domingo 22 de febrero de 2026

Amadeo Fucci: quien encontró en la educación la razón de su existencia social

Profundamente comprometido con una formación que va más allá de las competencias técnicas, abrazó sus ideales y los transformó en la causa que motorizó su vida como educador.

22 de febrero de 2026 - 07:18

Amadeo Horacio Fucci nació en Pergamino hace 73 años. Creció en cercanías de la Plaza 25 de Mayo. Su historia comenzó a escribirse en un conventillo, donde familia y trabajo confluían para hacer de la dignidad un valor que atesoró tempranamente. “Vivíamos en un conventillo, algo que en aquella época era bastante común”, acota en el comienzo de la charla y describe: “Ahí se habían radicado mis abuelos que eran carpinteros venidos de Italia, mi padre también era un gran ebanista. La pieza de adelante la ocupaban los abuelos; había un zaguán, después estaba la habitación que compartíamos mis padres, mi hermana y yo; la pieza en la que vivía mi tío con su señora y sus hijos. También había una pieza de piso de tierra que se usaba como sala de planchado para afuera; y enfrente del patio, una cocina de madera que habían fabricado los carpinteros que trabajaban adelante”.

En esa geografía aprendió el valor del oficio y la coherencia de los buenos principios. Habla con profunda admiración de sus padres y del vínculo que los unía: “El se llamaba Amadeo, era una persona templada, criteriosa y sabia, prolija para el trabajo y para la vida. Ella, era Angélica, ama de casa, mucama y luego encargada del Asilo San Vicente, una mujer con garra, tezón y constancia. A ambos tenían un código implícito de lealtad absoluta”.

De su hermana Teresa, cuenta que es ocho años mayor, vive en Mendoza con su familia, y ha desarrollado un profundo sentido místico de las cosas.

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Embed - Diario LA OPINION on Instagram: "Nacido en Pergamino hace 73 años, Amadeo Horacio Fucci creció en un conventillo cerca de la Plaza 25 de Mayo, en una familia de carpinteros donde aprendió el valor del trabajo y la dignidad. Rebelde, inquieto y buen alumno, fue abanderado del Colegio Industrial de Pergamino y becado para estudiar en Mendoza, donde cursó Ingeniería en tiempos de fuerte convulsión política. Aunque no se recibió, encontró su verdadero camino en la docencia. En los talleres del Industrial desplegó su vocación y años más tarde llegó a ser director, convencido de que la escuela debe formar ciudadanos con valores, no solo técnicos. Jubilado desde hace una década, sigue abrazando sus ideales, agradecido por lo construido junto a su familia y por una vida atravesada por la educación como causa y compromiso. Más en www.laopinionline.ar"
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Al recrear su infancia, menciona que encontró en la calle y en el deporte su primer territorio de libertad. “Era muy travieso y rebelde. Le disparaba a la escuela, me escondía en los zaguanes y mi hermana tenía que andar buscándome”, relata, comentando que fue a la Escuela N° 22 y luego a la Escuela N° 2. “De ese tiempo me queda la rebeldía y la cantidad de conflictos que tuve por las travesuras que hice”, agrega.

En el plano deportivo, comenta que jugó al fútbol y al básquet. “Jugué en Sport y luego en Juventud. Siempre fui más de camiseta celeste”, acota refiriendo que para entonces se habían mudado a calle 25 de Mayo, cerca del Arroyo. “Era una zona humilde, con calles de tierra, y en ese tiempo pensar en otros deportes era casi prohibitivo”.

La rebeldía y el mérito

Hizo el secundario en el Industrial. “Inicié mis estudios con un programa del Estado que hacía que toda la formación se rigiera por un sistema mecanizado, reglamentado, que consideraba una competencia menor la creatividad. Fue bastante difícil para mí”, expresa recreando prácticas como las de “limar un martillo”, algo que poco tenía que ver con la adquisición de competencias que sirvieran para la vida.

Dueño desde siempre de una personalidad determinada, se rebelaba frente a todo lo que le resultaba injusto y, por esa razón, incomodaba. Pero también se ocupaba de aprender y, aunque poniendo poco esfuerzo, lograba alcanzar los objetivos que le permitían ser “un buen alumno”.

“Me fue muy bien, fui abanderado y uno de los mejores egresados del año 1971 de todas las escuelas. Por esa razón el Municipio me dio una beca”, destaca. Ese reconocimiento y el esfuerzo denodado de sus padres le abrieron las puertas de su experiencia universitaria.

Mendoza en tiempos de convulsión

“Estudié Ingeniería en Petróleo en Mendoza”, señala y agrega: “Fue el gran sueño de mi adolescencia. Había visto la película ‘Lawrence de Arabia’ que relataba la participación de Thomas Edward Lawrence en la revuelta árabe durante la Primera Guerra Mundial. Lo había visto cabalgar por el desierto en un caballo blanco y me dije: ‘El petróleo me va a llevar a Medio Oriente’”.

Lejos de casa y sin recursos económicos, avanzó en la carrera, pero no se recibió. “Tenía una beca de Mercedes Benz y otra del Municipio. Era una patriada estar tan lejos. Los últimos tres años viví con muchachos del interior, dos cordobeses y dos del sur de la provincia. Eran tiempos convulsionados políticamente, transitábamos el proceso militar y faltándome dos materias para recibirme de agrimensor nacional y cuatro para ser ingeniero, me volví”, cuenta. Y abunda: “Militaba en la Juventud Peronista Línea Nacional, era secretario gremial del centro de estudiantes y habíamos dado algunas luchas y cuando entraron los militares, me cobraron la factura. Me levantaron y me ficharon, disparamos de la facultad, y aunque tiempo después volví para rendir algunas materias, no me recibí”.

