lunes 25 de agosto de 2025

Raúl Tesone: un fabricante de alpargatas y vendedor de alma

Su condición de “zapatero” y su amor por “vender”, le permitieron armar un emprendimiento que mantiene desde hace más de 40 años: la fábrica de alpargatas “Perlita”. En el barrio Acevedo, el lugar recrea el testimonio de vida de un hombre que hizo del esfuerzo la consigna y de su oficio una bandera para crecer.

13 de julio de 2025 - 07:18

A menudo, las historias de vida se tejen a través del lazo intangible que ofrecen los valores transmitidos de generación en generación y esculpen destinos. En el caso de Raúl Tesone, fabricante de alpargatas y comerciante de alma, esa raíz parece haber sido tomada de su bisabuelo Antonio, un italiano que llegó a la Argentina escapando del castigo que hubieran propinado los padres de la joven que había dejado embarazada en su tierra, y a la que regresó a buscar cuando aquí, en esta tierra, consiguió establecerse y forjar su porvenir. “El gen del amor por la venta lo tomé de mi bisabuelo, seguro”, señala y, con lágrimas en los ojos, rescata aquella historia de inmigración constituyente de su propia identidad.

“Mi bisabuelo se vino de Italia a los 18 años, conozco esta historia por mi abuelo y mis tíos que me la contaron infinitas veces”, refiere. Y continúa: “Había dejado embarazada a una chica de 14 años, en una época en que hubiera podido morir a causa de ello. Los ‘Tesone’ le dieron plata para que se fuera y el lugar más lejano que encontró fue Argentina. Esa fue su historia de inmigración. Acá se quedó y fue un gran comerciante. Se pudo comprar un carro y dos caballos en 1893, y comenzó a viajar a Once, que ya existía, para comprar productos que luego vendía. Compraba vestidos de mujer que eran un trapo que se ataba en la cintura, boinas, bombachas de campo, camisas de trabajo y alpargatas para los hombres. Empezaba en Ramallo y terminaba en Pergamino. Cambiaba su mercadería por cuero y comenzó a reunir su propio dinero”.

“Cuando cuento esta historia me emociono mucho porque pienso en el sacrificio que debe haber hecho ese hombre, en aquel tiempo en que las distancias eran enormes. Dormía abajo del carro y se calentaba con bosta de caballo y fuego. Durante cuatro meses hizo ese recorrido incansable. Demoraba cuatro días en llegar a Buenos Aires con su carro lleno de cuero. Mientras tanto intercambiaba cartas con su joven amada, la correspondencia tardaba tres meses en llegar. Cuando reunió el dinero suficiente, regreso a Italia a buscarla. Para entonces, él tenía 22 años y ella 18 y ya podía decidir sin la intervención de los padres. Ya había nacido el hijo al que habían llamado Vicente. Un inglés que tenía amplias superficies de campo entre Ramallo y Pergamino lo persuadió de que se quedara, incluso le ofreció las escrituras de varios de esos campos a cambio de los diez mil pesos argentinos que mi bisabuelo había juntado- eso era mucho dinero para sueldos que oscilaban entre los quince y los veinte centavos mensuales- pero él se mantuvo firme en su convicción. Volvió a Italia, viajó por Europa durante dos años y regresó con su esposa, su hijo y otro más que venía en camino, Felipe, mi abuelo, que ya nació en Argentina”.

Este relato que habla de sus orígenes, de los valores de sus antepasados, y que sigue conmoviéndolo como el primer día que lo escuchó tiene mucho que ver con su historia. Y Raúl lo sabe y lo siente. Cuando deja atrás la referencia a esa historia familiar, se dispone a hablar de sí mismo en un círculo que de alguna manera retroalimentó esa convicción de forjar un destino trabajando a destajo.

En el presente Raúl tiene 70 años y desde que tiene uso de razón trabaja. Nació en Ayerza, en el campo y vivió allí hasta sus 5 años. “Mi familia estaba integrada por mi papá Héctor, mi mamá Nilda Libertad y mi hermana Nilda”, refiere. “Mi abuelo paterno tenían un monte frutal, era conocido el Monte Tesone y allí estábamos. Cada año, le daba a cada uno de sus ocho hijos el monte para que lo trabajaran”.

