“Tengo recuerdos de mi papá, traducidos en imágenes borrosas, y conformado sobre la base del testimonio de sus amigos”, reconoce y rinde tributo a la memoria de su mamá cuando refiere que ella “fue una mujer muy sacrificada a la que siempre le reconocí su esfuerzo. No era sencillo ser viuda tan joven y tener que sostener su familia. Siempre digo que el éxito que logré en la vida fue gracias a su modo de ser y a su sacrificio”.
Cuando Oscar cumplió 26 años su mamá contrajo matrimonio con Aldo Gallo, un hombre bueno, con el que tuvo una buena vida. “Tuvieron un matrimonio excelente y él fue un excelente abuelo para mis hijos, guardo hermosos recuerdos de él”.
Su historia estudiantil
Defensor de la educación pública y de los valores que ella encarga, fue alumno de la Escuela Primaria N° 1 y hizo el secundario en el Comercial. “Siempre tuve muy buenos maestros y profesores, algunos de ellos fueron la doctora Martínez, la doctora Cané, el contador Angles, a quienes recuerdo con mucho cariño y gratitud”.
“Y no puedo dejar de mencionar a Juanita Porcel de Pasti, una gran docente, mi maestra de sexto grado, quien me dejó muchísimas enseñanzas”, agrega. Ingresó a la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Rosario a los 17 años. Obtuvo su título de contador a los 21, fruto de haber sido muy consecuente con el propósito de recibirse.
“Nadie podía creer que yo fuera contador, era muy joven, tenía que presentar el carnet para que me creyeran y usaba una attaché para darme un poco de importancia”, señala.
Vuelve sobre sus años de vida universitaria para referir que, a través de un docente, Jaime Aboud, que sabía de sus necesidades económicas, le dio la posibilidad de ingresar a trabajar en el Ferrocarril Mitre. “La única condición que me puso fue que cuatrimestralmente le presentara mis calificaciones de la Facultad, algo que por supuesto, hice”.
“También tuve una beca en el comedor universitario y regresaba a Pergamino los fines de semana en el tren, sin tener gastos de transporte”, agrega en un relato que muestra lo que representaron oportunidades que le permitieron estudiar sin sobresaltos.
La docencia
Estando aún en la universidad, le ofrecieron tomar horas de contabilidad en el Instituto Comercial El Socorro. “En ese tiempo tenía 20 años, viajaba los jueves desde Rosario en el tren, me quedaba a dormir en casa de una familia amiga en el pueblo, los viernes daba mis clases, y regresaba a Pergamino el fin de semana”, describe, contando que dejó su trabajo en el Ferrocarril cuando se recibió y siguió ejerciendo la docencia en aquella localidad.
El estudio contable y sus clases
Ya establecido en Pergamino, en el año 1974, siguió ejerciendo la docencia y además comenzó a trabajar en el Comercial. Reconoce que fue encontrando en la docencia no solo una actividad que le gustaba, sino un modo de devolver a la comunidad lo que yo recibí, que fue una excelente educación pública primaria, secundaria y universitaria”.
Ejerció la docencia hasta que se jubiló en 2011 y guarda de todos esos años hermosas vivencias. “Jamás tuve que poner una sola amonestación a mis alumnos y nunca recurrí a que utilizaran libros, les enseñé herramientas de la contabilidad y de las ciencias económicas, que consideré valiosas para que tuvieran una competencia que les sirviera en el futuro para cualquier cosa que ellos hicieran”.
En el plano profesional, siendo muy joven se asoció en el estudio del contador Roberto Nobo, un ex profesor que Oscar había tenido, y un colega del que aprendió mucho de lo que sabe. “Estuvimos juntos en Doctor Alem 388 durante más de 30 años. Nos separamos en excelentes términos cuando mis hijos se recibieron de abogados y abrimos el estudio juntos en otro espacio. Roberto no solo fue mi socio, fue la persona que me enseñó el saber hacer en la profesión, porque cuando salí de la facultad no tenía las herramientas de la experiencia”, resalta, agradecido.
Aunque al cumplir sus 65 años se jubiló como contador, sigue manteniendo su matrícula activa y trabajando a pleno. “Siempre me he dedicado y lo sigo haciendo, a los clubes y entidades civiles, porque me gusta y porque además esa actividad me ha permitido tener un desarrollo social y comunitario que valoro mucho”.
“En el estudio atiendo a más de 30 clubes, instituciones de segundo grado como la liga de futbol, la asociación de bochas, centros de jubilados, distintos clubes y comisiones de fomento”, menciona y reconoce que tiene una sólida vocación por lo comunitario.