“Durante años cargaba con una mochila pesada por no haber honrado el esfuerzo de mis padres, sentía que les debía el título”, confiesa. En verdad era “un deber autoimpuesto” que le marcó el camino para seguir aprendiendo.

Otra carrera y el trabajo

Su formación técnica le abrió las puertas de empresas como Iradi o Tamequ. Retomó sus estudios en San Nicolás: “Inicié la carrera de Ingeniería Metalúrgica y ya casado con Graciela Gabrielli, su novia desde los 18 años, cuando surgió la posibilidad de ingresar a Somisa, se mudaron a San Nicolás, pero esa posibilidad no se dio. El interventor de Somisa era un militar e injustamente le siguieron cobrando viejas facturas.

Amadeo no lo lamentó mucho. Se estableció nuevamente en Pergamino y se reinventó, vendió vehículos y realizó todo tipo de trabajos. “Fui aprendiz, nunca peón porque no fui fácil para aguantar patrones. Siempre la libertad fue algo que me hizo falta, por lo menos la sensación de tenerla”, reconoce.

Fue convocado para ingresar al Colegio Industrial como preceptor. “En esa época eran ‘celadores’, con todas las implicancias del término. No era para mí, por esa aversión que tenía para con la obligatoriedad y los límites que había que imponer de manera estricta”.

La docencia

Comenzó a ejercer la docencia en los talleres del Colegio Industrial y allí sí halló un espacio coherente con sus expectativas y conocimientos. “Recuerdo que lloré el día que me tocó despedir a la primera rotación de carpintería. Había logrado un desarrollo afectivo con los chicos, había podido desplegar esos valores que se ponen en juego cuando uno forma a otros”.

“La escuela debe formar ciudadanos con valores para mejorar la calidad de la sociedad. No formar solo operarios ni obreros”, reflexiona, dejando entrever la convicción que fue su brújula. Siempre confió en un concepto de la educación nutrido de la especificidad, pero sin perder de vista la dimensión de la libertad y de lo humano.

Quizás porque, por su personalidad, habiendo una división imaginaria en un conjunto colectivo, siempre se sentaba del lado del mostrador de los rebeldes, las titularizaciones lo esquivaron varias veces, pero nada lo desalentó.

“Completé mi formación pedagógica cursando la carrera que se dictaba para ello. Me recibí, y fue una experiencia muy nutritiva que me permitió no solo concursar para ocupar el cargo de director del Colegio Industrial, sino saldar la deuda personal que yo sentía, tenía con mi padre”, confiesa en la continuidad de la charla.

“Pude darle a mi padre el papelito que sentía que le debía. Y fue un buen papelito: de diecisiete materias, dieciséis rendidas con 10 y una, de autocalificación, con 7”, precisa. Y reconoce que en otro plano esa capacitación le dio sustento a lo que hacía intuitivamente en la docencia”.

El director del Colegio Industrial

Fue director del Colegio Industrial durante siete años. “Fue una experiencia desafiante, pero nunca me faltó coraje para asumir las responsabilidades, tampoco carácter”.

Cree en ese concepto de autoridad que no se impone. “De manera innata siempre tracé un límite imaginario que la gente respetó naturalmente”, afirma y aporta lo que para él fue una regla: entender a las personas e intentar comprender cada situación antes de tomar cualquier decisión. “Creo profundamente en el respeto a la dignidad de las personas, y en el valor del trabajo en equipo”, recalca.

“Tuve la suerte de compartir el espacio con un grupo muy capaz en el que estaban, entre otros Alicia Friguglietti, Ricardo Portal, Sosa, los integrantes del gabinete psicopedagógico, las inspectoras, gente eficiente en lo suyo. Además, ejercí en un momento en que existía un proyecto de país que priorizaba la industrialización, y en ese modelo éramos formadores de recursos humanos”, señala.

La vida más allá del aula

Cuando la conversación se introduce en el universo de lo privado, habla de su familia. “Graciela es una mujer absolutamente honesta, leal, incapaz de pensar mal de nadie. Ha sido el cimiento de una casa que por más tarado que sea el arquitecto, nunca se va a caer”, expresa. Y de inmediato menciona a la única hija que tienen: Lucía Gabriela (40).

“Ella es bailarina y coreógrafa, vive en Buenos Aires. Desde pequeña tiene un ser especial. Es independiente, rapidísima, sacrificada y determinada en su carácter y en sus decisiones. Es luminosa”. En ambas está su eje afectivo más importante. Con ellas y con amigos entrañables, transcurre la vida.

Jubilado hace ya una década, pasa su tiempo abrazando “otros berretines”, como asistir a cursos de canto y pasar horas en su taller donde se aboca a “cosas que le gusta hacer”. “En algún momento fabriqué cuchillos, después me aburrí”, cuenta y reconoce que detesta la monotonía, y la ausencia del aporte creativo.

Lejos de las dinámicas del aula y de la gestión, en su fuero íntimo sigue siendo un militante de las causas justas y no duda ponerse en la trinchera para dar batalla frente a lo inadmisible. Sabe que pagó algunos costos por esa determinación, y es consciente que también obtuvo una recompensa honesta.

Un buen balance

Cuando mira hacia atrás, en retrospectiva la vida le muestra un espejo con el que se siente a gusto. “Cumplí con mi familia, y también con mis viejos”.

Siente que la educación fue su territorio de aprendizaje más intenso: “La educación para mí fue la razón de mi existencia social. Más allá del desarrollo familiar, mi existencia social más lograda es lo que pude hacer, mal o bien, dentro de la educación”, concluye. Y, sin grandilocuencia, esa apreciación define su esencia y su compromiso.

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