A los 74 años el arrecifeño Adolfo Fito Bernardes pedaleó 613 kilómetros para cumplir la promesa de su vida
El comerciante jubilado de Arrecifes durante 14 días pedaleó con autonomía total, transformando el esfuerzo físico en un mensaje de amor, resiliencia y vida.
11 de enero de 2026 - 07:10
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Adolfo Fito Bernardes unió Arrecifes con Miramar para cumplir una promesa por la salud de su hija.
FITO BERNARDES
A los 74 años, Adolfo “Fito” Bernardes decidió cumplir la promesa más importante de su vida. No fue un desafío deportivo ni una búsqueda de reconocimiento. Fito es un comerciante jubilado arrecifeño cuya historia de vida trascendió por cumplir una promesa ante el deseo de que su hija se sane.
Fue un acto íntimo de agradecimiento y una necesidad personal que lo impulsó a subirse a la bicicleta y recorrer 613 kilómetros desde Arrecifes hasta Miramar durante 14 días consecutivos, atravesando rutas, caminos secundarios y jornadas de intenso esfuerzo físico y emocional.
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Travesía en bicicleta
La travesía comenzó el 23 de diciembre y concluyó en la mañana del lunes 5 de enero. Bernardes avanzó con autonomía total, llevando carpa, bolsa de dormir, alimentos, agua y todo lo necesario para acampar en cualquier punto del recorrido. Cada jornada fue distinta y estuvo condicionada por factores imposibles de prever con precisión: el viento, la temperatura, el estado de los caminos y el desgaste acumulado. El promedio diario fue de entre 50 y 60 kilómetros, aunque hubo días en los que superó los 80 y otros en los que debió detenerse antes de lo planificado.
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El origen de esta historia se remonta a fines de 2023, cuando su hija Cecilia, de 40 años, se realizó una colonoscopía de control debido a antecedentes familiares de cáncer de colon. El estudio reveló la presencia de un tumor. El diagnóstico fue devastador. “Se nos partió el alma”, recordó Bernardes. La urgencia llevó a una rápida intervención quirúrgica en el Hospital Italiano, donde la operación resultó exitosa. A partir de allí comenzó un proceso largo, cargado de incertidumbre, controles médicos y esperanza.
En ese contexto crítico, Fito tomó una decisión silenciosa. No desde la religión ni desde una fe tradicional, sino desde una convicción profundamente personal. “Sentí que si todo salía bien, tenía que hacer algo para agradecer”, explicó. El destino elegido fue Miramar, una ciudad cargada de recuerdos familiares, donde durante años había vacacionado con sus hijos, compartiendo momentos de felicidad y una vida sencilla. Allí nació la promesa: llegar pedaleando, por sus propios medios, como una forma de cerrar un ciclo de angustia y devolverle a la vida algo de lo que había recibido.
La preparación fue larga y paciente. Durante casi dos años fue reuniendo equipamiento, adaptando la bicicleta y esperando el momento adecuado. Mientras tanto, la evolución favorable de Cecilia reforzaba la convicción de que debía cumplir su palabra. Amigos y conocidos intentaron disuadirlo. La edad, el calor, los riesgos de la ruta y el esfuerzo parecían argumentos suficientes para desistir. Sin embargo, Bernardes nunca dudó. “Tenía una deuda interna”, afirmó.
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Cada día comenzaba de madrugada. Se levantaba alrededor de las 4:00, desmontaba el campamento durante más de dos horas y salía a pedalear antes del amanecer para evitar las altas temperaturas. En jornadas de calor extremo, cuando el termómetro superaba los 38 grados, debió detenerse y resguardarse, incluso permaneciendo un día entero sin avanzar. La hidratación fue una prioridad absoluta: llevaba siete recipientes con agua distribuidos en distintos puntos de la bicicleta, además de alimentos enlatados y un calentador portátil.
El recorrido fue también una radiografía social de la ruta. Bernardes acampó en cuarteles de bomberos, campings, estaciones de servicio y campos privados, siempre pidiendo permiso antes de instalarse. En la mayoría de los casos encontró gestos solidarios y respuestas generosas. Personas que se detuvieron para ofrecerle agua fría, una sombra o simplemente interesarse por su historia. “Hay mucha gente buena”, destacó, aunque también describió la indiferencia de quienes pasan sin mirar y la vulnerabilidad que se siente al borde del asfalto.
El tránsito representó uno de los mayores desafíos. Con chaleco reflectivo, luces y elementos de seguridad, circuló respetando las normas, aunque el paso de vehículos a alta velocidad dejó sensaciones intensas. “El sonido del viento de los autos y de las camionetas grandes se siente como un avión”, relató, describiendo una experiencia tan impactante como reveladora sobre la convivencia en las rutas argentinas.
El arribo a Miramar fue el momento más esperado. Exhausto pero entero, Fito llegó sin saber que sus hijos lo estaban esperando. El reencuentro, cargado de emoción, se convirtió en el segundo premio más importante después de la recuperación de Cecilia. “No estaba previsto, pero fue increíble”, contó. Actualmente descansa junto a su familia, recuperándose del esfuerzo físico y disfrutando del alivio emocional que significó cumplir la promesa.
Bernardes insiste en que no se trata de una hazaña deportiva. “Soy ciclista, no raidista. Esto fue cumplir una promesa”, aclaró. Para él, el verdadero sentido del viaje fue simbólico: transformar el miedo en acción, la angustia en movimiento y la esperanza en kilómetros recorridos. A los 74 años, pedaleó para agradecer la vida y dejar un mensaje claro: algunas promesas no se. miden en tiempo ni en distancia, sino en la fortaleza de animarse a cumplirlas.
Te tratan como un croto
De todo este extenso periplo pudo sentir como lo veían los demás durante estas jornadas en el que su higiene y cuidado personal pasó a un segundo plano porque tenía que hacer campamento en espacios al aire libre sin posibilidad de ducharse y asearse correctamente; como lo haría si estuviera en su casa.
“Parecía un croto”, sintetizó sobre su aspecto algo descuidado y montado a una bicicleta por rutas y caminos alternativos de la provincia de Buenos Aires. “Es que vengo de hacer un gran esfuerzo, vengo de no bañarme tres días, pero yo no soy un croto. La gente en principio me trataba como un croto hasta que yo me bajaba y podía hablar, después entraba a la estación de servicio cuando coincidía y gastaba 20 lucas en empanadas y café doble porque estaba cagado de hambre, entonces ahí el trato era distinto. Sino al croto no lo quiere nadie. A la persona que viaja en bicicleta no la quiere nadie: el 60% te ignora, a nadie le importa y son indiferentes, a un 10% de la gente le da asco que venga un croto, 10% de estúpidos que preguntan estupideces y un 20% de gente interesada, de verdad, que para en la ruta y me da una botella de agua helada, que para en la ruta y el tipo me pasa con la 4x4 a 140 kilómetros, para, me espera y me dice contame que estás haciendo. Esa es la cuenta”, según las estadísticas que pudo sintetizar en la mirada de los otros sobre su travesía a lo largo de dos semanas que le demandó cubrir más de 600 kilómetros.