domingo 03 de mayo de 2026

Roque Miguel Obermeyer, un hombre de la electrónica que honró su oficio

Descubrió su vocación desde joven y la convirtió en su forma de vida: primero en relación de dependencia y luego en su propio taller, que aún mantiene abierto.

3 de mayo de 2026 - 07:18

Roque Obermeyer es pergaminense, conocido en el mundo de la electrónica por la pericia con la que ejerció su oficio. Todos lo llaman Miguel, su segundo nombre. Al trazar su Perfil Pergaminense cuenta que nació en Pergamino y creció en el barrio Acevedo. Su familia estaba integrada por sus padres: José Miguel y Rosa Isabel. “Mi viejo trabajaba en la marmolería de Cuevas y más tarde ingresó al Ferrocarril Bartolomé Mitre, para desempeñarse en el galpón de máquinas. Mi vieja era ama de casa y se ocupaba de mí y de mi hermana menor, Emilia Noemí (‘Gladis’)”.

También relata que hizo la primaria en la Escuela N° 4 y luego, dos años, fue al Colegio Industrial. “Iba de noche, allí hice el curso calificado en tornería, y en paralelo, por correspondencia, estudiaba electrónica, algo que me apasionó desde siempre”, señala convencido de haber sido de aquellas personas que sintieron el impulso de una vocación temprana y abrazaron con convicción la senda de ese deseo.

“De chico jugaba con una caja de zapatos y un hilo, imaginando que era una radio”, confiesa. Y prosigue: “Mi abuela paterna vivía en calle Luzuriaga, al lado de lo de Héctor Carospreso, que era un conocido técnico de televisión del que mi papá era muy amigo. Le llevábamos cosas para reparar y cada vez que iba sentía fascinación por lo que se hombre hacía, verlo en su taller me entusiasmó”.

Trabajar desde chico

Miguel comenzó a trabajar desde muy chico. “Después que terminé la primaria, durante tres años, trabajé en una tienda de ropa, ‘Stelvis’, que funcionaba en calle Mitre y San Nicolás. De ahí, empecé a comprar materiales para armarme en lo mío, iba a lo de Cavallito, a lo de Bianconi. En Legarri, en una oportunidad necesitaban un empleado y me ofrecieron ese trabajo. Lo tomé sin dudarlo. Era para hacer electrónica y mecánica de electrodomésticos, se arreglaban batidoras y otros artefactos. Era una casa importante que funcionaba enfrente de la Municipalidad, por calle San Nicolás”, relata.

“Ese negocio después se mudó a la avenida, frente a la Heladería Venezia. Trabajé allí hasta que me tocó el servicio militar. Era época de mucho trabajo en la electrónica”, agrega.

A Miguel le tocó Marina cuando fue sorteado para la conscripción. “Me incorporé en la Escuela de Mecánica de la Armada donde estuve un año, se había sancionado la ley que cortaba el tiempo de los que hacían Marina”, cuenta y sostiene que, aunque “hacer la colimba” significó cierto desarraigo de su familia y sus costumbres, la experiencia le sirvió.

“El servicio militar obligatorio ponía un poco la vida entre paréntesis de aquellos a los que por sorteo nos tocaba, pero lo hice y al regresar seguí con mis cosas”.

El taller propio

Cuando volvió a Pergamino tomó la decisión de volcarse de lleno a trabajar de manera independiente. Armó su propio taller en la casa de sus padres, el mismo lugar en el que funcionó siempre y la misma casa en la que Miguel aún vive.

“Hace 74 años que tengo la misma dirección y el taller tiene sus puertas abiertas desde que lo armé siendo muy joven”, afirma con el apego a su trabajo y a su modo de vivir.

“El barrio Acevedo era muy distinto a como es ahora. Acá en la cuadra estaba todo despoblado, yo me movilizaba en bicicleta, siempre andaba comprando repuestos y elementos para trabajar. Después tuve una moto y más tarde un auto. Esta casa la construimos detrás de la de mis padres cuando me casé. Siempre estuve en el mismo lugar y todo lo que tengo me lo dio mi trabajo y el apoyo de mi familia”, destaca.

El taller propio siempre estuvo incorporado a su rutina doméstica. Reconoce que aunque no es fácil vivir y trabajar en el mismo lugar, con un poco de organización y disciplina, todo fluye sin inconvenientes.

“Mis clientes eran fundamentalmente las casas de artículos del hogar que me traían equipos para hacer reparaciones. También colocaba estéreos de automóviles y reparaba todo tipo de artefactos de electrónica. Además, tenía algunos clientes particulares, pero mayormente eran los negocios del rubro electrodomésticos”, narra, recreando una época en la que funcionaban grandes comercios como Moroni, Barcia, Bianconi, y otros. “Tenía el taller repleto de cajas enteras con radios, tocadiscos, todo tipo de equipos”, describe.

El presente de su oficio

En la actualidad sigue trabajando, pero ya sin esfuerzo. “Reparo pequeños equipos de electrónica, lo que me traen, lo arreglo”, afirma. Y reconoce que el oficio ha cambiado significativamente con el paso del tiempo. “Los aparatos hoy son totalmente digitales. Yo empecé con los televisores en blanco y negro a válvula, después llegó el color. Ahora son equipos totalmente nuevos. Y lo que sucedió con los televisores, ocurrió con todos los aparatos electrónicos. Yo empecé a ejercer este oficio a los 14 años y tengo 75, todo ha cambiado con el paso del tiempo”.