“Después mis padres se mudaron a Pergamino, a esta casa, en la que vivo desde hace 65 años”, agrega. “Mi viejo era un hombre de trabajo, no era comerciante como mi bisabuelo y mi abuelo, aunque en una época tuvo un bazar y no le fue bien, porque era más lo que regalaba que lo que vendía. Lo suyo era el trabajo físico, trabajó con los ladrillos en el horno, en el campo con los fardos de pasto, tenía fuerza y eso le servía para ganarse el pan en distintas tareas”, abunda.

Respecto de su mamá, comenta que siempre trabajó en la costura: “Hacía cuellos de camisa y cocía en casa en una muy buena época de la industria textil de Pergamino”.

Al recordar su infancia, cuenta que fue a la Escuela N° 10. “Las calles del barrio, incluso el bulevar Ameghino era de tierra. Mis amigos eran mis compañeros de colegio, que además en su mayoría eran mis vecinos”.

Trabajar desde muy chico

“Solo hice la primaria y después mi historia fue trabajar”, aclara. Y prosigue: “Incluso mientras iba a la escuela, cuando tenía 9 años embolsaba carbón y me dediqué a eso hasta los 15 años”. “Luego comencé a trabajar en el calzado, actividad que realizo hasta hoy. Soy fabricante de alpargatas y pantuflas”, menciona, refiriendo que además vende telas, blanquería y ropa de trabajo.

Descubrió el oficio siendo empleado en una fábrica que se dedicaba a la fabricación de calzado. “A los 20 tuve mi propia fábrica y a los 22 años me fundí”, reconoce. Y recrea el largo periplo de su vida de trabajo, intentos, aciertos y sinsabores. Nunca nada lo desalentó. Siempre supo reinventarse.

Ser colectivero

Tras el traspié con su primera fábrica, se incorporó a trabajar como chofer en la línea de colectivos “azules”. “Durante 8 años estuve en el colectivo, en paralelo seguía con mi oficio de zapatero porque terminaba de trabajar a las 13 horas y el resto del tiempo o le vendía calzado para la fábrica o trabajaba en la producción”.

La fábrica propia

La fábrica funciona en su casa. “La hice de la nada, acá había gallinero, una planta de nuez y tantas otras que saqué para armar mi espacio de trabajo”, relata. Cuando decidió volver a armar su propio emprendimiento, no escatimó esfuerzos. El relato reconstruye un aspecto medular de su historia: la búsqueda de superar siempre cualquier dificultad a través del trabajo.

“A los 30 empecé de nuevo, pero no tenía nada, ni máquinas, ni tijeras ni martillo. Entonces, me iba al basural y juntaba zapatos que la gente descartaba, los reacondicionaba y los vendía a un precio muy económico”, relata, conmovido. “Fue muy duro”, recuerda.

“No me salía dinero hacerme de esas zapatillas que encontraba en el basural, y como sabía el oficio, las ‘recauchutaba’ y las vendía muy baratas”, señala. Y recuerda: “Al año y medio de ir al basural, me compré una tijera, un martillo y a mano comencé a fabricar alpargatas por mi cuenta”. “Después fabriqué otro tipo de calzado, pero siempre el fuerte fueron las alpargatas que son un clásico”, sostiene, este hombre que aprendiendo su oficio “con el hacer”.

“Tardé tres o cuatro años en volver a armar la fábrica. Hoy sigo fabricando alpargatas y pantuflas y vendo en varias ciudades de la región. Siempre viajé yo vendiendo, es decir que era fabricante y vendedor de mis propios productos. Hoy viajo un poco menos, pero cuando me hacen un encargue, viajo a llevar la mercadería”, señala, refiriendo que hoy su empresa es familiar. “Mi hijo Pablo está al frente y yo sigo trabajando a la par de él”.

Su familia y los afectos

Así como él tomó de los suyos su apego al trabajo, inculcó el mismo respeto por el esfuerzo a sus hijos. Fruto de su primer matrimonio con Dora, tuvo tres hijos: Daniel, Pablo- en pareja con Valeria- y Alejandra. Y en su segundo matrimonio, con Alejandra, nacieron Rocío y Ruth. Asegura que las vicisitudes de la vida nunca le hicieron perder de vista que la causa más importante por la cual luchar es el bienestar de cada uno de ellos. “Los ensambles familiares nunca son fáciles cuando hay separaciones, pero siempre intenté que mis hijos fueran verdaderos hermanos y me alegra mucho cuando los veo sentados a la mesa para celebrar algo, por ejemplo, el Día del Padre”.

