Laura Saccomanno: del dolor más profundo, al acto de amor más reparador, una historia de resiliencia
En 1993, perdió a sus dos hijos pequeños en un accidente de tránsito. Junto a su esposo, decidió adoptar a cuatro hermanos. Esos niños, que hoy son hombres y mujeres, la ayudaron a reconstruir sentido.
11 de enero de 2026 - 07:18
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Laura Saccomanno, en la intimidad de su hogar, recibió a LA OPINION.
LA OPINION
A menudo se habla de la resiliencia, pero pocas veces una historia de vida la expresa tan claramente como cuando uno escucha hablar a Laura Saccomanno de Ceccarelli. En septiembre de 1993 perdió en un accidente de tránsito a sus dos hijos pequeños, los únicos que tenía, y tras experimentar que su vida se vaciaba de sentido, tomó, junto a su esposo, la decisión de adoptar. Esa determinación no solo los nutrió a ellos de propósito y los ayudó a transitar el duelo, sino que cambió la historia de cuatro niños para siempre.
Pasaron muchos años desde entonces, pero a pesar de ello, trazar su Perfil Pergaminense, es regresar un poco sobre esa historia que se inscribió en su biografía personal, para dejar huella y enseñanza.
Laura tenía una vida parecida a la de cualquier mujer hasta ese septiembre trágico. Había nacido en Rojas, en el seno de una familia conformada por su mamá, Julia Bethular, y su papá, Silvio Carmelo Saccomanno. No tuvo hermanos. “Cuando tenía quince días a mi papá lo trasladaron a la sucursal Pergamino del Banco Provincia, así que en ese momento nos mudamos a esta ciudad”.
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11-01-2026 09:42
Embed - Diario LA OPINION on Instagram: "En 1993, Laura Saccomanno de Ceccarelli atravesó una de las pérdidas más duras: un accidente de tránsito le arrebató a sus dos hijos pequeños. En medio del dolor, junto a su esposo tomó una decisión que cambiaría su historia y la de otros para siempre: adoptar a cuatro hermanos para que no fueran separados. Esos niños se convirtieron en el motor para seguir adelante, en un nuevo sentido para la vida y en una forma profunda de sanar el duelo. Hoy son hombres y mujeres, algunos ya padres, y Laura disfruta su presente rodeada de hijos y nietos. Su testimonio, atravesado por la fe, la maternidad, el amor y la resiliencia, es una historia serena sobre elegir la vida aun después de lo peor, aprender a convivir con las ausencias y construir felicidad de otra manera. Leé la nota completa en www.laopinionline.ar"
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“Nos establecimos en Estrada al 400, hasta mis 8 años. Y después, hasta que me casé, vivimos en Lorenzo Moreno al 800”, menciona. Cuenta que fue a la Escuela N°22 y después al Comercial. En tercer año se cambió al Normal. “Como mi mamá era docente, todos sentían que yo debía seguir ese camino, así que durante un tiempo fui al Normal a la mañana y al Comercial a la noche, pero después me quedé con el Comercial porque me gustaban las ciencias económicas, y de hecho esa fue la carrera que seguí, primero en Rosario y luego, cuando ingresé a trabajar en el Banco Provincia, me fui a Buenos Aires, donde seguí estudiando, aunque no me recibí. Años después me trasladaron a Pergamino y seguí trabajando en el Banco hasta que me jubilé”.
Había conocido a Juan Carlos Ceccarelli en el colectivo de la empresa Tirsa que ambos tomaban a menudo. “El era oriundo de Acevedo y se trasladaba a San Nicolás, donde estudiaba ingeniería. Yo viajaba a Rosario donde estaba haciendo un seminario, así que viaje va, viaje viene, nos enamoramos. Nos pusimos de novios y nos casamos. Nos mudamos al barrio General San Martín, donde aún vivo. Nos conocimos en 1976 y nos casamos en junio de 1979”, relata.
Lo indescriptible
El primer hijo que llegó fue Daniel, y al poco tiempo, nació Diego. Ambos eran hermosos y buenos. Divertidos, aplicados, generosos para el compartir. Cumpleaños, fiestas, tardes eternas de juegos prometían un futuro largo y venturoso. Sin embargo, ocurrió lo peor, lo indescriptible. La muerte se los arrebató tempranamente de la peor manera. Iban al Colegio San José de los Hermanos Maristas cuando el remis en el que se trasladaban sufrió un accidente. Ella recuerda la escena como si hubiera sucedido ayer. Cada detalle de cómo recibió la noticia y de cómo fue tomando fuerzas para afrontar lo que terminó siendo un destino irremediable. Diego falleció ese mismo día y Daniel sobrevivió una semana, aunque sin recuperar su conciencia. Tenían 11 y 12 años. Laura conserva de ambos un recuerdo vívido, pero admite que “son repetidos, porque vivieron muy poco tiempo”. Es conmovedor escucharla: “Recuerdo las travesuras de Diego y la tranquilidad de Daniel. Las vacaciones y nuestras rutinas cotidianas, pero es muy poco lo que tengo para recordar porque los tuve conmigo pocos años”, insiste.
