Relata que cuando nació vivían en el barrio Trocha y que el resto de su infancia pasó en Villa Progreso. También refiere que fue a la Escuela N° 2, y luego, ya separados sus padres, cursó en el Hogar Monseñor Scalabrini, donde además de ir al colegio hacían actividades de quinta en lo que era una jornada escolar prolongada. "Como ahí no había sexto grado, finalmente terminé en la escuela N°8", agrega.
De su infancia tiene recuerdos que son postales de una época y de una ciudad muy distinta a la de hoy. La calle era el territorio del juego y el encuentro con los amigos, la cita obligada.
El mundo del trabajo
Es parte de una generación en la que cuando se alcanzaba cierta edad, la consigna era "seguir estudiando o salir a trabajar". "Nosotros estábamos con una tía y no teníamos muchas posibilidades de estudiar, así que decidimos salir a trabajar, era una época en la que se presentaban algunas oportunidades".
"Yo empecé como aprendiz de carpintería con Conti y fue de su mano que conocí a Vigo, teniendo 15 años. El me recomendó porque necesitaba un empleado, me tomaron a prueba y estuve trabajando hasta mis 50 años, prácticamente toda la vida", señala.
"Estaba trabajando con Vigo cuando me tocó hacer el Servicio Militar en San Martín de los Andes, donde solo había ciervos y lagos, y me guardaron el lugar en la fábrica. Trabajando con Vigo aprendí el oficio de carpintero", sostiene.
Su salida de ese lugar se dio muchos años después, en un momento de crisis económica del país. "Cuando las cosas empezaron a andar mal, con Vigo hicimos un arreglo y dejé de trabajar en la fábrica", describe. Y agrega que en ese momento fue convocado por otro carpintero, Severo, que lo tomó por una semana y permaneció un año.
"En esas circunstancias conocí a los propietarios de la firma Micheli-Novarese y se abrió para mí otra oportunidad laboral. Novarese necesitaba una persona que lo ayudara, comencé a trabajar con él y estuve allí hasta hace cuatro años".
En el presente, Juan trabaja como carpintero con Vanney. "Voy por la mañana a trabajar en la fábrica y por la tarde él me permite usar las instalaciones para hacer trabajos de carpintería por mi cuenta".
El inventario de sus experiencias laborales es rico. De cada lugar en el que estuvo se llevó aprendizajes, experiencias y compañerismo. Afirma agradecido que la vida le dio la posibilidad de formarse en un oficio que le gusta mucho y forjar su destino de la mano de esa actividad.
"Me gusta mucho lo que hago, de hecho, tengo 71 años y sigo trabajando", resalta y menciona que en tantos años de actividad laboral ha tenido y tiene clientes que han sido muy fieles.
"A la par de las fábricas en las que estuve, siempre trabajé también por mi cuenta. Con Novarese hice muchos trabajos en casa de familia y hasta el día de hoy tengo clientes que siempre me tienen en cuenta cuando necesitan hacer algo", comenta. Y recuerda que en una oportunidad, hace muchos años, un accidente que sufrió lo tuvo 20 meses en cama sin poder caminar. "En esas circunstancias que fueron muy difíciles era continuo el llamado de gente que se preocupaba por mi salud y muchas las personas que me conocían por mi trabajo y venían a visitarme", relata, reconfortado por ese reconocimiento que seguramente cosechó como consecuencia de su manera de ser y de trabajar.
La familia
A los 24 años, Juan se casó con Elsa, su compañera de vida desde que se conocieron. "Eramos jóvenes, nos conocimos por esas cosas de la vida, nos pusimos de novios, nos casamos y conformamos nuestra familia", señala y la mira. Siempre se han acompañado en cada proyecto y en la simpleza con la que viven han construido un pilar sólido que es el que ha servido de basamento a sus hijos. Tienen dos: Karina (46), que está casada con Mariano López, es docente y vive en San Miguel del Monte; y Daniel (43) que es soltero, vive en Pergamino y se dedica a la electricidad y el manejo de aires acondicionados del automotor.
