Cuando pensamos en los inicios de la computación, la mente suele viajar a habitaciones cerradas, llenas de hombres con camisas blancas y corbatas. Sin embargo, en la Argentina, la historia de la informática se escribió con voz de mujer. Lejos de ser meras espectadoras, ellas fueron las verdaderas protagonistas de la era dorada de la ciencia nacional. Una huella imborrable que hoy, más que nunca, es urgente rescatar.
Este artículo nace para conmemorar un hito que transformó nuestro mapa científico: se cumplen 65 años del nacimiento de la computación académica en el país. Más de seis décadas atrás, el lunes 15 de mayo de 1961, culminaba un largo proceso de armado, instalación y pruebas. Detrás del logro hubo un equipo de expertos argentinos apoyado por dos técnicos ingleses que pasaron todo ese año en Buenos Aires. Quieta, aferrada al suelo del Pabellón 1 de Ciudad Universitaria, Clementina encendía sus luces y empezaba a andar.
La llegada de Clementina y el nacimiento de una era
Bajo la visión estratégica de pioneros como Manuel Sadowski y Rolando García, la Universidad de Buenos Aires adquirió una computadora Ferranti Mercury de fabricación británica. El equipo fue bautizado cariñosamente como "Clementina" porque venía con la melodía popular Clementine pregrabada en su sistema.
Este "monstruo fabuloso" impresionaba: medía 18 metros de largo, pesaba 500 kilos por bloque y funcionaba con miles de válvulas de vacío que requerían tres horas de calentamiento previo antes de tirar la primera línea de código.
El hardware era tan delicado que cualquier cambio térmico o climático en la sala dilataba su tambor magnético. Si este tocaba las cabezas lectoras, el sistema colapsaba, desatando el pánico en el equipo. En ese entorno de tecnología rústica pero vanguardista, donde los datos ingresaban mediante cintas de papel perforado que solían romperse y se remendaban a mano con cinta scotch, surgió el rol clave de las programadoras.
Cecilia Berdichevsky: la primera domadora de algoritmos
Aunque en el país ya operaban algunos equipos comerciales en áreas administrativas de los ferrocarriles —las llamadas "dinos" de Univac e IBM—, la puesta en marcha de Clementina inauguró formalmente la computación científica en América del Sur. Y la persona encargada de domar a esa bestia informática fue una mujer: Cecilia Berdichevsky.
Contadora y licenciada en matemáticas, Berdichevsky fue invitada por Sadowski para integrar el equipo fundacional del Instituto del Cálculo. En marzo de 1961, tomó la capacitación inicial sobre el lenguaje de programación Autocode, dictada por la doctora Cicely Popplewell, una destacada matemática británica que había sido estrecha colaboradora del mismísimo Alan Turing.
Cecilia se convirtió así en la primera mujer en programar una supercomputadora en Argentina. Con una mente brillante, manejó el complejo entorno algebraico de la máquina y lideró el desarrollo de software durante toda la vida útil del equipo.
Un equipo femenino y multidisciplinario
Cecilia no estuvo sola. El Instituto del Cálculo de la UBA funcionó como un verdadero faro de equidad para la época. La mano derecha de Sadowski y vicedirectora del instituto era Rebeca Guber, una matemática clave que materializaba y empujaba los conceptos abstractos del director, coordinando la infraestructura técnica y los contratos con organismos del Estado.
En las diferentes áreas de investigación también brillaron otras figuras. Victoria Bajar integró el pionero grupo de lingüística computacional y más tarde colaboró en el desarrollo de software para computadoras nacionales a transistores. Eugenia Fischer dirigió el proyecto que intentó diseñar un sistema de traducción automática de ruso a castellano, adaptando caracteres cirílicos a las perforadoras de papel.
Estas mujeres no hacían tareas mecánicas o secretariales. Calculaban trayectorias de cometas, creaban modelos económicos complejos, planificaban el aprovechamiento hídrico de los ríos mediante represas y procesaban datos cruciales para YPF o la Comisión Nacional de Energía Atómica. Explotaron al máximo la capacidad lógica de una tecnología naciente y demostraron que la informática requería rigurosidad, creatividad y una enorme resiliencia.
Un puente hacia el presente
Hoy en día, desde el trabajo diario que desarrollamos en el Departamento de Cibercrimen de Pergamino, me resulta imposible no trazar un paralelismo con aquellas pioneras. La persistencia que Cecilia o Rebeca demostraban para resolver problemas complejos y procesar información en entornos hostiles es la misma matriz de rigurosidad técnica que hoy aplicamos en la investigación penal digital. La tecnología cambia, las herramientas evolucionan, pero la necesidad de mentes agudas y comprometidas con la precisión sigue siendo exactamente la misma.
Un legado para encender el futuro
La era dorada de Clementina terminó de forma abrupta en 1966 con la Noche de los Bastones Largos, una intervención militar nefasta que diezmó la universidad pública y provocó una masiva fuga de cerebros. Sin embargo, la semilla ya estaba sembrada y arraigada.
El trabajo de estas científicas demostró que la programación y el análisis lógico no eran roles secundarios, sino el corazón mismo de la revolución tecnológica. Recordarlas hoy, a 65 años de aquel histórico lunes de mayo, no es solo un acto de justicia histórica. Es entender que el talento informático argentino tiene, desde sus raíces más profundas, una impronta femenina de excelencia, audacia y soberanía científica.