lunes 24 de noviembre de 2025

Rubén Vitale: una vida entre tuercas y el acompañamiento incondicional de la familia

Con 80 años, repasa su biografía. Criado en el campo, forjó su destino sin escatimar horas de trabajo, sin perder nunca la sencillez ni el amor por su familia.

28 de septiembre de 2025 - 07:18

Rubén Héctor Vitale tiene 80 años. Nació en Mariano H. Alfonzo y creció en el campo. “Nací en mi casa, en el campo, no en ninguna clínica”, cuenta en el comienzo del diálogo mantenido con LA OPINIÓN. Su perfil se delinea en la sencillez de una vida austera, pero confortable. Es una persona que siempre hizo del trabajo un puntal y abrazó el esfuerzo como llave para abrir las puertas del porvenir. Hoy disfruta de los frutos de esa siembra y, aunque sigue trabajando en su oficio de mecánico, ya lo hace a otro ritmo y sin urgencias.

“En esa casa del campo estaba el abuelo, las tías que se fueron casando, un tío y mis padres: Aladino Nazareno y Elsa Tordó. Todos se dedicaban a la tarea rural”, relata al hablar de su infancia. También recuerda a su única hermana, que falleció muy tempranamente a sus 6 años, cuando él tenía apenas 9. “Siempre me acuerdo de ella”, confiesa, guardando de aquella niña un recuerdo intacto que aún lo conmueve.

“Fui a la Escuela N° 7 de Mariano H. Alfonzo, un lugar del que conservo hermosos recuerdos. Tuve excelentes maestras y recibí una formación excepcional. Yo vivía a dos leguas de la escuela, así que a diario llegaba en bicicleta o a caballo”, señala, recreando aquel tiempo. “En invierno llegaba con las orejas duras por las heladas que había”, agrega. Era feliz y toda su cotidianeidad habitaba en esas aulas y en lo apacible de la vida en el campo. “No existía otra cosa que lo de alrededor”, afirma. Y añade: “Fui criado bien a campo”.

Cuando tenía 16 años, sus padres se mudaron a Pergamino y vivieron en Pinto y bulevar Colón, a media cuadra del viejo Hospital San José. “Más tarde nos mudamos a Monteagudo y avenida”, recuerda.

Una pasión desde siempre

“Fierrero” desde la cuna, siendo muy joven inició su actividad laboral en talleres mecánicos. “Durante seis meses estuve en la concesionaria Kehoe, que en ese momento era IKA Renault y, debido a que tomaron la concesión de Ford, cambiaron las condiciones del taller y nos invitaron a irnos. Con buena voluntad me fui y entré a trabajar en la Fiat, con Roque Trotta. En ese tiempo me especialicé en el servicio Citroën y más tarde me aboqué al servicio de Fiat. Estuve allí seis años”, precisa y comenta que en los ratos libres que le dejaba su trabajo en relación de dependencia, se dedicaba a la mecánica de manera particular.

“En 1969 me asocié con Grimaldi y abrimos el taller Grimaldi Vitale, que funcionaba en Marcelino Ugarte 1134. Ese fue el primer emprendimiento propio. Estuvimos un montón de años, trabajábamos sin horarios, después la sociedad dejó de funcionar y cada uno tomó su camino. Yo seguí por mi cuenta. Abrí un taller en calle Lorenzo Moreno, un espacio que todavía existe y que hoy está en manos de mecánicos que se formaron conmigo y ahora están trabajando por cuenta de ellos”, continúa.

Trabajar también en Uruguay

Su experiencia de trabajo en Uruguay marcó otra etapa en su vida: “En el año 1994 importábamos motores de Japón y, cuando se cerró la importación en Argentina, comencé a trabajar en Uruguay. Estuve dos años trabajando con otra sociedad, importando y vendiendo motores, cubiertas y otros implementos”.

“Nunca me fui a vivir a Uruguay, viajaba todas las semanas. Hacía muchos kilómetros solo para ir y venir. En paralelo seguía con el taller acá”.