"Somos abuelos de Esteban, nuestro único nieto de 14 años que vive en San Miguel del Monte, así que lo vemos una vez al mes cuando nuestra hija viene a visitarnos o cuando nosotros vamos", refiere sabiendo que el bienestar de sus hijos y de su nieto ha sido y es el principal anhelo.
"Nuestros hijos están encaminados y eso es una gran tranquilidad", resalta Juan, que recuerda los muchos sacrificios que hicieron con su esposa para tener su casa y para ir cumpliendo sus sueños. "Cuando nos casamos alquilábamos una casa en calle 9 de Julio, un compañero de trabajo me incentivó a que comprara un terreno y fue lo que hice. Lo compré y con mucho esfuerzo comenzamos a construir nuestra casa en la que vivimos, en el barrio José Hernández".
"Hace 40 años que vivimos en el barrio. Cuando vinimos era todo terreno baldío, solo estaba la carpintería de Maglio y algunas pocas casas. Hoy esta zona ha cambiado muchísimo y es hermoso el barrio", refiere.
Los canarios
Juan es de las personas que se ha dedicado siempre a trabajar. Su rutina es metódica y reconoce que el hecho de haberse insertado en el mercado laboral siendo muy chico, de algún modo le marcó el ritmo de su vida. "Cuando empecé a trabajar no podía andar de joda, así que siempre traté de ser responsable, de joven mis salidas eran ir al Centro o a algún baile", menciona.
Fuera de su oficio, una de sus pasiones fue la cría de canarios. "Me encantaba y me dedicaba mucho. Conocí mucha gente valiosa, como la familia Picarelli y otras tantas. Llegué a tener más de 100 canarios y obtuve importantes reconocimientos. Saqué campeones de salón, he ganado premios en Buenos Aires, el campeón argentino y he llegado hasta el mundial", describe, pero confiesa que cuando se casó y conformó su familia fue dejando esta actividad: "Había que trabajar mucho y mi prioridad fue estar cerca de mis hijos y de mi esposa".
"Eran los pájaros o la familia", bromea. Pero en esa apreciación aparece una cualidad que lo define y que tiene que ver con su responsabilidad frente a las cosas y circunstancias de la vida.
Su oficio
Con las jaulas guardadas, se abocó de lleno a su oficio y construyó una identidad profesional que lo respalda en su hacer de todos los días. Sabe que su trabajo fue cambiando con los años y ha sabido adaptarse a los requerimientos. "Antes muchas cosas se hacían a mano, muchos dicen que son ebanistas, pero no saben de lo que hablan", refiere y reconoce que él tuvo la posibilidad de conocer a algunos, entre ellos Casagrande y Novarese. "Este último, con el que aprendí mucho, nunca decía que era ebanista y hacía cosas increíbles. Verlo tornear y trabajar con su máquina era ver a un verdadero artista".
"Hoy ya casi nadie trabaja a mano, la actividad se ha tecnificado mucho y los materiales que se usan también han cambiado", agrega este hombre que cada día se sube a su bicicleta para ir a trabajar y piensa seguir haciéndolo "hasta que el cuerpo aguante".
Siente que tuvo la vida que supo construir y agradece los valores que le inculcaron para forjar ese destino. "Creo que estoy hecho, no sé si hay algo que me gustaría hacer, quizás viajar con mi esposa si la salud nos acompaña a algunos lugares de Argentina. Por lo demás, no tengo demasiado que pedir", reflexiona sobre el final, cuando se acerca la hora de tomar la bicicleta y emprender el camino que lo lleva a la rutina laboral de todos los días, al contacto con sus clientes en la sencillez que lo define.
Es una persona agradecida. Vive en una ciudad que le gusta, tiene mucha gente conocida, su refugio es su familia. Aunque alguna vez volvió a verse cara a cara con su madre, no consiguió establecer una relación con ella que vive en una ciudad vecina. Pero no siente rencores. Está en paz con él y con la vida, que le enseñó que los afectos se construyen en lo cotidiano y en la presencia. Resiliente, aprendió esa lección y la honró estando siempre disponible para sus afectos, sin otra pretensión que el bienestar de los suyos.