Cuenta que es abuelo de siete nietos: Ignacio, Morena Lucas, Román, Camila, Luciana y Obdulia. Separado hace tiempo, resalta que su núcleo afectivo se completa con la cercanía de amigos incondicionales, entre los cuales menciona a Gustavo, con quien comparte su pasión por el ping pong.

“Siempre me gustó, pero la miseria no me permitía tener uno, ahora tengo una mesa de ping pong profesional en casa y jugamos, amateur”, refiere este hombre de rutinas sencillas que sigue levantándose a las 6.30 de la mañana para abrir el galpón y esperar a su hijo para abrir las puertas de la fábrica. “Cuando él llega me voy a caminar, todos los días hago 53 cuadras. Llego hasta la Plaza de Ejercicios y pego la vuelta”.

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Embed - Diario LA OPINION on Instagram: " Raúl Tesone, el alma detrás de la fábrica de alpargatas “Perlita” Desde hace más de 40 años, Raúl trabaja con pasión y esfuerzo en su emprendimiento familiar en barrio Acevedo. Zapatero, vendedor nato y ejemplo de perseverancia, transformó su historia —marcada por sacrificios, raíces inmigrantes y amor por el oficio— en una fábrica que es parte del alma productiva de Pergamino. Comenzó desde cero, incluso reacondicionando calzado del basural, y hoy, a sus 70 años, sigue abriendo su taller cada mañana con su hijo. De fabricar alpargatas en su casa, pasó a vender en toda la región, sumando textiles y ropa de trabajo. Padre, abuelo y trabajador incansable, vive agradecido por el camino recorrido. “De la vida no te llevás nada material. Lo que queda es el esfuerzo y los afectos”. Un testimonio de vida que inspira. Lee la nota completa en www.laopinionline.ar #HistoriasQueInspiran #Pergamino #RaúlTesone #FábricaPerlita #Alpargatas #TrabajoYPasión #RaícesQueGuían #EmprendedoresLocales"

Un apasionado de su tarea

Ama su oficio y se muestra agradecido a la vida por lo que le ha permitido construir. Quizás por esa pasión que le pone a lo que hace es que no se imagina sin actividad. “Aunque está mi hijo en la fábrica, yo aspiro a seguir trabajando hasta el día del juicio final”, admite, anhelando que en el futuro no se pierda la huella que marcó su fábrica, llamada “Perlita”.

“Le debo este nombre al hecho de que cuando empecé, los demás fabricantes no me dejaban hacer alpargatas de adultos, así que yo fabricaba solo de niños y les poníamos un aplique que tenía una perlita. Así surgió el nombre que no cambió nunca”, destaca las épocas en las que viajaba hasta tres veces por semana en tren hasta Buenos Aires para comprar telas e insumos para fabricar sus alpargatas infantiles.

Fue fabricante y vendedor de su propia producción y eso lo honra. Lo sigue siendo. “He viajado mucho, siempre trabajando, nunca me fui de vacaciones. Me he ido al mar, pero llevando alpargatas y sábanas para vender”, comenta. Y aclara: “Hoy no solo vendemos alpargatas, sino todo lo que la gente nos pide, eso incluye telas, sábanas, toallas, repasadores, medias, ropa de trabajo”.

“Soy un vendedor de alma y con el paso del tiempo hemos ido agregando distintos productos. Lo que llevo, lo vendo”, comenta y al decirlo cualquiera que lo escucha evoca esa imagen del bisabuelo. Esa es su raíz, abrirse camino sin tener más pretensión que ganar el pan con el sudor de la frente.

“De la vida no te llevas nada de lo material. Estoy agradecido”, reflexiona y al mirar hacia atrás, ve el camino recorrido. “Lo que veo es sacrificio y también recompensa”, afirma. Y sin ambiciones desmedidas, solo anhela el bienestar de los suyos y un futuro que lo encuentre compartiendo su tiempo entre Pergamino, una ciudad en la que ama vivir, y el mar, donde le gustaría pasar algunos meses para seguir honrando esa condición de ser una persona que llega a un lugar sin nada y termina “vendiendo algo”.

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