Considerado como un tiempo menor, en comparación con los ciclos pascual y de la manifestación del Señor, es lo bastante importante para que, sin él, quedase incompleto el sagrado recuerdo que se hace de la obra de la salvación efectuada por Cristo.
DE LA REDACCION. Luego de la festividad de Corpus Christi, celebrada el domingo pasado, la Iglesia católica comenzará el próximo domingo el segundo Tiempo Ordinario. Ordinario no significa de poca importancia, anodino, insulso, incoloro. Sencillamente, con este nombre se le quiere distinguir de los tiempos fuertes, que son el ciclo de Pascua y el de Navidad con su preparación y su prolongación. Es el tiempo más antiguo de la organización del año cristiano. Y además, ocupa la mayor parte del año: 33 ó 34 semanas, de las 52 que hay.
En este Tiempo Ordinario se ve a un Cristo ya maduro, responsable ante la misión que le encomendó su Padre, un Cristo crecido en edad, sabiduría y gracia delante de Dios su Padre y de los hombres, un Cristo que se desvive por cumplir la Voluntad de su Padre, brindarse a los hombres, es por ello que desde la Iglesia se insta a los fieles a buscar crecer y madurar en la fe, la esperanza y el amor, y sobre todo, cumplir con gozo la Voluntad Santísima de Dios. Esta es la gracia que deben los fieles buscar e implorar a Dios durante estas 24 semanas subsiguientes dado que ya la Iglesia atravesó su primer período ordinario.
Significado y contenido
El llamado Tiempo Ordinario o, más propiamente, tiempo durante el año, es una de las partes del año litúrgico que han experimentado una transformación mayor en la reforma posconciliar. Considerado como un tiempo menor o no fuerte, en comparación con los ciclos pascual y de la manifestación del Señor, es lo bastante importante para que, sin él, quedase incompleto el sagrado recuerdo que la iglesia hace de la obra de la salvación efectuada por Cristo en el curso del año. Por tanto, no se insistirá lo bastante en la riqueza y el valor de este tiempo litúrgico en orden a la contemplación del misterio de Cristo y a la progresiva asimilación de los fieles y de las comunidades a dicho misterio.
Para la mistagogia de los bautizados y confirmados que acuden cada domingo a celebrar la eucaristía, el tiempo ordinario significa un programa continuado de penetración en el misterio de salvación siguiendo la existencia humana de Jesús a través de los evangelios, contenido principal y esencial de la celebración litúrgica de la iglesia.
Valor propio
Ahora bien, la peculiaridad del tiempo ordinario no consiste en constituir un verdadero período litúrgico en el que los domingos guardan una relación especial entre sí en torno a un aspecto determinado del misterio de Cristo. El valor del tiempo ordinario consiste en formar con sus treinta y cuatro semanas un continuo celebrativo a partir del episodio del bautismo del Señor, para recorrer paso a paso la vida de la salvación revelada en la existencia de Jesús. Cada domingo tiene valor propio.
El Tiempo Ordinario comienza el lunes siguiente al domingo del bautismo del Señor y se extiende hasta el miércoles de ceniza, para reanudarse de nuevo el lunes después del domingo de pentecostés y terminar antes de las primeras vísperas del domingo I de adviento.
Antes de la reforma litúrgica del Vaticano II este tiempo se dividía en dos partes denominadas tiempo después de epifanía y tiempo después de pentecostés, respectivamente. Los domingos de cada parte tenían su propia numeración sucesiva independientemente de la totalidad de la serie. Ahora, en cambio, todos forman una sola serie, de manera que al producirse la interrupción con la llegada de la cuaresma, la serie continúa después del domingo de pentecostés.