La colección abarca desde aguas y gaseosas hasta bebidas alcohólicas de todo tipo, algunas muy añejas, así como también ediciones especiales, e incluso envases del Siglo XIX, algunos de los cuales fueron extraídos del fondo del mar, de barcos hundidos, y con su contenido. También recopila vasos, ceniceros, destapadores y publicidades de época.
DE LA REDACCION. La afición por el coleccionismo de objetos es una práctica que comparten miles de personas alrededor del mundo. La actividad se remonta a la propia historia del hombre y refleja la transfiguración que sufrieron los objetos al circular dentro de una sociedad y entre sociedades como bien personal, tesoro, botín o como parte del patrimonio cultural.
Sin embargo, en la mayoría de los casos esta práctica es para satisfacción personal y muy pocos conocen las reliquias que cada coleccionista pueda llegar a tener entre sus objetos.
Entre los pergaminenses existen valiosas colecciones que gran parte de la población desconoce. LA OPINION ha realizado el hallazgo de un particular que a lo largo de 17 años ha acumulado más de 5.000 botellas de bebidas de todo tipo.
La colección no se encuentra abierta al público sino que forma parte de un tesoro personal, que se encuentra en el sótano de una vivienda. Lo más asombroso y valioso- del caso es que todos los ejemplares están cerrados y con el contenido original.
La nómina de ítems abarca desde botellas de aguas y gaseosas hasta bebidas alcohólicas de todo tipo, algunas muy añejas, así como también ediciones especiales, e incluso botellas del Siglo XIX, extraídas del fondo del mar, ya que estaban en barcos hundidos.
También tiene colección de vasos, publicidades de la época, ceniceros y destapadores.
El artífice de todo esto es Juan, un vecino radicado en nuestra ciudad, quien por cuestiones de seguridad prefirió no dar a conocer su nombre completo ni el lugar donde atesora esta impresionante colección de botellas que dejaría asombrado a cualquiera.
Historia de un coleccionista
Descendiente de italianos, Juan comentó que pasaba mucho tiempo en la casa de sus abuelos, ambos inmigrantes italianos, que fieles a su origen conservaban esa tradicional costumbre de reunir a la familia y los amigos. Su casa era el centro de reunión y estando ahí mamé esa costumbre de juntarnos y estar siempre alrededor de la bebida, ya que para mi abuelo la bebida era una forma de poder compartir, reflexiona. Es una vieja maña que comenzó en el año 1999 por impulso de un amigo con quien hicimos juntos todo el secundario y la facultad. El me regaló el primer libro con una dedicatoria que decía algo así como seguir la costumbre de mi abuelo, que para ese momento ya había fallecido. Me empezó a gustar todo el entorno que tiene la bebida como una forma de manifestación cultural y desde allí comencé a comprar una botella, luego otra y como siempre me gustaron las antigüedades empecé a incursionar con botellas viejas. Cuando me di cuenta tenía una cantidad bestial.
Templo de la bebida
Luego de varias mudanzas, Juan finalmente se radicó en nuestra ciudad y planificó su casa en torno a esa impresionante colección, a la que le construyó su templo. Lo primero que se pensó fue el sótano, explicó. Hay botellas de lo que se les ocurra, pero más allá de la diversidad de bebidas, hay diversidad de culturas y de cosas que representan momentos históricos muy puntuales.
Algunas de las botellas están protegidas en las cajas de vidrio y fueron extraídas de barcos hundidos. Incluso están acompañadas de fotos. La mayoría fueron extraídas en Valparaíso Chile, porque tengo un conocido que tiene una escuela de buceo y cada vez que encuentra una botella llena me la trae. Además, como es amigo de integrantes de la Armada me consigue información y fotos del barco de los archivos de la fuerza, indicó, lo que además del valor sentimental le da un carácter documental a la colección.
Objetos preciados
Otra de las curiosidades de la colección de Juan es una botella de vino 1850 y 1865. Tiene el escudo de la Confederación Argentina y la compré en San Telmo, pero fue hallada en un aljibe de una estancia de Pergamino que tenía una pulpería. Nunca pude saber cuál era ese campo, relató.
Hay sidras de la Fundación Eva Perón de los años 46, 47 y 48. Una botella de cerveza Guinness de 1890, llena. Envié una foto de la etiqueta al archivo de Guinness para que certifiquen la autenticidad y la fecha y me respondieron que era original, apunta el entrevistado.
Tomando en cuenta el rubro histórico, el más asombroso ejemplar es una botella del nazismo, con la esvástica característica, que consiguió en una feria de Cracovia, Polonia (una de las pocas que está vacía). Está presentada en una caja de vidrio negra con una foto e información del holocausto.
Las botellas más antiguas son las extraídas en los barcos y algunos vinos de 1850, pero todo su contenido es hoy en día imposible de tomar. Sin embargo, posee una de las reliquias de whisky de la marca White Horse de 1935 que está degustando por estos días, poco a poco. También cuenta con un fernet de 1913 de la marca Branca, importado, con la etiqueta escrita en italiano, antes de que la fábrica abriera en Argentina.
En otra parte de la casa están en exhibición las botellas de aguas, cervezas y gaseosas antiguas. Entre las reliquias tengo una de 1920 de una sodería de Lomas de Zamora y otra muy curiosa de una marca de agua de Sierra de los Padres que se jactaba, en la misma etiqueta, que era agua radioactiva.
Peña cultural etílica
Otra de las curiosidades de este lugar es que funciona una peña cultural etílica, llamada Azorrados, que viene desde su antiguo lugar de residencia en Cañuelas. Nos juntamos una vez por mes, elegimos una bebida y durante el mes les voy pasando información sobre esa bebida y el día que nos juntamos hacemos tragos clásicos. La comida se elige en función de la bebida. Al revés de lo habitual.
El nombre azorrado surgió riéndonos del esnobismo de algunos catadores que suelen decir que tal vino tiene aroma de pimienta del sudeste asiático (en tono de sorna). En una convención, uno de estos dijo, que el vino tenía sabor azorrado y tomamos el término como una forma de reírnos de ese esnobismo. Luego nos enteramos que es un término que se utiliza para designar a un vino que está apto para consumir, pero casi al límite, relató Juan.
El bar ubicado en el sótano, donde funciona la peña también tiene nombre. Se llama Lizeta, como su abuela. Ella aún está viva y casualmente en estos días viene a visitarme. Tiene 82 años y fue un poco la que forjó todo esto.