“Estaba en Nueva Palmira, que es el puerto de aguas profundas más cercano a la Argentina por tierra. Para llegar cruzaba por Gualeguaychú. Trabajé allá durante dos años, pero eran muchos kilómetros, había semanas que llegaba a hacer más de cinco mil kilómetros trabajando, y empezó a pesarme. Además, el negocio había dejado de ser rentable para semejante esfuerzo”, indica.

Al regresar siguió trabajando en el taller y con Carlos Sorasio tomó el concesionario Hyundai. “Luego fuimos dejando de lado esa marca y tomamos el servicio Izuzu, junto a mi hijo Alejandro. Pudimos adquirir el local en San Luis y Colombia. Cuando Izuzu se fue del país, nosotros seguimos. Tomamos el servicio oficial Kia, y hoy hacemos mecánica de vehículos modernos. Hoy el taller está a cargo de mi hijo y yo acompaño”.

Su oficio de siempre

Asegura que el oficio que abrazó desde niño, fue su llave. Pero también fue la actividad que lo confrontó con cambios radicales. “Me dio vuelta la historia, porque la mecánica cambió mucho desde que yo empecé”.

“Hoy la juventud se maneja de otra manera y se lleva bien con la tecnología. A mí esa parte me cuesta un poco. A mí, eso no me entra en el diskette”, bromea y acepta que la transformación es parte de la vida y es sano ir pasando esa posta “de generación en generación”.

Lo enorgullece el camino recorrido. Siente que tuvo el privilegio de haberse dedicado a lo que siempre soñó. También lo reconforta el haber podido enseñar ese oficio noble: “Tuve el honor de formar mecánicos que se hicieron en mi taller y hoy están trabajando en lugares importantes. De hecho, mis empleados de antes hoy siguen trabajando en el taller de Lorenzo Moreno”.

“Lamentablemente muchas cosas se han perdido y también se ha perdido la pasión por aprender un oficio. Hoy en día cuesta mucho conseguir personal calificado para la mecánica que es cada vez una actividad más compleja y tecnológica”, resalta.

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Embed - Diario LA OPINION on Instagram: "A sus 80 años, Rubén Héctor Vitale repasa una vida marcada por el trabajo, la pasión por la mecánica y el amor por su familia. Desde sus días en el campo de Mariano H. Alfonzo hasta su taller en Pergamino, Rubén forjó su destino con esfuerzo y humildad. Mecánico desde joven, formó generaciones de aprendices, trabajó en Uruguay y sigue yendo cada día al taller junto a su hijo. Orgulloso de su familia, agradece haber vivido fiel a sus valores y a su oficio: “Yo sigo trabajando porque amo el taller”. Una historia de vida simple, trabajadora y profundamente inspiradora. Lee la nota completa en www.laopinionline.ar #HistoriasDeVida #Pergamino #Fierrero #Mecánica #TrabajoYPasión"

Su incursión en las carreras

De la mano de su pasión por los fierros, incursionó como corredor en competencias de autos antiguos. “Eso fue en mi juventud”, aclara. “Corrí en un Chevrolet 27, se hizo una categoría organizada por Muises. Corrí durante dos o tres años cuando tenía 21 o 22 años. Después Grimaldi con Carozo hicieron un Turismo Carretera. Yo les di una mano armando el auto. Era un Dodge”.

“Pero nunca corrí, solo probé el auto, lo saqué a la ruta y lo llevé a 250 kilómetros y dije: ‘Esto no es para mí’, porque me tocó frenar detrás de un camión y no frenaba”, relata. Reconoce que, aunque le gustaba mucho el mundo del automovilismo, lo desalentaron “algunas trampas”.

“En una oportunidad, me tocó hacer una inspección de terminación de carrera en 9 de Julio y descubrí que varios autos de importantes equipos estaban ‘perneados’; descalifiqué a cinco autos y me querían matar. Pero actué con justicia porque para los pobres tipos que corrían de atrás e iban como perritos corriendo detrás de una liebre, eso era injusto. Así que me retiré y nunca más fui a una carrera”.

