sábado 21 de febrero de 2026

Carlos Ciríaco Massa, el arquitecto que construyó 36 iglesias en ocho años

El 85% de las 42 nuevas parroquias erigidas entre 1944 y 1959 llevan su sello invisible.

23 de diciembre de 2025 - 08:49

En el laberinto de torres y cúpulas que salpican los barrios porteños hay el legado de un hombre discreto, un arquitecto que, en apenas ocho años, entre 1944 y 1952, levantó 36 iglesias en la ciudad: Carlos Ciríaco Massa. Un nombre que dibuja, piedra a piedra, el mapa espiritual de la metrópoli.

Entre conventillos, fe y planos: la formación de un arquitecto singular

Carlos Ciríaco Massa nació el 14 de marzo de 1897 en el corazón de Balvanera, en una familia de inmigrantes italianos que habían cruzado el Atlántico huyendo de la pobreza rural de Lombardía. Hijo de un obrero textil y una madre devota que rezaba en capillas humildes de conventillo, creció entre el bullicio de las calles empedradas y el aroma de las procesiones del Corpus Christi. Aquellos conventillos, con sus altares improvisados y sus muros de tapia, fueron su primer croquis: espacios donde la fe se condensaba en lo cotidiano, sin lujos ni excesos.

En 1917, Massa ingresó a la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires, tomando vida el anhelo de una clase social ascendente y encarnado el ideal del hijo universitario de padres inmigrantes. Egresó en 1922 con una tesis sobre la restauración de monumentos históricos, un trabajo que ya revelaba su afinidad por el pasado: analizaba cómo los románicos de San Ambrosio en Milán resistían el tiempo, con sus muros macizos y arcos simples que simbolizaban estabilidad en medio del caos. “El buen diseño no es ostentación, sino servicio”, era una de sus máximas, según relatos de contemporáneos recogidos en archivos diocesanos.

Colaboró en el estudio del famoso Alejandro Christophersen, donde aprendió a ver la arquitectura europea, pero con tintes argentinos. Diseñó residencias modestas en Palermo y Recoleta, pero su verdadera vocación afloró en la docencia: desde 1925, impartió la cátedra de Diseño Arquitectónico en la UBA, donde sus clases sobre historia románica formaron a arquitectos que luego firmarían rascacielos racionalistas.

Parroquia Santa María: el comienzo de una arquitectura en serie

Su primer gran proyecto fue la Parroquia Santa María. En 1932, el destino lo unió a la Arquidiócesis. Designado arquitecto diocesano por el arzobispo Santiago Copello, Massa abrió un taller en Avenida de Mayo que funcionaba como una fábrica de fe: planos estandarizados, moldes prefabricados y un equipo de dibujantes que adaptaba diseños a lotes angostos. Entre 1944 y 1952, el ritmo fue febril: cuatro templos por año, en promedio. No firmaba siempre los planos –por modestia o directriz superior–, lo que lo condenó al anonimato. Murió en 1980, en su casa de Villa Devoto, dejando un archivo disperso en parroquias y sótanos.

¿A qué se debió ese afán del Cardenal Copello para construir tantos templos? Para desentrañar la explosión de nuevos templos en la ciudad de Buenos Aires, hay que sumergirse en la Argentina de los años 30 y 40, un caldero de ideologías donde la secularización radical chocaba contra el catolicismo militante. El yrigoyenismo había allanado el camino al divorcio y la educación laica; el socialismo europeo y el comunismo soviético, con su ateísmo doctrinario, se filtraban en los puertos porteños. Santiago Luis Copello (1880-1967), arzobispo desde 1932 y primer cardenal latinoamericano en 1935, vio en la arquitectura un arma de reconquista.

Construir como acto de permanencia

Hoy, en Buenos Aires estas iglesias siguen siendo faros: refugios para los marginados, escenarios de procesiones y, en muchos casos, los únicos hitos monumentales de sus barrios. Esta es la historia de un creador anónimo, un revivalista pragmático que convirtió la urgencia eclesiástica en arquitectura perdurable. Un relato que, como las torres de Massa, se eleva sobre el olvido para recordarnos cómo la piedra puede anclar el alma en tiempos turbulentos.

Carlos Massa no erigió catedrales, forjó fortalezas cotidianas que tejieron fe en la urbe. Su mampostería resiste en arcos que acunan rezos, late el pulso de una metrópoli devota, resiliente. En su solidez, se halla el alma de Buenos Aires, anclada en lo eterno y que es posible construir y diseñar algo bello y perdurable.

Fuente: Infobae.

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