martes 07 de abril de 2026

Miguel Angel Remolins: un hombre que con alegría cosecha el fruto de los valores de su siembra

20 de diciembre de 2015 - 00:00

Es un productor que dedicó al campo y a su comunidad parte de su vida. Dirigente comprometido, se mantuvo cerca de la que fue su escuela en el Paraje Santa Rosa, donde hace unos días lo distinguieron por su labor en la cooperadora. Preside la Sociedad Española de Pergamino y considera que la honestidad es el mejor legado que puede dejar a sus nietos.

M iguel Angel Remolins cuenta en su calendario 83 años. Sin embargo se lo ve jovial y lleno de ganas de vivir. Su experiencia se nutre de los recuerdos de la infancia y de su incansable pasión por el trabajo. Le gusta el campo y la actividad agropecuaria fue el motor de su crecimiento y la actividad laboral sobre la base de la cual armó su familia y se forjó la vida que tiene y de la que disfruta junto a sus seres queridos. No se reconoce ambicioso, más bien se lo sabe un hombre comprometido con su comunidad y da testimonio de ello su perfil dirigencial, ese que fue desarrollando a través de su participación en la Asociación Cooperadora de la Escuela Nº 36 del Paraje Santa Rosa y en la Sociedad Española de Pergamino, institución que preside desde hace más de dos décadas. Es una forma de retribuir lo que la vida le ha dado. Y de sentirse activo en la tarea de “predicar con el ejemplo”.

Es parte de una generación en la que la palabra tenía el valor de un documento. Y esa es la premisa que sostiene su hacer. Tiene la impronta de la gente de campo y la sencillez de quien sabe leer en los gestos la demostración del afecto. Con la emoción a flor de piel acepta delinear su perfil pergaminense y se abre a la aventura de recorrer su historia de vida en una charla que por un momento le hace abandonar su bajo perfil para trascender con una historia que tiene el sabor del reconocimiento.

Nació en Pergamino, en una zona de campo. “Me contaron que me atendió una partera conocida, que era la madre del doctor Héctor Garasa”, refiere marcando el hito del inicio de la charla. Su infancia transcurrió en Alberdi, provincia de Buenos Aires. “Allí hice hasta cuarto grado”, menciona y describe un núcleo familiar integrado por su mamá,  sus tíos y más tarde su papá, Jaime Remolins, a quien conoció cuando tenía 12 años y hermanos -uno mayor hijo de su mamá y su papá y dos más medio hermanos por parte de su madre-. “Mi padre se había quedado en Pergamino, así que cuando me trajeron de Alberdi lo conocí. En aquel pueblo que añoro me crié con unos primos y con una tía, a mi mamá  Concepción Baldomá, la veía poco”.   

Tiene nostalgia del pueblo donde transcurrió la niñez, quizás porque aquello que uno vive de chico se imprime en la memoria para siempre. “Soy un agradecido porque tanto mis tías como mis primos me adoraban”, afirma emocionado.

Cuando volvió a Pergamino se estableció con su padre y su hermano en el campo. Ese mismo que conserva aún hoy y en el que desarrolló toda su vida laboral. “Todavía estoy con el mismo campo y en el mismo rancho en el que vivíamos, nada más que ahora lo hemos remozado, en Paraje Santa Rosa, a treinta kilómetros de Pergamino”.

Allí comenzó a trabajar en el campo a los 13 años. Manejaba caballos y realizaba todo tipo de tareas. Más tarde tuvo campo y hasta hoy, aunque ya está jubilado, sigue al tanto de las cuestiones del campo y viaja varias veces a la semana a atender a su perra “Lola”.

 

La Escuela, su segunda casa

Establecido ya en el campo, su segunda casa fue la Escuela Nº 36 del Paraje Santa Rosa. Allí cursó quinto y sexto grados y nunca se desprendió de ese lugar con el que siempre siguió colaborando. 

Recuerda a sus  maestros: Custodio Justo y Esther Pujol y refiere que junto a la que es su esposa, Elsa Delgado, y a Nelly Persoglia fue uno de los tres primeros egresados de esa escuelita rural. 

Sus ojos fueron testigos del crecimiento de esa institución y su labor desinteresada a lo largo de los años en el seno de la Asociación Cooperadora lo hizo protagonista. Hace unos días, en oportunidad de despedir el año, en el establecimiento educativo se reunió toda la comunidad para rendirle un homenaje a Miguel Angel que se sorprendió con ese reconocimiento. “Todos los años en la Escuela hacemos una reunión de comisión cooperadora para despedir el año y allí se reúne a las familias de la comunidad. Suelo hacer el asado del encuentro y esta vez no fue la excepción. Me llamaba la atención que había gente que no suele asistir. Estaba con el delantal puesto cuando la maestra de la Escuela Carolina Pascua empieza a hablar y en sus palabras me di cuenta de que me iban a hacer un reconocimiento. Fue muy emocionante, después supe que todos lo sabían y que en silencio habían planteado este agasajo, se habían puesto en contacto con una exmaestra, Josefina Frúgoli. Me emocioné mucho y se me caían las lágrimas de ver ahí a toda la escuela, a mi familia, mis nietos que lagrimeaban conmigo. Me entregaron una plaqueta, me sentí muy feliz”. Vuelve a emocionarse cuando relata esa vivencia. Y vive ese homenaje como un reconocimiento que significa mucho para él. “A pesar de que soy un hombre de muy bajo perfil, me enorgullece saber que la gente me quiere. Que te demuestren que te quieren es importante”.

