En una charla con LA OPINION narró su historia y rescató cómo la experiencia de haber afrontado una situación de salud compleja cambió su mirada respecto de la donación de órganos.
Marcelo Chimento tiene 49 años. En el año 2011 recibió un trasplante de riñón al que llegó luego de haber realizado un tratamiento de diálisis durante más de 12 años para tratar un cuadro de insuficiencia renal. Hizo su terapia en la Clínica Pergamino y agradece al Instituto de Nefrología por esa práctica que le permitió seguir viviendo.
En una charla mantenida con LA OPINION narró su historia y rescató cómo la experiencia de haber afrontado una situación de salud compleja cambió su mirada respecto de la donación de órganos. “Confieso que antes me costaba decir si estaba dispuesto a donar mis órganos o no. Hoy no tengo la menor duda y he inculcado esa conciencia a mis hijos”, refiere.
“Yo recibí el riñón de un donante vivo después de haber estado durante años en lista de espera y de haber sido llamado en varias oportunidades pensando que podía aparecer un órgano de donante cadavérico que fuera compatible con el riñón que yo necesitaba”, relata.
Fue su cuñado- el hermano de su esposa- quien tomó la decisión de donarle el órgano. El hecho de no ser un familiar directo hizo que el caso debiera judicializarse transformándose en un precedente que marcó un hito. Recuerda cada paso dado en dirección al objetivo. Y a su memoria vienen la angustia y zozobra que generaba esperar por un órgano que no llegaba. “A mí me habían asignado como centro de trasplante la Fundación Favaloro y estuve en lista de espera de donante cadavérico durante mucho tiempo”.
“Tuve tres llamados fallidos. La primera vez me hicieron viajar a Buenos Aires porque había aparecido un riñón y a mitad de camino me hicieron volver porque no era compatible. Fue muy duro parar al costado de la ruta y saber que me tenía que pegar la vuelta. La segunda vez volvieron a decirme que no y el tercer llamado lo recibí mientras estaba en la sala de diálisis”.
Todas esas negativas y la evolución de su enfermedad lo acercaron a la posibilidad de que su trasplante pudiera hacerse con un donante vivo. Marcelo sabe, porque lo escuchó de alguien que relataba en una historia en la televisión, que “los órganos no se piden, pero tampoco se rechazan”. “El primero que quiso hacer los trámites para donarme un riñón fue mi padre, ya fallecido, pero era hipertenso. Lo mismo sucedió con mi tío. A medida que todas esas situaciones sucedían yo me mantenía tranquilo porque sobrellevaba bastante bien el tratamiento. Aprendí que en la espera uno sabe que no debe desesperar y siempre supe que tenía que mantenerme tranquilo y hacer las cosas bien para que la diálisis no me tratar del todo mal”, cuenta.
Cuando comenzó a dializarse tenía dos hijos y dos más nacieron durante su tratamiento. Junto a su esposa, Cecilia Bourdá, sus hijos: Agustina, Manuel, Tomás y Santiago fueron su sostén. “Como no había ofrecimientos, y uno no lo puede pedir, yo seguía en diálisis. Tenía claro que no quería que la donante fuera mi señora por miedo a que el día de mañana mis hijos pudieran necesitarlo”, agrega.
Solo podía recibir un órgano de alguien que tuviera su mismo grupo sanguíneo. “Soy 0 positivo. La señora de mi cuñado se ofreció a donar. Y en ese momento su esposo Ariel, el hermano de mi mujer, descubrió haciendo un trámite que tenía mi grupo sanguíneo y decidió que quería ser mi donante”.
Ahí comenzó para ellos otra historia. Como no tenían lazo directo de sangre, tuvieron que realizar un trámite judicial. Marcelo reconoce que él mismo dilataba hacerlo por temor a que algo pudiera ocurrirle a su cuñado. “A pesar de trabajar en el Poder Judicial me costaba averiguar, finalmente presentamos un recurso de amparo, nos realizamos todas las pruebas y había compatibilidad. La Justicia falló de manera favorable y pudimos realizar el procedimiento”.
El 6 de enero de 2011 le ablacionaron el riñón al donante y se lo trasplantaron a Marcelo. A los tres días su cuñado estaba de regreso en su casa y hacía una vida normal. El riñón recibido comenzó a funcionar de inmediato y nunca hubo rechazo. Marcelo recibió el alta de internación algunos días después y todavía se emociona al recordar ese acontecimiento que cambió su vida para siempre.
“Sinceramente yo hubiera querido recibir un riñón de donante cadavérico, pero eso no sucedió. Estaba muerto de miedo al pensar que algo malo pudiera pasarle a mi cuñado que generosamente había decidido darme su riñón”, confiesa.
En la actualidad Marcelo hace una vida normal, se somete a rigurosos controles cada tres meses en la Fundación Favaloro y sigue una dieta apropiada. Asegura que la relación con su cuñado no cambió demasiado. “Pasan semanas que no nos vemos, pero tenemos una relación entrañable. Su gesto fue terriblemente altruista y a mí eso me emociona porque lo que le sacaron fue un riñón, no un pelo. Nunca me voy a olvidar que cuando desperté de la anestesia él estaba en una camilla al lado mío, lo miré y le dije que estaba loco”.
Mayor conciencia
Con una larga historia recorrida en relación a su enfermedad y habiendo atravesado por la experiencia del trasplante, Marcelo Chimento se define como un defensor de la donación de órganos. Aunque confiesa que antes “tenía miedo de decir si era donante o no”.
“Me pasaba lo que le deba pasar a muchas personas. Cuando no necesitas un órgano para seguir viviendo, el tema te pasa por el costado”, afirma. Y cuenta que en el presente a través de sus redes sociales trata de compartir información sobre la donación de órganos.
Su sueño es entrenarse para poder competir en alguna prueba atlética, no para ganar, sino para participar llevando una camiseta que haga alusión al tema de la donación. “Soy un poco vago para la actividad física, pero no descarto poder hacerlo algún día”, refiere.
Con la mirada puesta en el futuro, en el relato vuelve sobre lo que le tocó vivir a la espera del trasplante y reconoce que el ritmo de su vida y la de sus chicos se había adaptado a la enfermedad y al tratamiento. “Mis chicos crecieron con la idea de que los lunes, miércoles y viernes en mi casa no se podía hacer nada porque yo me sometía a diálisis. A los pocos días del trasplante uno de ellos cumplía años y no lo quería festejar porque caía miércoles. Cuando mi esposa les dijo que eso no iba a ser más así porque yo ya no iba ir más a diálisis, todos se emocionaron. Ahí me di cuenta cuánto les había condicionado la vida el tratamiento y cuánto se habían adaptado para acompañarme”.
Refiere que habla mucho con sus hijos de la donación de órganos e incentiva a todo el mundo a que puedan darse la oportunidad de esa charla. “Creo que con el tiempo va cambiando la conciencia respecto de este tema, pero aún falta”, señala y confiesa que en los últimos días sintió un profundo dolor por la historia de Justina.
Cuando la menciona vuelve sobre el recuerdo de los muchos chicos que vio transitar por tratamientos como el de él cuando ingresó a diálisis: “Un día por una situación fortuita me tocó ir en un momento en el que se estaban dializando chicos. Era mi segunda sesión del tratamiento y en esa ocasión descubrí que tenía que dejar de quejarme, que debía aceptar el tratamiento sin decir una palabra, porque yo había tenido una vida normal, me había divertido, me había casado y tenía hijos. Mientras que muchos de ellos quizás no iban a tener las posibilidades de hacer la vida que yo hice”.