Recrea que la vida rural es “contraria a todo lo que se vive en la ciudad”. Destaca la tranquilidad y el tiempo lento. “En el campo no existía cerrar las puertas con llave, acá hay que tener la llave encima por miedo a que a uno le roben. En el campo tampoco hay urgencias, la gente se conoce y tiene tiempo para compartir”, describe.
Comenta que fue a la escuela “El Querandí”, un establecimiento rural de maestra única, que quedaba a un par de kilómetros de su casa. “Era relativamente cerca, para las distancias que se manejan en la zona rural, así que llegábamos en zullky, a caballo, o como podíamos”, acota reconociendo que le gustaba lo que aprendía en la escuela.
Allí no solo se nutrió de conocimientos básicos, sino que estableció lazos de amistad que valora. Al terminar la primaria se abocó de lleno al trabajo rural y ese fue su oficio incluso hasta tiempo después de mudarse a Pergamino. “Mi casa sigue estando en el campo. De hecho, mis padres siguieron viviendo allí hasta que mi madre se enfermó de Mal de Parkinson y se mudaron al pueblo”, acota.
La llegada a la ciudad
“Estuve en el campo hasta los 36 años que me casé y me vine a vivir a Pergamino”, refiere en la continuidad de una charla que fluye distendida en la intimidad del comedor de su casa emplazada en el barrio Centenario, en cercanías del Hospital San José. “Cuando nos casamos- su esposa es María Elena Pujol, enfermera especializada, jubilada del Servicio de Neonatología del Hospital-vivíamos en el barrio Acevedo, en Ameghino y Diego de la Fuente, pero quedaba muy a trasmano del trabajo de mi mujer. Con el paso del tiempo surgió la posibilidad de comprar esta casa y nos mudamos acá, cerquita del nosocomio”, relata.
Comenta que conoció a su esposa en Specktra. “Aunque yo vivía en el campo, mi contacto con Pergamino era frecuente, para salir venía acá”, explica y recrea con anécdotas esa época gloriosa de la histórica confitería bailable que convocaba a personas de toda la región.
“Con María Elena nos pusimos de novios, y en 1984 nos casamos y ya me quedé acá”, resalta “Tono”, y cuenta que tienen una hija María Rita que es licenciada en Antropología y se dedica a la docencia en distintos establecimientos educativos. “Ella tiene 41 años, es soltera y vive con nosotros y como trabaja en distintos lugares, yo la llevo y la traigo, me encanta hacer de remis para ella”.
El trabajo y la jubilación
Cuando recién se estableció en Pergamino, seguía trabajando en el campo. “Al principio viajaba, pero después se alquiló lo que implicó otra dinámica de la actividad, y yo ingresé a trabajar en Inpla, la fábrica de bolsas, donde realizaba tareas de mantenimiento en general. Estuve hasta la pandemia en que me jubilé en época de pandemia”.
“Yo tenía horario fijo y estaba cómodo y a gusto con mi trabajo, pero también sabía que cuando llegara el momento, iba a jubilarme. Y eso fue lo que sucedió. Dejé de ir al trabajo cuando irrumpió la pandemia y con la jubilación, inicié una nueva etapa, sin la actividad laboral formal, aunque sigo haciendo tareas de mantenimiento de manera particular”.
“Acá en la cuadra los vecinos me llaman para todo. Sería una especie de ‘arregla tuti’ y me gusta porque me mantiene en actividad”, precisa y refiere que su esposa también ya está jubilada. “Tenemos una vida tranquila. Pudimos viajar los tres a Europa y me gustaría regresar a Italia, a la tierra de mis abuelos”, confiesa.
Una pasión
Salir a correr es para Antonio una necesidad y una pasión a la que desde el primer día le puso propósito. “Me motivó el querer envejecer sanamente”, recalca. “Estaba en la sala de espera de un consultorio médico y veía que a cierta edad la gente no caminaba, o iban lentos, y solo hablaban de enfermedades. Me dije: ‘yo no quiero eso para mí’ y de manera muy intuitiva supe que tenía que hacer algo para que no me pasara. Probé con salir a correr y fue un cambio de vida total”.
Comenzó a correr regularmente y a competir a los 60 años. Primero solo y luego integrado a algunos grupos que practican atletismo en la ciudad. “Tuve gente que me orientó mucho. Cuando empecé salía a correr con Marcelo Mileta, que ya no corre. Y me entrené y asesoré con Luis Galizia, Hernán García y ahora me entrena Elba Labbate”, describe, refiriendo que su escenario para el entrenamiento siempre fue el terraplén del Arroyo Pergamino, “su lugar favorito”.
