Carlos reconoce que nunca le gustó estudiar. “Fui a la Escuela N° 4 que era la del barrio. Y después intenté unos meses en el Colegio Nacional, pero no era lo mío, dejé y no me arrepiento de esa decisión, porque no me gustaba leer, de hecho, hasta hoy apenas si leo los titulares de los diarios”, admite.
Algo que le apasionaba era el fútbol y de hecho jugó como mediocampista en varios clubes de la liga local. “Jugué en Douglas, también en Tráficos, Provincial y Racing. Me retiré de las canchas a los 27 años y el deporte me dio muchas satisfacciones y me regaló buenos amigos”.
Su camino laboral
Cuando dejó de estudiar comenzó su historia laboral. “Primero trabajé con mi papá y a los 17 años entré al taller de los chicos de Bichara, que se dedicaban a fabricar bolsos y valijas”, cuenta y recrea el aprendizaje de ese oficio en la fábrica que funcionaba en calle Pico, al lado del Club San Telmo. “Allí estuve muchos años, hasta los 27 años, que me independicé y comencé a fabricar bolsos ya no en relación de dependencia”.
Su emprendimiento comercial tuvo sus momentos buenos y malos. “Me fundí varias veces”, reconoce y menciona dos épocas sumamente complicadas para la producción: la hiperinflación durante el gobierno de Raúl Alfonsín y el cambio en las condiciones económicas y productivas durante la gestión de Carlos Menem. “En esa época yo vendía en el norte y con lo que costaban mis bolsos, cualquiera compraba dos que venían de afuera”.
Alentado siempre por su vocación de trabajo, dejó la fabricación de bolsos y comenzó a trabajar en costura para terceros. “Confeccionaba para varias marcas importantes de Buenos Aires, tenía el taller y me iba muy bien, hasta que nuevamente cambiaron las condiciones del país y se produjo la caída de la industria textil que tuvo un fuerte impacto sobre las empresas del rubro y dejó de haber trabajo”.
“Siempre me gustó la costura, fue una pasión, y conseguí reinventarme. Mi último empleo antes de jubilarme en 2018 fue en una fábrica de cintos”, agrega.
La política desde el llano
Tanto su papá como su hermano abrazaron la actividad política con mucha vocación y dedicación. Sin embargo, Carlos siempre se mantuvo alejado de la actividad pública. “Ese nunca fue mi camino”, remarca. Y abunda: “Mi papá fue concejal en 1963, durante la presidencia de Arturo Illia y la intendencia de Ernesto Illia. Pero en esa época en casa no se hablaba demasiado de política. No recuerdo haber ido a un comité con él”.
“Mi hermano Luis, en cambio, sí se dedicó activamente a la actividad política y asumió esa responsabilidad”, menciona.
“Yo siempre me mantuve alejado, hasta que en una oportunidad Eduardo Ferreiro me convocó para darle una mano a Cachi Gutiérrez que es un gran amigo. No era mi camino, pero lo hice por la amistad. En realidad, participé militando de tres internas y en el barrio las gané todas, pero no sé si fue mérito mío. Caminar de la mano de lo que había hecho mi padre y mi hermano me facilitaba las cosas, además a mí me conocían mucho”.
“Ser Sued alcanzaba. Yo caminaba solo en una tarea absolutamente militante, nunca tuve un cargo político ni aspiré a tenerlo”, resalta.
Su tarea en el Club
En su condición de presidente del Club Defensores de Belgrano es la persona que a diario está predispuesta a realizar en ese lugar todo tipo de tareas. “Estuve en el Club desde siempre, es parte de mi vida y presido la comisión desde 2018. Me gusta mucho lo que hago, esta entidad es un emblema del barrio Acevedo y cumple una función importante”, señala, manifestando su gratitud a todas las personas que año a año acompañan a la institución y están presentes con la compra de rifas, adhesiones y todo tipo de colaboración que piden para sostener distintas actividades.
