Pergamino no nació de un acto solemne ni de un gesto fundacional perfectamente fechado. No hubo rollos, estacas ni ceremonias oficiales que fijaran el comienzo. Su origen es anterior a todo eso, más silencioso y, por lo mismo, más profundo. Está ligado al tránsito, al descanso obligado en medio de la llanura, al paso persistente de hombres, animales y carretas por un camino que, mucho antes de que existiera el pueblo, ya organizaba el territorio.
El 3 de enero de 1626 aparece por primera vez, en un acta del Cabildo de Buenos Aires, la mención a la “Dormida nombrada el Pergamino”. No es un dato menor. Esa referencia escrita marca el punto más antiguo que hoy podemos señalar con certeza documental. Cuatro siglos después, esa mención se vuelve clave para entender no solo el origen del nombre, sino el sentido mismo de Pergamino como lugar.
Pero para comprender esa dormida hay que ir todavía más atrás. Antes del pueblo, antes del fuerte, antes incluso de cualquier asentamiento estable, estuvo el camino.
El camino antes que todo
Apenas repoblada Buenos Aires en 1580, la necesidad de conectarla con el interior del territorio se volvió urgente. El Imperio español debía asegurar una vía terrestre que uniera el puerto con Córdoba y, desde allí, con los circuitos productivos del norte y del Alto Perú. Así, hacia 1586, comenzó a delinearse el antiguo camino real que atravesaba la llanura pampeana en una soledad casi absoluta.
Dos expediciones, una desde Córdoba y otra desde Buenos Aires, terminaron de consolidar ese trazado. Hubo ataques indígenas, retrocesos y avances, pero el resultado fue un camino abierto, transitado y vital. Desde entonces, ese corredor se convirtió en la única referencia estable en un territorio sin pueblos ni mojones.
Por allí circularon arrias de mulas, carretas cargadas de productos, soldados, religiosos y comerciantes. Y como toda travesía larga, ese camino necesitó puntos de descanso. Lugares donde detenerse, pasar la noche, protegerse del clima y reorganizar la marcha. Así nacieron las dormidas.
La Dormida del Pergamino fue una de ellas. No era un pueblo ni un fuerte, sino un punto reconocido del trayecto. Su ubicación probable responde a una lógica elemental: cercanía al agua y al camino. Todo indica que se encontraba en las inmediaciones de cursos y lagunas hoy conocidas, dentro de un sistema natural que facilitaba la detención de los viajeros.
El término “dormida” no era excepcional. Se utilizaba en distintos puntos del territorio colonial para nombrar estos lugares de pernocte. Incluso hoy subsiste en nombres como San José de la Dormida, en Córdoba. En los relatos de época, “hacer dormida” era simplemente hacer noche en el camino.
La importancia de la mención de 1626 radica en que no se trata de una referencia casual. El Cabildo de Buenos Aires discutía entonces la necesidad de mantener caminos y facilitar el tránsito de bienes entre provincias. En ese contexto, la Dormida del Pergamino aparece como un punto reconocido, integrado a la red de circulación colonial.
Del tránsito a la permanencia
Durante décadas, la región fue solo paso. No hay registros de repartos de tierras ni de asentamientos familiares tempranos. Recién con el avance de la frontera y la necesidad de asegurar el tránsito comenzaron a instalarse fuertes y fortines a lo largo del camino. Luján, Arrecifes y finalmente Pergamino formaron parte de ese proceso.
El fuerte de Pergamino ya existía a mediados del siglo XVIII y fue descripto por viajeros y religiosos que recorrieron el antiguo camino. Para entonces, la zona seguía siendo frontera, con relaciones tensas entre milicias, autoridades y pobladores. La vida era precaria, marcada por la defensa y la subsistencia.
Los relatos de viajeros como el jesuita José Manuel Peramás o el funcionario Alonso Carrió de la Bandera permiten reconstruir ese paisaje: carretas custodiadas, postas, arroyos salobres y un territorio que dejaba atrás la pampa abierta para ingresar en zonas más pobladas.
El nombre que perdura
La denominación “del Pergamino” atravesó siglos. La dormida fue del Pergamino, luego el fuerte, el pueblo y la ciudad. Incluso bien entrado el siglo XX, era común escuchar “El Pergamino” en documentos oficiales, planos, sellos y avisos comerciales. No era una rareza: era una forma de nombrar que venía desde los orígenes.
Esa persistencia no es casual. Habla de una continuidad histórica que no depende de una fecha fundacional precisa, sino de un uso sostenido del espacio. Pergamino fue, desde muy temprano, un punto de referencia. Un lugar donde se detenía el viaje y comenzaba otra etapa.
Un origen sin ceremonia
¿Puede considerarse 1626 como la fundación de Pergamino? No en el sentido clásico. Pero sí es el registro más antiguo que tenemos de su existencia como lugar. Y probablemente sea lo más cercano que tengamos a un origen documentado.
Antes del pueblo, estuvo el camino. Antes del camino, la necesidad. Y en medio de esa vastedad, alguien prestó un servicio esencial: ofrecer descanso en la travesía. Cuatrocientos años después, esa dormida sigue diciendo mucho sobre la identidad de la ciudad.
Pergamino no nació de un acto formal, sino del movimiento. Fue un punto de inflexión en el desierto, un lugar donde el viaje se interrumpía para continuar. Esa es, quizás, la marca más profunda de su historia.