Un nuevo comienzo
Acompañando a su hijo Daniel en la sala de Terapia Intensiva del Hospital San José, con su esposo expresaron por primera vez el deseo de adoptar. Siete meses después, llegaron a sus vidas Yesica, Anton, Ariel y Romina, cuatro hermanitos. “Al principio creíamos que eran dos, pero cuando nos informaron que eran cuatro, no dudamos ni un minuto en adoptarlos y evitar que los separaran. Ellos ya habían sufrido, no estábamos dispuestos a causarles un dolor más”, afirma.
“Nos ayudaron mucho Ronald Raimundo y el obispo de San Justo, que nos conectó con la jueza de Menores de La Matanza”, señala, recreando aquel proceso. “Tenían 5, 4, 2 años y nueve meses, y catorce meses la más chiquita”, recuerda. Y prosigue: “Llegamos acá en la madrugada del 15 de julio de 1994 y desde entonces, la casa volvió a cobrar vida”.
“Dicen que adoptar es un acto de amor, pero nosotros sentimos que el acto de amor más grande lo hicieron ellos con nosotros. Nos dieron un motivo por el cual seguir viviendo. Fueron nuestro ‘para quien’ desde que los vimos. Fue muy reparador”, expresa, agradecida.
Sus hijos hoy son hombres y mujeres que han encaminado sus vidas. Algunos ya son padres y han transformado a Laura en abuela. “Cuando miro el camino recorrido hay mucha añoranza”, confiesa. Y de inmediato continúa: “Cuando los veo tan grandes, y a alguno de ellos ya teniendo hijos, pienso que la trascendencia es eso. Disfruto de tenerlos, y me reconforta intuir que están reconciliados con su historia”, menciona, esta mujer que es feliz viendo su casa colmada de nietos. Tiene seis: Juan Ignacio, Francesca, Josefina, Alai, Guillermina y Felipe.
Una dura pérdida
Hace cuatro años la vida la golpeó nuevamente con el fallecimiento de su esposo. “Fue muy duro y aún estoy tratando de reponerme”, afirma anhelando esa compañía incondicional. “Estábamos llenos de proyectos y ganas de hacer”, admite.
Le quedan los años compartidos, la fortaleza mutua de haberse acompañado en los mejores y peores momentos. También las relaciones que Juan Carlos estableció en cada lugar en el que estuvo. Fue docente y director de la Escuela de Educación Secundaria Técnica N°1 de Conesa. “Era un gran hombre y fue un gran papá”, sostiene recordándolo con el mismo amor del primer día.
Del lado de la vida, siempre
Consciente del valor de la vida, mira en retrospectiva con serenidad. La aceptación la acompaña. Sabe, porque lo aprendió, que Dios no pone sobre las espaldas de nadie un peso mayor al que se puede cargar. Esa certeza habla de su fe y de su modo de haberse dejado acompañar. “Nunca me enojé con lo que sucedió, ni con Dios, por el contrario, me aferré a la fe”, recalca. Y continúa: “Fue el maestro catequista de Maristas el que me dijo que Dios no me iba a mandar más que lo que yo pudiera sobrellevar y aunque al principio no lo entendí, fue así”.
“También el padre Ariel Busso me acompañó mucho. El no estaba en el país cuando ocurrió el accidente, pero al regresar, fue incondicional conmigo. Hablar con él me hizo mejor que ir a cualquier psicólogo, me ayudó a aceptar. Me pasaba tardes enteras en Santa Julia. De su mano aprendí que tenía que asumir que lo que fue ya había sido y había sido hermoso; y que tenía la obligación de salir adelante y de ser feliz por los que estaban a mi lado”, relata.
Hoy, con 73 años, vive su presente al amparo de sus afectos verdaderos, acompañada por sus hijos y celebrando la existencia de los nietos, abrazando los proyectos que ellos abrazan.
Resiliente, sabe que se aprende a ser feliz de otra manera. Escucharla hablar de la felicidad es al tiempo conmovedor y movilizante. Aprendió a mirar desde otra perspectiva, a sopesar los dolores y a asumir su tarea de seguir adelante. La calma con la que vive, el sano amor que la rodea, confirman que lo ha logrado. Hoy puede recordar a sus dos hijos mayores con ternura; y disfrutar de sus otros cuatro, con amor y gratitud. También puede regresar sobre las pérdidas sin llanto. Es parte de su aprendizaje. Obra del paso del tiempo y de su empeño.
“De eso se trata la vida, de ir acostumbrándose a las ausencias, de brindar con los que están arriba, pero de seguir teniendo planes y proyectos con los que están acá”, reflexiona cuando promedia la charla. Enseguida, agrega: “En este momento, mi anhelo es que mis hijos y nietos estén bien, y hacer unas vacaciones todos juntos. A mi edad no ambiciono mucho más. Cuando me ocurrió lo peor, me hubiera resultado más cómodo, tirarme a llorar y no salir de la cama. Yo elegí seguir adelante y estar para mis hijos. Me aferré a esa tarea y a la fe. Nadie sabe cómo va a reaccionar frente a la adversidad hasta que le pasa. Yo la afronté como pude. Sé que el tiempo no mata todo, los recuerdos están intactos y el dolor es el mismo; pero hoy soy feliz del modo en que puedo, acompañada por mis hijos y guiada por los que desde algún lugar siguen mis pasos”, concluye. Y cuando lo dice, lo que resuena como un eco es su valor, la riqueza de un testimonio que quizás sirve a otros y que se traduce, sin pretenderlo, en enseñanza.