“Creo que elegí correr porque era algo que dependía solo de mi decisión y de mi constancia. Salí y cuando descubrí esa actividad, fue algo adictivo, jamás pude dejar”, destaca.
La última carrera fue en Peyrano, donde ganó en su categoría. Exhibe con orgullo su medalla y cuenta que tiene enfrente de su casa un quincho donde atesora sus trofeos. “La satisfacción es personal, es muy gratificante”, agrega este deportista que, por una cuestión formal de categorías, habitualmente compite en desventaja con gente más joven. “Igualmente, eso no me importa, pero cuando puedo insisto en que en las competencias se agregue una categoría más”.
Sus circuitos de competencia son en la región e incluso ha ampliado la geografía. “Tuve la fortuna de hacer un maratón, el de la Ciudad de Buenos Aires, y fue una experiencia formidable e inolvidable. Lo mejor que me pasó en el atletismo fueron esos 42 kilómetros. También corrí en Rosario muchas veces”.
La dinámica de su entrenamiento
Con el asesoramiento de Elba Labbate, tiene una rutina de entrenamiento ordenada y metódica. “Hago todo lo que me dice. Siempre corro de tarde, día por medio. A veces me acompaña alguno, pero realmente me encuentro con un problema, los corredores más jóvenes son mucho más rápidos que yo, y los grandes, más lentos que yo, así que me cuesta un poco encontrar quién corra a mi ritmo, por esa razón muchas veces entreno en soledad”.
Acompaña esa dinámica con una alimentación saludable y una vida ordenada. Su próximo desafío es la carrera nocturna que el 14 de marzo realizará en Pergamino la Fundación Leandra Barros. “Ahora la cabeza está en eso”, afirma, confesando que la principal satisfacción fue haber podido llegar a correr un maratón. “La sensación que se siente es indescriptible, solo el que lo hace, lo sabe”.
“Cuando llegas, crees que sos Dios y te sentís en la cima del mundo. Correr enseña mucho a conocerse a uno mismo, te confronta no solo con tu rendimiento físico, sino con tu preparación mental y emocional”, reflexiona.
Reconoce que halló en el atletismo una pasión y una vocación a la que nutrió no solo de constancia, sino de aprendizaje. “Me gusta asesorarme, leo mucho y escucho a los que saben. Yo nunca había practicado deporte porque no había sido bueno para el fútbol, pero el deporte siempre había estado cerca por mi hermano y mi sobrino. Salir a correr, me hizo protagonista de una actividad deportiva que desde el primer día abracé con pasión”, expresa conmovido por el camino transitado y agradecido a todos los que le han ayudado a crecer deportiva y personalmente en esta actividad. “Poner nombres propios es antipático, pero no puedo dejar de nombrar a quienes me entrenaron, a quienes han compartido carreras conmigo, a mi familia que me ha acompañado y acompaña incondicionalmente, a los amigos, y a mi médica cardióloga Anabela Seta, a quien le cuento mis sueños y se ocupa de que pueda cumplirlos. Ella fue un poco artífice de esta nota. La última vez que la vi le confesé que cuando una idea negativa se cruza por mi cabeza, enseguida intento reemplazarla por algo bueno que quiero que me pase. Le dije que había hecho el ejercicio de imaginar que alguna vez me iban a hacer un reconocimiento como deportista, y fíjate, acá está esta entrevista que me permite contar mi historia y que, espero, será inspiradora para otros”.
Un balance positivo
Aunque lamenta no haber empezado a correr antes, sabe que nunca es tarde. La mayor enseñanza que le dejó el deporte es esa. Atreverse a ir por sus sueños. Sin miedo a envejecer, siempre que sea sanamente, siente aversión “no a ser viejo, sino a pensar como viejo” y el antídoto para eso es el deporte que lo conecta con el bienestar.
Sobre el final, cuando la charla lo convoca al balance, es honesto: “Creo que es bueno. Obviamente que el tren en la vida a veces pasa, y no te subís. Pero otras te animás y vas. Si me comparo con lo que podría haber sido, capaz me faltaron cosas por hacer. Pero si la comparación la hago con la mayoría, tal vez estoy mejor. Cada cosa que hice fue mi elección”.
Celebrar la vida
Con esa filosofía, a su edad, y en el umbral de un próximo cumpleaños, celebra la vida y solo anhela “prolongar en el tiempo este presente”.
En pocos días más, minutos antes del 11 de marzo, repetirá el ritual que realiza desde que cumplió sus 70 años: a las doce menos cuarto saldrá de su casa corriendo hasta el terraplén, y al regresar ya estará cumpliendo años, esa jornada en la que simplemente celebra la vida y lo mucho que le ha dado.