Su pasión por el deporte y el Club Compañía
Desde chico Oscar estuvo cerca del deporte. “Tuvimos el club juvenil Saturno, formado por adolescentes. Jugábamos al futbol y éramos de la zona de 9 de Julio, Alsina, Lagos, Río de Janeiro. Teníamos la cancha en el Tiro Federal y el local social en Alsina e Italia. Eramos adolescentes y cuando comenzaron los noviazgos, se terminó el club y las ideas juveniles”, cuenta recreando vivencias de esa época.
Desde el año 2000 es presidente del Club Compañía. “Era el club de mi padre. Mi abuelo fue uno de los fundadores. Y yo jugué al fútbol hasta que me fui a estudiar, y siempre tuve un marcado sentido de pertenencia a esa institución. En el año 2000, tomé conocimiento de que había 64 juicios ejecutivos contra el Club y en esas circunstancias me aboqué de lleno a resolver el problema que nos originó la mutual y el vaciamiento que habían hecho de la entidad. Heredé el club con medio millón de dólares de deuda, gente reclamando sin distinguir que el club era una cosa y la mutual otra, así que presentamos la convocatoria de acreedores y con un plazo de quince años y una economía de guerra logramos sanear el club”, relata y aprovecha para agradecer a Omar Pacini. “El subsidio que nos dio cuando apareció un inesperado reajuste, nos permitió salir a flote”.
“Hoy, con otra realidad, sigo al frente de la institución, siempre digo que soy ‘la figurita repetida’, y ansío poder dejar la posta a las generaciones que vienen”, señala, deslizando el anhelo de que algún día el Club pueda volver a tener su cancha propia. Se apasiona cuando habla del Club y describe las actividades que la institución realiza. También reconoce que “no es fácil la vida de las instituciones”.
“Hay que tener idoneidad, capacidad y ser honesto. No hay que pretender servirse de la institución”, destaca, gratificado de ver que en el club hay personas que defienden esos valores.
La vida personal
Desde el año 1979 Oscar está casado con Noemí Elisabet Labbate. “Nos conocimos en la confitería del Cine San Martín, así que estamos esperando ansiosos la reinauguración de ese espacio para conmemorar la declaración de amor en ese mismo lugar”, refiere.
Tienen dos hijos: Oscar Laureano (40), casado con Paula Gospodnetich; y Natalia Elisabet (39), en pareja con Diego Vezza. “Ambos son abogados y trabajan acá en el estudio conmigo”, señala y bromea: “Compartimos nuestras jornadas laborales, razón por la cual nos peleamos y reconciliamos a diario”.
Es abuelo de cuatro nietos: Oscar Lorenzo, Olivia Leire, Benjamín Aldo y Delfina. Siente un profundo orgullo por su familia, por el modo en que con su compañera han transitado la vida. “Hemos tenido los altibajos de cualquier pareja y nos hemos mantenido siempre unidos”, destaca.
También se siente honrado de tener muchos y buenos amigos. Al hacer un recorrido por distintas etapas de la vida, menciona a alguno de ellos y sabe que el inventario es incompleto: “Algunos son de la juventud, sin que sean todos, puedo mencionar a Ricardo Benedetti, Edgardo Corrado, Dario Gattelet; del colegio a Eduardo Paterlini y Daniel Cingolani, realmente siempre he estado rodeado de buenas personas. También en la profesión, he tenido esa dicha, y en la vida”, afirma.
En el presente, disfruta de un tiempo que se abre a las dinámicas de la vida en casa. “Hemos dejado de salir un poco, porque se ha vuelto un tanto inseguro. Así que miramos películas y estamos tranquilos”, resalta y confiesa que “lo mortifica el paso del tiempo”.
“A medida que transcurre la vida, uno vive con mayor conciencia la idea de la finitud y me cuesta asumir esa idea. Quizás por eso no me gusta celebrar los cumpleaños”, reconoce.
Un hombre de fe
Ha tenido siempre una conexión muy profunda de la fe. “Soy católico, apostólico, romano y praacticante. Fui ministro de la Iglesia de Lourdes con el padre Pedro, ministro de la Palabra y de la Eucaristía y trabajé mucho en geriátricos y en el Hogar de Jesús”.
Es de las personas que saben poner la fe en acto. Lo señala cuando promedia la charla y vuelve sobre la memoria de sus seres queridos: “Honro a mis difuntos cercanos todos los días, visito el Cementerio con frecuencia, y los tengo permanentemente en mis oraciones”.
Con esa conciencia de la fe y del buen obrar, sobre el final, asegura sentirse a gusto con los pilares sobre los cuales ha edificado su vida: “No me arrepiento de nada. Si volviera a nacer, cambiaria muy pocas cosas. Tuve muchas equivocaciones, pero entiendo que, si el ser humano no se equivoca, no aprende. Yo gracias a los errores que cometí, aprendí mucho. Eso es lo que rescato de la vida y el legado que trato de dejar a mis hijos y a mis nietos: que sepan que de los errores hay que sacar la enseñanza”, concluye, tenaz y consecuente a sus valores.