Su presente

Aunque hoy vive a otro ritmo, Rubén sigue trabajando y siendo “un mecánico de ley”. Le gusta ir a diario al taller. “Yo sigo trabajando, porque lamentablemente en este país, las condiciones siempre están cambiando. Hoy la carga impositiva es enorme y uno no puede dejar de trabajar. Es cierto que lo hago a otro ritmo, pero mientras pueda seguir en actividad, lo voy a hacer. Amo el taller”.

Al hacer el recorrido por su camino profesional, siente que siempre se dedicó a eso que amó. “Yo siempre fui fierrero, yo tenía 8 años y andaba metido adentro de las tuercas. A los 9 años manejaba los tractores y en las cosechadoras antiguas que ya no existen. Sabía que iba a dedicarme a la mecánica y la vida me llevó por ahí”, afirma.

Su familia

Reserva el final de la charla para hablar de su familia. Esa ha sido y es su principal construcción. Ha encontrado en ese núcleo afectivo un pilar incondicional. “Pude trabajar como trabajé porque tuve ahí a mi esposa, sosteniendo todo lo demás, la casa y el cuidado de los chicos”, afirma.

Ruben se casó con Graciela, a quien conoció en la Plaza 9 de Julio. “Yo estaba con un empleado, y ella pasó caminando con la hermana de ese chico. La vi y le dije: ‘Quiero conocer a esa flaca’. Nos presentamos en su casa, así nos conocimos y jamás nos separamos desde entonces. Ella tenía 17 años y yo 23 cuando empezamos a noviar”, cuenta.

Se casaron en 1977, luego de 9 años de novios. Tienen dos hijos: Alejandro (46), que es mecánico y está en pareja con Adriana, que es mamá de Luca (19) y Lara(16). Y Marianela (42), que es diseñadora de Indumentaria y máster en Alta Costura, está casada con Matías Giaccone, y tienen a Lola (19), Amy (17) y Carmela (10).

“Tengo una hermosa familia, mis hijos son muy buenos, lo mismo que las nietas. Somos unidos y nos acompañamos mucho”, resalta, agradecido este hombre que sabe que en la familia y en las relaciones de amistad que ha construido está ese reaseguro de “buen amor” que nutre la vida.

Se lleva bien con el paso del tiempo. Acepta que hay una buena parte del camino recorrido, y siente que la vida lo ha tratado bien. Hace un buen balance. En su tiempo libre disfruta de su casa. Desde hace 46 años viven en la zona del barrio de Viajantes. Su patio y el galpón son refugios para el hacer y para el disfrute. Ama viajar y ha tenido la posibilidad de hacerlo. Como le gusta mucho manejar, jamás lo desalientan los itinerarios que suponen transitar muchos kilómetros.

No tiene más asignaturas pendientes que las de haber podido dedicarse a restaurar autos antiguos. “Llegué a tener 150 autos, pero no pude restaurarlos, la prioridad siempre fue trabajar y hacerme de un capital para que pudieran estudiar mis hijos y sostener la casa. Hoy me quedé con siete u ocho autos antiguos, y ahora que podría restaurarlos, ya no me interesa hacerlo. “Hoy solo quiero trabajar, y después venirme a casa a descansar, asistir a las peñas que tengo y compartir tiempo con amigos que son también amigos de mi familia”.

“No ambiciono nada que no haya podido hacer. Trabajo, descanso, charlo con mi esposa, con mis hijos y las nietas. Me entretengo en el galpón. Disfruto de esta casa que construimos a pulmón”, expresa este hombre al que le gusta vivir tranquilamente. “No me gustan los conflictos, odio discutir porque entiendo que al final de cualquier discusión las dos personas tienen una cuota de razón”, señala, en una apreciación que lo define. “Tuve y tengo una buena vida. No me puedo quejar, agradecer y disfrutar porque a mis 80 años no sé si me quedan dos minutos de vida o veinte años como mi viejo que vivió hasta casi los 100”, concluye con la serenidad que da el hecho de haber vivido fiel a sus valores, sin jamás traicionarlos.

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