Aquella experiencia le permitió desarrollar los conocimientos necesarios para emprender su propio camino. Luego de una primera sociedad comercial, el 12 de junio de 1926 abrió las puertas de la confitería y fábrica de masas El Ideal, ubicada frente al entonces Teatro San Martín.
Sin saberlo, estaba dando origen a una de las marcas más emblemáticas de la ciudad.
Calidad y visión
Desde sus comienzos, El Ideal se distinguió por la excelencia de sus productos y por una visión innovadora para la época.
Maureso incorporó equipamiento moderno que permitía ampliar la producción y diversificar la oferta. La confitería se transformó rápidamente en un punto de encuentro social, donde vecinos y visitantes compartían el tradicional té de la tarde y disfrutaban de especialidades artesanales.
Con el paso de los años, fueron los alfajores los que terminaron convirtiéndose en el sello distintivo de la casa.
Confitería El Ideal
Detrás de cada alfajor, de cada masa y de cada caramelo artesanal hay mucho más que una receta. Hay una historia de trabajo, esfuerzo familiar y pasión por un oficio que logró atravesar un siglo entero.
LA OPINION
El alfajor que representa a Pergamino
Si existe un producto capaz de resumir la historia de El Ideal, es el tradicional Alfajor Pergamino.
Su masa liviana y característica, junto con la calidad de sus ingredientes, lograron convertirlo en una verdadera marca registrada de la ciudad.
Durante décadas, viajeros y visitantes pasaron por el local para llevarse una caja como recuerdo de Pergamino. Así, los alfajores terminaron transformándose en auténticos embajadores de la ciudad.
Una familia detrás de la tradición
La continuidad de El Ideal también es la historia de una familia que supo transmitir conocimientos, valores y amor por el oficio.
A mediados de 1926 ingresó a trabajar como cadete Juan Alfredo Climaco. Con esfuerzo y dedicación fue creciendo dentro de la empresa hasta convertirse en maestro confitero. Con el paso de los años, la firma quedó en manos de la familia Climaco, que mantuvo viva la esencia del emprendimiento.
Posteriormente fueron sus hijos Carlos y Marcos quienes tomaron la conducción y más tarde continuaron sus esposas, Josefina Gianetti y Susana Trotta, garantizando la continuidad del legado familiar.
Gracias a esa sucesión generacional, El Ideal logró atravesar décadas sin perder su identidad.
Crecer entre vitrinas y alfajores
Para Homero y Lisandro, continuar esta historia es mucho más que administrar un comercio.
“Empezamos trabajando como todos, ayudando, sin esperar nada. Tratamos de mantener eso, que siga siendo una familia”, cuentan.
La confitería fue literalmente el escenario de su infancia. Sus recuerdos están ligados a los aromas dulces, a las vitrinas y a los juegos entre mostradores.
“Yo me iba a dormir al negocio. Me ponían una colchoneta atrás de las vidrieras y vivíamos siempre ahí, jugando con mis primos”, recuerda Homero.
Lisandro destaca otro aspecto que valora especialmente: la posibilidad de compartir el trabajo cotidiano con su abuela.
“Es algo impagable. Poder disfrutarla y aprender de ella todos los días tiene un valor enorme”, afirma.
El secreto de llegar a los 100 años
En un país donde muchos comercios históricos desaparecen frente a las crisis económicas y los cambios de hábitos, alcanzar un siglo de vida parece una verdadera hazaña.
Para las nuevas generaciones, la explicación está en la combinación de trabajo, compromiso y calidad.
“Mantenemos la calidad durante todos estos años, que es lo importante”, sostiene Homero.
A ello se suma una relación de confianza construida durante décadas con proveedores que acompañaron a la empresa en los momentos buenos y en los más difíciles.
“Nunca nos faltó nada. Nosotros buscamos calidad y ellos nos responden con calidad”, agrega Lisandro.
Cuando los clientes son parte de la historia
Uno de los aspectos que más emocionan a quienes continúan el negocio son las historias que llegan diariamente al mostrador.
“Hay veces que llegan tres generaciones juntas: el abuelo, el hijo y el nieto. Y el abuelo le cuenta al más chico cuando venía al cine y después pasaba por El Ideal. Eso te llena muchísimo”, relata Lisandro. Pero algunas anécdotas tienen una carga emocional aún mayor. Recuerda el llamado de una mujer desde Buenos Aires cuyo padre, en una situación delicada de salud, quería volver a probar por última vez los alfajores que habían marcado tantos momentos de su vida.
La familia hizo llegar una caja para cumplir ese deseo.
Historias como esa permiten comprender que detrás de cada producto existe mucho más que una receta.
Un viaje directo a los recuerdos
Ingresar a El Ideal es ingresar a otra época. Los muebles, las vitrinas y la estética general del local conservan gran parte de su esencia original. Lejos de impulsar cambios profundos, las nuevas generaciones defienden esa identidad que los clientes valoran especialmente.
“Es nuestra casa. Si movés algo de lugar ya parece raro”, resume Homero.
Y los propios clientes suelen confirmarlo.
“Mucha gente vuelve después de años y nos dice que todo sigue igual. Eso los conecta con momentos felices de sus vidas”, explica Lisandro.
Los sabores de siempre
Aunque el alfajor pergaminense ocupa un lugar privilegiado entre las preferencias del público, existen muchos otros clásicos que forman parte de la historia del negocio.
Las milhojas de manzana, las masas finas, las vainillas caseras, los merengues y los caramelos elaborados artesanalmente siguen ocupando un lugar destacado.
“Tratamos de continuar haciendo todo de manera artesanal, como se hizo siempre”, explican.
La elaboración manual y el respeto por las recetas heredadas continúan siendo una marca distintiva de la casa.
El futuro sin perder la esencia
Homero y Lisandro representan una nueva etapa para El Ideal. Aportan ideas, proyectos y una mirada renovada, pero coinciden en que el principal desafío es evolucionar sin perder aquello que convirtió a la confitería en un símbolo de Pergamino.
Porque detrás de cada alfajor, de cada masa y de cada caramelo artesanal hay mucho más que una receta.
Hay una historia de trabajo, esfuerzo familiar y pasión por un oficio que logró atravesar un siglo entero.
Una historia que comenzó en 1926 y que cien años después sigue endulzando la vida de los pergaminenses.