“Crecimos en Paso y San Lorenzo. Mi papá fue herrero y mi mamá, ama de casa y costurera”, menciona, orgulloso de ese origen humilde que le enseñó el valor del trabajo.
Al recrear su infancia destaca: “Antes no había tanta tecnología ni posibilidades, así que en el barrio nuestro entretenimiento era jugar con autitos o cazar mariposas”.
Hizo los primeros años de la primaria en la Escuela N° 10, hasta que lo cambiaron debido a que “en la época del puntero, me obligaban a escribir con la mano derecha, siendo zurdo”.
“Terminé la primaria en la Escuela N° 4”, añade. “Para cuando eso sucedió ya estaba trabajando, ya que nos criamos trabajando”, acota. Y continúa: “Jugando trabajaba en el horno de ladrillos, hacía cajones de gaseosas; con un tío trabajaba en la panadería, recuerdo que entraba a la madrugada, mientras la gente estaba dando serenatas, pero siempre iba contento, había que ayudar a los viejos”.
Su oficio
En la época de oro de la industria textil en Pergamino, forjó el que fue su oficio. “A los 12 años mi tío tenía un taller de costura, me senté en la máquina y no me levanté más. Con mi tío aprendí mi profesión”, resalta.
Sin estudios, el taller fue su escuela. “En la década del 70 era un furor la costura. Estuve con mi tío hasta el año 1972, y entré en Dinardo como cortador; después trabajé en Piccione; y más tarde, ingresé a Wrangler, donde estuve durante doce años”, enumera en un inventario seguramente incompleto de los lugares en los que se desempeñó.
“Cuando me despidieron, me convocaron para trabajar en una fábrica de Junín y comencé a viajar”, señala mencionando varios lugares más y distintas marcas para las cuales trabajó.
“Con el paso del tiempo pude independizarme y trabajar por mi cuenta. Compré mis propias máquinas y la mesa de corte. Crecí muchísimo, sorteando también los vaivenes de la industria textil”, señala.
“Trabajé para Pinnet, una marca importante de la época, y para otras como Bonjour. Siempre me arrepiento de no haber aceptado el ofrecimiento de irme con ellos a Estados Unidos para entrenar al personal. Era un desarraigo inmenso para mí, y me faltó coraje”, señala. Y continúa describiendo otras experiencias: “Estuve de encargado en Provira y actualmente sigo trabajando de manera independiente, ahora solo haciendo moldería”.
El gimnasio, una pasión
En paralelo a su trabajo en la confección, instaló un gimnasio en la casa de sus padres. Lo motivó su deseo de sentirse bien y de inculcar eso a los demás. “Yo era delgado y salía con uno de mis primos que era corpulento, me decía a mi mismo, que algo debía hacer con eso. Y un día caminando por el centro vi una revista en la que aparecían hombres musculosos, comencé a indagar en cómo lograban moldear su cuerpo, y empecé a entrenar en el Club Gimnasia, en una época en la que había muchos prejuicios, a los jugadores de básquet, por ejemplo, no los dejaban hacer pesas porque se entendía que eso los endurecía. Socialmente había también muchos prejuicios”, relata.
Su primer gimnasio se armó con máquinas que su papá lo ayudó a construir. “En esa época yo me iba a Junín a trabajar en la fábrica y cuando volvía me abocaba al gimnasio. Fuera de una institución deportiva, fue el primer gimnasio de musculación que funcionó en Pergamino”.
“Me consolidé con el gimnasio, incorporé más equipos y trabajé fuerte. Fui el que trajo la primera máquina que hubo en Pergamino para hacer pecho”, recuerda, volviendo sobre aquellos comienzos.
El culturismo, su instrumento
“Estudié mucho, me incliné por el culturismo, y comenzó a ir mucha gente a mi gimnasio”, expresa y se emociona. “El primer alumno que tuve fue un muchacho que trabajaba con mi papá en Berini y había estudiado medicina. Después llegaron otros. En un momento, yo venía de la fábrica y la puerta de la casa de mis viejos estaba llena de bicicletas y motos de gente que iba a entrenarse”, cuenta, sin olvidar jamás esos orígenes.
“Me recibí de instructor en culturismo y eso me dio muchas herramientas para cumplir mi propósito, fue mi instrumento para mostrarle a otros que, con una meta clara, se podía entrenar sin poner en riesgo la salud”, resalta.
Así, con esa impronta, preparó a muchos para competencias y hasta logró que uno de ellos fuera campeón argentino. El mismo incursionó en el camino de la competencia. La primera fue en el año 1978: “Con Mario Bustamante nos fuimos a Buenos Aires a competir, fue algo novedoso”, recuerda. “El primer campeonato que gané fue más tarde en 1987 Y luego, volví a competir en 1997”, añade.
