El inicio: la vida antes de la guerra
La primera parte se desarrolla en un edificio histórico, parte de la antigua estación de trenes, que será recuperado. Allí se abordará la etapa previa al conflicto: el reclutamiento, los telegramas que convocaban a los jóvenes soldados, la angustia de las familias. Este espacio inicial, funciona como un “umbral narrativo”: el momento en que el relato aún conserva cierta inocencia, pero ya se intuye la tragedia.
La arquitectura acompañará con un guion curatorial que pone el acento en la dimensión emocional y sensorial, buscando que el visitante se sumerja en la fragilidad de ese tiempo suspendido entre la vida cotidiana y el inminente viaje al frente. Así, refuncionalizar la estación implica convertir un espacio de tránsito en un espacio de memoria, donde los telegramas de reclutamiento sustituyen a los antiguos pasajes de viaje.
El camino: la guerra como trinchera
Un sendero conecta ese primer edificio con el segundo, pero no se trata de un pasaje neutro. El recorrido se materializa como una trinchera arquitectónica, angosta, quebrada, cargada de tensión. Allí predominan las sensaciones de encierro, inseguridad y miedo, en un ejercicio espacial que intenta reproducir la incertidumbre de los soldados en medio del conflicto.
Cada quiebre del trazado, que bien representa una trinchera como el trazo doloroso de una cicatriz de guerra, refuerza la metáfora de la falta de certezas: se avanza, pero nunca en línea recta. Se siente, de manera física lo que significa habitar un espacio donde la amenaza es constante.
Los muros estarán ejecutados en hormigón armado visto, con texturas rugosas que evocan la crudeza del terreno. El pavimento será irregular, con pendientes y desniveles sutiles que dificulten el andar. El visitante no podrá caminar con comodidad: la incomodidad es parte de la experiencia.
Cada giro del pasillo estrecho es un eco de la incertidumbre. El visitante nunca avanza en línea recta, como tampoco los soldados avanzaban hacia un horizonte claro. La geometría quebrada recuerda la fragmentación de la experiencia bélica: hambre, frío, miedo, órdenes confusas, la constante posibilidad de la muerte.
El final: vacío y silencio
La tercera etapa culmina en un espacio donde lo que predomina es el vacío. Allí no hay objetos, ni vitrinas, ni documentos. Solo ausencia. La única presencia, tácita, es la de los soldados caídos en batalla.
Aquí la arquitectura funciona como una retórica de la elipsis: lo que no se dice, lo que se sustrae, es lo que más significa. Este espacio encarna la frustración, la muerte y la pérdida. Es el equivalente arquitectónico al silencio después de un grito, o al espacio en blanco después de un párrafo doloroso.
El espacio se materializará con superficies lisas, neutras, casi blancas, iluminadas con una luz cenital difusa. La escala será amplia, de modo que el cuerpo del visitante quede empequeñecido. Es un recurso de la arquitectura contemporánea para suscitar la experiencia de lo sublime, donde la grandeza del vacío confronta la pequeñez del individuo.
En términos simbólicos, el vacío no es solo representación del final de la guerra, sino de la imposibilidad de dar sentido a lo ocurrido. Es la constatación de que toda narración, por más exhaustiva que sea, encuentra un límite: aquello que resulta indecible.
Al salir de ese espacio, los visitantes encuentran una plaza abierta, un lugar de recogimiento. Esa transición del encierro al aire libre es también un acto narrativo: la arquitectura libera el cuerpo, lo invita a sentarse, a pensar, a mirar el cielo. Allí, la experiencia del museo se convierte en reflexión personal.
Arquitectura como narrativa
El Museo Héroes de Malvinas propone una experiencia en la que el edificio no es un contenedor de la memoria, sino parte activa de ella. Cada material, cada forma, cada vacío, participa en la construcción de un relato.
La decisión de plantear un recorrido lineal, sin escapatorias, refuerza la idea de fatalidad: una vez iniciado el camino, no hay retorno. Una decisión que recuerda a los visitantes que, una vez iniciada la guerra, tampoco hubo retorno fácil.Así se establece un paralelismo con la guerra, donde los soldados, una vez embarcados, tampoco tuvieron opciones.
El uso del hormigón como símbolo de crudeza, de la penumbra como metáfora del miedo, del vacío como representación de la muerte, son recursos que convierten la arquitectura en mensaje. Todo elemento arquitectónico remite a otro más profundo: el muro no es muro, es límite; la penumbra no es ausencia de luz, es incertidumbre.
El intendente Javier Martínez, al presentar el inicio de la obra, expresó: “Este museo será un homenaje eterno a nuestros héroes, pero también una lección viva para las futuras generaciones. Queremos que quien lo recorra no solo conozca la historia, sino que la sienta en su piel y en su corazón”.
La memoria, en este caso, no se aloja únicamente en documentos o vitrinas, sino que se construye a través del cuerpo que recorre, del visitante que atraviesa, de la emoción que se activa. Una memoria que interpela y que, en su dimensión espacial, permanece.
Pausa para repensar
En tiempos donde la velocidad y la superficialidad marcan la vida cotidiana, el Museo Héroes de Malvinas propone una pausa. Es un recordatorio de que hay experiencias que no pueden consumirse en un instante, sino que deben recorrerse con el cuerpo y con el alma.
Este museo, levantado sobre las huellas del tren, convierte a Pergamino en guardián de un jardín de la memoria. Allí, el silencio y el vacío dialogan con el dolor, pero también con la esperanza de que recordar nos ayude a no repetir.