Testigo y protagonista de muchas de esas transformaciones tecnológicas que impactaron en el ejercicio de su oficio, siempre intentó mantenerse actualizado. Aquella herramienta inicial de estudiar por correspondencia lo introdujo tempranamente en un hábito que mantuvo a lo largo de los años. Leer revistas de electrónica, comprar manuales y seguir de cerca los avances, fue una constante para él. Todo lo demás se lo dio la pericia de un saber hacer casi intuitivo. “El oficio te enseña todo. Tocando en la propia práctica aprende”.

“Hoy hay equipos muy sofisticados y ahí si yo ya no los reparo. Porque además Pergamino es una plaza complicada en la que no se consiguen tantos repuestos, hay que viajar y yo no puedo hacerlo”, plantea. Y añade: “Lo que hago hoy, lo hago para entretenerme, ya estoy jubilado y además mi salud me obliga a cuidarme un poco más, los años no vienen solos”.

Su vida familiar

En el año 1980 se casó con Nancy Francisconi, su vecina de toda la vida. “Nos conocemos desde chicos porque vivíamos muy cerca. Estuvimos cuatro años de novios y nos casamos”. Tienen dos hijos: Leonadro (45) y Mariángeles (40). Habla de ambos con profundo orgullo y lo reconforta el hecho de saberlos bien encaminados.

”Mi hijo siguió en el rubro de la electrónica. Vive en Buenos Aires donde se fue a estudiar Robótica, después estudió audio y se dedica a eso. Además, tiene la franquicia de un Supermercado Día. Está casado con Mariángeles Raimundo y tienen un hijo, Julián (10). Mi hija es profesora de matemáticas, vive en Pergamino, está casada con Pablo Fulgheri y tienen dos hijas Juana (11) y Antonia (6).

La presencia de los nietos, la cercanía de sus hijos y la compañía incondicional de su esposa conforman su universo más preciado. Su vida afectiva gira en torno a ellos y a la innumerable cantidad de amigos que le regaló su oficio.

“Durante muchos años fui integrante de varias peñas, la del ‘tio’ Bichara, otra propia con compañeros del oficio, incluso mi casa siempre fue un lugar para el encuentro con amigos”, cuenta, gratificado de haber tenido y tener “buenos amigos”. “Varios de ellos ya no están. El paso de los años, también trae esas pérdidas”, admite.

Hacer de todo

En el plano de las asignaturas pendientes reconoce que le hubiera gustado ser mecánico de autos. “Esa era mi ilusión, pero mis padres pensaban que era inconcebible para una persona vivir todo el día engrasada”, señala. Igualmente, durante algún tiempo, siguiendo ese “gusto por los fierros” se dedicó a reparar motos junto a un amigo.

“Digamos que en la vida he hecho un poco de todo. Con mi suegro hacíamos revestimientos de madera y cielorrasos”, comenta. Y destaca: “Siempre me di maña para todo y eso me ha ayudado”.

Mira a su alrededor y la casa en la que vive es fruto de ese esfuerzo y de esa predisposición natural a ser habilidoso para las cosas. “La levantamos a pulmón. Comenzamos la obra un 1° de Mayo y para diciembre estaba lista. Nuestras familias andaban cargando ladrillos y llenando baldes con cemento. Y los fines de semana cuando yo no trabajaba, aprovechaba para hacer las instalaciones de agua y eléctricas”.

Un buen balance

Sobre el final de la charla, en el comedor de su casa, rodeado de fotos de los suyos y evocando recuerdos de las distintas etapas de su vida, la conversación adquiere el tono sereno del balance. Miguel asegura que ha tenido una buena vida. Esa que pudo construir

“Me gusta estar tranquilo, pasear y viajar. Me gusta andar”, reconoce y confiesa que es un amante del paisaje de las sierras. “Amo Córdoba, me hubiera ido a vivir allí. Conocimos Cosquín cuando nos fuimos de viaje de bodas y quedé enamorado. Mi esposa no se animó a que nos quedáramos, porque teníamos la casa a estrenar acá y toda nuestra familia. Igual, regresamos cada vez que podemos”

Quizás porque es de las personas que disfrutan de paso serenamente, es que las sierras le ofrecen un contexto que le resulta placentero. “Amo ese lugar”, afirma, aunque sabe que ya su vida está arraigada aquí, donde construyó todo lo que tiene. Es feliz con eso, sin ansiar imposibles, sabiendo que el paso del tiempo es parte de la vida. “Me llevo bien con el paso de los años. Debería cuidarme un poco más, pero no le doy mucha importancia a eso, me retan todos los días”, admite, convencido de que la vejez, eso que se imaginan las personas cuando transitan la juventud, es el momento de la vida que él ya está viviendo. “Hoy no me tengo que imaginar nada, la vejez es así como viene, ya la estamos transitando”, afirma y sonríe, tal vez porque la asume sin contradicciones ni temores y porque lo que ha traído esta etapa de la vida como recompensa es haber cosechado los frutos de una buena siembra.

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