“Como yo trabajaba muy fuerte en la confección, en un momento alquilé el gimnasio y entrado el año 2000 lo cerré.
“En épocas en que no era tan habitual como ahora que hubiera gimnasios, por el mío pasaron muchas personas que luego tuvieron sus propios espacios”, comenta. Y menciona a algunos de los que lo han acompañado en el camino. “No puedo dejar de nombrar a Angel Ferreira, Jorge Cabrera, Daniel Croscioni, Luis Genero, Andrés Horak, Gerardo Gori, Flavio Pascual, Andrés Lanselloto y Mauricio Zalazar, por mencionar solo algunos, y seguramente me estaré olvidando de otros que sabrán disculparme”.
Una nueva etapa
Con o sin gimnasio, “Mingo” nunca dejó de entrenar ni de mantener un estricto cuidado físico que nutrió también de una marcada convicción emocional de que el deporte es un aliado de la salud si se ejerce con responsabilidad.
Hace cinco años, reabrió el gimnasio cumpliendo uno de sus sueños: llevarlo a un inmueble que había comprado en el año 1996 cuando trabajaba en la costura y que siempre había fantaseado con que se transformara en lo que hoy es, un espacio al que llegan personas de todas las edades para realizar actividad física y cuidar su bienestar.
“Lo abrí gracias a unos chicos que me dieron una mano y me ayudaron. Funciona en España y Ameghino”, precisa. “Allí estoy con los chicos que me dieron una mano para abrirlo y con mi hijo que estudia el profesorado de Educación Física y será quien seguirá el camino”, destaca, intuyendo que la trascendencia, quizás es eso.
Un hombre de los afectos
Así como ha hecho del cuidado del cuerpo una consigna para la vida, en lo personal ha sido y es una persona que le rinde culto a los afectos y valora la cercanía afectiva.
“Soy papá de tres hijos: Jaqueline, casada con Darío; Anyelén, casada con Juani; y Joel. Además, soy abuelo de Eluney, Samuel e Ian”, menciona. Y continúa: “Tengo a mi mamá, a quien cuidamos con mis hermanos, ellos son personas increíbles de las que estoy orgulloso, siempre fuimos muy unidos. También tengo sobrinos, y amigos entrañables de la vida”.
“El 20 de abril voy a cumplir 70 años y sinceramente no puedo sino sentirme agradecido, porque realmente lo tengo todo. Hago lo que me gusta y estoy rodeado de buena gente, que me quiere bien”, destaca.
“Sigo entrenando, al gimnasio van personas de todas las edades, me gusta entrenar con los chicos jóvenes, y mostrarles a los adultos mayores o a las personas con discapacidad que, con constancia y dedicación todos los obstáculos pueden sortearse. Me encanta trabajar con ellos, a eso dedico mi tiempo. Me gusta brindarme a los demás, mostrarles lo que aprendí y lo que me dio resultado para sentirme bien. Hoy, en tiempos de redes sociales, hay mucho contenido dañino, se ofrecen soluciones mágicas; pero para estar bien, no hay magia, hay dedicación, cuidado, constancia y fundamentalmente, cabeza”.
Admite que, anhela poder volver a competir algún día. Y se define como una persona “perfeccionista” en todo lo que hace.
Una persona agradecida
También se considera un hombre profundamente agradecido. “La vida te enseña a ser buena persona. Las raíces son las que te nutren sobre cómo manejarte. No todo pasa por lo material. He conocido a mucha gente que tenía todo y, sin embargo, no tenía nada. Yo crecí en una familia muy humilde, pero a mis hermanos y a mí, los viejos nos dieron las herramientas y creo, supimos usarlas. De ellos aprendimos que, sin nada, se podía tener todo”, reflexiona sobre el final, cuando la conversación gira en torno a recuerdos, anécdotas y aprendizajes esenciales. “Me llena la gente que me rodea, la gente que me hace sentir querido. Me enorgullece haber sido alguien que, sin estudio, supo ganarse un lugar. Nunca fui mezquino, me hace bien ver bien al prójimo. Pienso en mí, pero me fortalece hacer cosas por los demás”, abunda reconociendo que no tiene grandes ambiciones.
“Disfruto de lo que hago y vivo tranquilo, qué más puedo pedir”, concluye este hombre que ve el futuro con optimismo, sabiendo que nada sucede por arte de magia y que, hasta esa serenidad que lo acompaña para vivir, es el fruto de un hacer sostenido y la convicción coherente, de que el buen destino, solo se alcanza, transitando por la buena senda.