que siempre fue mediocampista. “Una sola vez para la selección de Pergamino, cuando Alberto Sierra me convocó, me puso de cuatro. Pero mi puesto siempre fue de cinco”, relata.
Recorriendo su historia deportiva, recuerda a aquellos con los que compartió el juego, entre ellos: Giamarchi, Baquela y Naites. Y abunda: “Santoro, D’ Alegre, Aguirre Suárez, Santachiara, Torcigliani, Echecopar, y varios más”, describe en una cronología minuciosa que incluye otros nombres. Es parte de una generación dorada del deporte local y lo sabe. Pero su carrera fue más allá de la geografía de Pergamino: jugó también en el Clus Sports de Salto y en el Club Argentino de Rojas. “Fueron hermosas experiencias, hice muchas amistades que aún conservo, tuve peñas y me han hecho varios homenajes”, comenta, destacando que más allá del reconocimiento, lo que le dejó su paso por el fútbol fueron relaciones que valora.
Jugó hasta los 35 años y se dio el gusto de retirarse en Compañía, el club donde había iniciado su carrera deportiva. “No me interesaba cobrar, solo quería despedirme del fútbol allí donde había comenzado mi carrera, en el club de mi barrio”, resalta, feliz de haberlo podido hacer.
Su familia, su principal tesoro
En la esfera personal, Rubén tiene una hermosa familia, a la que considera su “verdadero tesoro” y un refugio frente a cualquiera de los avatares de la vida. “Hace 46 años que estoy casada con Ana María Giménez (70), a quien conocí en un baile del Club Argentino. Estuvimos siete años de novios, así que he hemos pasado buena parte de nuestra vida juntos”, cuenta.
“Nuestra clave ha sido acompañarnos y entendernos. La miro y la entiendo; y ella me mira y me entiende, es la compañera ideal, una mujer de fierro que ha sido y es incondicional”, destaca, al referirse a su esposa.
“Tenemos dos hijos: Maximiliano (44) abogado y auxiliar letrado del Juzgado de Garantías N° 1 Departamental. Es papá de Clara (17) y Pedro (15) y actualmente está en pareja con Andrea Cecilia Sabas. Y Magalí (34), que está terminando la carrera de veterinaria en Casilda y está en pareja con José Huerta”, señala Rubén resaltando la importancia que tiene para él el vínculo con sus hijos y nietos. “Son veinte puntos”, afirma, y se enciende un brillo particular en su mirada cuando lo expresa. Enseguida, continúa: “Mi nieta se hizo un tatuaje con mi nombre y yo, hace muchos años que llevo tatuado en mi brazo el nombre de mis hijos. Para mí la familia es lo más importante que tengo”.
El don de ser buena gente
Definiéndose a sí mismo como un hombre al que la vida lo trató bien, transita su presente con tranquilidad. “Estoy grande, pero me siento bien, ando en bicicleta, acompaño a mis hijos y disfruto de mis nietos. Mi esposa trabaja cuidando a Blas y Luisa, dos niños que son parte de nuestra familia. Tengo una buena vida, no puedo quejarme”.
“Siempre intenté inculcar a mis hijos que fueran buenas personas, no me importaba tanto a qué se iban a dedicar, como sí me interesaba el modo en que se relacionaban con los demás. Y gracias a Dios son chicos a los que quiere todo el mundo. Jamás recibí un solo reclamo por ellos, me siento muy orgulloso”, enfatiza, este hombre que nació un 24 de diciembre, y bromea con la idea de que “lo tiró Papá Noel”.
Dueño de un lindo sentido del humor, tiene buen carácter, aunque es determinado. Jamás abandona la senda de aquellas cuestiones que considera justas. Y no tiene pretensiones imposibles.
“Lo único que me hubiera gustado es ser técnico de fútbol, quizás en las categorías infantiles, para transmitir lo que a mí me enseñaron los técnicos, a jugar al fútbol, pero también a divertirme sanamente en una cancha”, dice, casi sobre el final cuando la charla vuelve sobre aquello que fue su pasión: el deporte.
“Hubiera podido irme a jugar a Independiente cuando me vinieron a buscar. También a Cipolletti, pero éramos muy humildes y mi familia no podía costear semejante aventura. No me arrepiento. El fútbol me dio enormes satisfacciones. Gracias al fútbol pude tener mi casa propia. El dueño de Lucini compró el terreno y diez mil ladrillos. Y Douglas me dio lo necesario para los techos y las aberturas. Yo lo devolví con lo que sabía hacer que era jugar a la pelota”, afirma en un relato conmovedor que habla del deporte de otro tiempo, pero también de la vida y de los valores que se juegan en cada decisión dentro y fuera de una cancha. Escuchar a Rubén da cuenta de eso, de la constancia del trabajo y de la convicción de que cualquier anhelo se puede alcanzar sin traicionar lo esencial: el don de buena gente.