“Acá se juega a las bochas, la gente viene a tomar una copa y a jugar a las cartas. También se dictan clases de Zumba y de Folklore y el salón se alquila para eventos, además de facilitarse para peñas folklóricas y festivales a beneficio”, agrega resaltando la vocación de la entidad de abrir sus puertas y ser sensible a las necesidades de la gente. “El club está a disposición de colaborar con la gente, cuando se hace una peña o un festival, los artistas vienen, y colaboran mucho”.
Reconoce que se siente a gusto con su tarea y afirma que le dedica buena parte de las horas del día. “Vengo a diario, abro, lavo manteles, cortinas, me ocupo de que todo esté bien mantenido, hablo con la gente, escucho. El único día que no vengo es el domingo a la tarde”, precisa.
“Yo pasé toda la vida en los clubes. Venía acá, también a Tráficos y a Federal. Hoy, lamentablemente no quedan tantos espacios a los que las personas grandes puedan ir. No hay bufet para gente grande. Acá todos los que vienen son grandes, la gente necesita ir a algún lado a charlar, a compartir, vienen y salen como nuevos”, describe.
La vida familiar
Desde hace 46 años Carlos está casado con Graciela Pinese, a quien conoció en un baile de carnaval del Club Illia. “Estuvimos unos años de novios, yo estaba en el servicio militar que me tocó hacer en Junín, y nos casamos tres años después, en 1980”
Tuvieron dos hijas: María Alejandra (43) que está en pareja con Maximiliano Farina, viven en el barrio Acevedo y tienen a Francesco (13) y Guadalupe (6). Y Analía Verónica (41), casada con Pablo Córdoba, viven en Villa Constitución y tienen a Aron (4).
“Son hermosas mis hijas y representan todo para mí”, afirma con la emoción que generan los amores más genuinos. Lo mismo le pasa con sus nietos. “Son la vida, te hacen lo que quieren y uno los ama con el corazón”.
“Tengo una linda familia. Fue fácil criar a mis hijas. Mi esposa ha estado siempre para nosotros. Ella era peluquera, tenía la peluquería en casa, y en su tiempo libre, me ayudaba en el taller a cortar hilos o a hacer cualquier cosa”, recuerda rescatando el valor que el compañerismo y el respeto tienen en la permanencia de los vínculos a lo largo del tiempo.
En el ADN
Aunque desde que se casó ya no vive en el barrio Acevedo, conserva un amor entrañable por esa geografía que siente propia. “Vivimos en calle Pinto a pocas cuadras de Colón, pero yo vengo al Club a diario y el barrio sigue siendo parte de mí. Acá conozco a todo el mundo y todo el mundo me conoce. Mi ADN sigue estando en el barrio Acevedo”, afirma en una apreciación que habla de su identidad y del fuerte apego a su historia.
El buen ejemplo
“Realmente no puedo quejarme, hemos vivido austeramente, pero no nos ha faltado nada. Nunca ambicionamos cosas imposibles”, reflexiona. Y hacia atrás en el aprendizaje de esos buenos códigos para vivir, Carlos encuentra el ejemplo de sus padres y de su hermano.
“Mi papá murió tempranamente a los 67 años y mi mamá vivió hasta los 90. Luis se fue muy pronto, a los 57, un 25 de junio. Fue una pérdida tremenda, muy triste. De él me quedaron dos sobrinos Sebastián y Yanina a los que quiero mucho”.
Sin querer, el recuerdo de la pérdida de sus seres amados, lo hace reflexionar sobre su propia vida. “Me siento satisfecho. No le tengo miedo a envejecer ni a morir. He tenido y tengo una linda vida. No hablo de lo económico, con mi esposa somos jubilados, tenemos nuestra casa y ni siquiera tenemos un auto. Pero estamos bien, nuestras hijas están bien y nuestros nietos. Tuve un oficio que me gustó, que aprendí y fui responsable, meticuloso para le hacer, porque soy un convencido de que cualquier cosa que haya que hacer, hay que hacerla de la mejor manera posible”, concluye y es la gratitud lo que irrumpe en el corolario de una conversación honesta en cuyo devenir aparece la importancia de vivir en coherencia con las convicciones más profundas, sin traicionarlas.