Cuando cuenta lo que sintió durante ese homenaje, a su memoria llegan innumerables anécdotas de la escuela, ese lugar entrañable que vio crecer. “Cuando nosotros íbamos era una casa de familia y un aula, de hecho Custodio Justo que era el maestro vivía allí. Luego se fue ampliando con dos aulas más, un salón de actos y los baños nuevos. Ese lugar es parte de mi vida”, afirma.

 

Su familia, un tesoro

Junto a su esposa armó una familia de la que está orgulloso. A su compañera la conoció en la Escuela. Su hermano se había casado con una hermana de ella, y más tarde lo hicieron ellos. “Mi hermano y la hermana de ella tuvieron una hija, que es la esposa de Daniel Urbaneja. Al fallecer su mamá nosotros la criamos. Cuando era una beba nos casamos y aquí estamos hace 61 años juntos”, relata mirando a su esposa con la complicidad que da el tiempo compartido. 

Tienen dos hijos: Liliana Beatriz, ama de casa, casada con Miguel Angel Urbaneja, docente jubilado; y Miguel Angel, ingeniero agrónomo, casado con Patricia Cascardo, docente. También seis nietos: Diego (médico), Ramiro (médico) e Ignacio (estudiante de Ciencias Económicas); María Soledad (contadora pública); María Luisina (diseñadora de modas) y María Belén (que va a estudiar Diseño). Junto a sus nietos, el tesoro de su vida es “Clarita”, su primera bisnieta hija de Diego y Ana Carolina Trotta.

Reconoce con emoción que su familia es el pilar que sostiene su vida y el universo afectivo más cercano, ese que se nutre también del amor de amigos que ha sabido cosechar a lo largo de la vida e innumerables conocidos que lo consideran “un hombre honesto”.

 

Un dirigente

Además de su tarea en el campo y la dedicación puesta en su querida escuela, Miguel Angel Remolins dedica tiempo a la actividad dirigencial y desde hace 26 años es presidente de la Sociedad Española de Pergamino.

“Llegué a la institución por propuesta de Ginés Fuentes. En la Sociedad Española se preparaba una asamblea, yo ya era socio, así que me invitó a participar. Comencé como vocal y unos años más tarde me eligieron presidente. Hace 26 años que estoy a cargo de la entidad”.

Evalúa positivamente esa experiencia. “La comisión es un grupo muy unido, podemos discutir las ideas, pero todos trabajamos en la misma dirección y hemos conseguido grandes avances como haber construido el edificio de calle Dorrego, con diez pisos”.

“La Sociedad Española es una mutual que brinda servicios de salud, cuenta con empleados que son incondicionales: en la administración: Estela Mastronardi, Liliana Valente y María Parra; y en la limpieza, Sergio Garay y Dante Contino, un hombre que tiene mi edad”, señala este hombre que cada martes, a las 8:00, estaciona su auto en la sede de la entidad para esperar a que las puertas se abran y realizar su tarea.

 

Un pergaminense

Aunque insiste en que añora el pueblo en el que pasó la infancia, es “pergaminense” y esta ciudad es un lugar en el que le gusta vivir. “Añoro Alberdi porque allí me dieron todos los gustos, pero acá tengo familia y mucha gente conocida y entrañables amigos”, refiere y confiesa que en el presente está más volcado a la familia que a la vida social con amigos. Sin embargo en su historia hay amigos con los que compartió muchas vivencias como Pedro Illia, ‘el Negro’ Gandolfi y Hugo Apesteguía.

“Soy muy casero, de vez en cuando voy a una peña de folklore, pero vivo en familia y disfruto de eso”.

 

El legado

Sin grandes cosas por vivir, agradecido de lo que ha sido su cosecha, sobre el final de la charla confiesa que una de las asignaturas que tiene pendiente es aprender a tocar bien el bandoneón. Algo sabe de ese instrumento que aprendió a manejar “elementalmente” de ver tocar a  Fernando Bertolona, con quien aprendía en el campo.

Por fuera de ello hizo todo lo que se propuso y logró cada objetivo que se planteó en la vida teniendo a sus valores como bandera. “La principal enseñanza que quisiera dejarles a mis nietos es la honestidad, que sean rectos como lo son. Es lo único que les puedo dejar”, afirma y considera que muchas veces la forma de ser enseña más que las palabras. 

Con relación a esto, la charla termina con una anécdota que resume su esencia: “Los otros días recibí una gran satisfacción, una de mis nietas fue a la casa de unos amigos. Llegó Eduardo Paterlini, un hombre que me compraba chanchos que casi nunca iba a verlos, yo le decía que los tenía y él confiando en mí me mandaba el camión a buscarlos. Le preguntó si era mi nieta y le dijo: ‘Tu abuelo es el hombre más honesto de Pergamino’. Una consideración de esa no tiene precio. Es lo que te demuestra que uno a veces junta reconocimientos donde no los espera” y eso reconforta el alma.

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