Hoy, la persona que traza su "Perfil Pergaminense" se llama Carmen Lucía Gerige, pero es conocida por todos como "Beba" Bienzobas. Nació en Bella Vista, provincia de Buenos Aires, y allí transcurrió su infancia y parte de su adolescencia, en un núcleo familiar conformado por sus abuelos, Lucio y Clara; su mamá, Lucía y su hermano, Alberto. "Fui hija de una mamá sola, que hacía un poco de todo y crecí rodeada de mucho amor por parte de mis abuelos, tíos y primos. Conservo lindos recuerdos de mi niñez, a pesar de no haber conocido nunca a mi padre, algo que siempre me quedó pendiente", señala en el comienzo de la charla que se desarrolla en la intimidad de su hogar. "Bella Vista es una ciudad de origen francés, con muchas casas residenciales con mucho espacio verde", menciona y recuerda su paso por la escuela primaria y los amigos de ese tiempo.
"Me gustaba pasar los veranos acá, en el campo donde ella vivía y cuando veníamos a la ciudad parábamos en el Hotel Las Colonias. Tiempo después mi tía y su esposo alquilaron una casa", relata y lo que comenta acerca postales de "otro Pergamino".
Cuando su tía quedó viuda, le pidió a su mamá y a sus abuelos si no la dejaban venir a quedarse un poco más. A Beba le gustó la idea y fue así como comenzó a viajar con mayor frecuencia, hasta que un día ya se estableció aquí y abrazó este lugar como propio. "Yo era muy jovencita y me encantaba Pergamino".
Su historia de vida comenzó a escribirse acá. Se incorporó al mercado laboral en una época pujante y se enamoró siendo muy joven de Néstor Omar "Coca" Bienzobas, su compañero de vida desde hace 56 años. "La única amiga que yo tenía acá, Marta González, vivía en avenida y Colombia, él era vecino, así que entrando y saliendo nos conocimos y un día para Carnaval un grupo de chicos quiso mojarme cuando yo estaba por tomar el colectivo y él me salvó de eso. Desde entonces, no nos separamos más", relata recreando la inocencia de aquel tiempo. "Estuvimos de novios tres años y cuando cumplí los 18, nos casamos y nos fuimos a vivir al barrio Acevedo, después nos mudamos varias veces hasta que construimos nuestra casa detrás de la de mis suegros", comenta, y recuerda con cariño a su suegra Mercedes Violante.
Refiere que su esposo trabajaba como empleado de comercio en Dinardo y ella en las oficinas de una empresa textil. "Fueron años de mucho entusiasmo y sacrificio para armar nuestro destino. Nació nuestro primer hijo, Gustavo, y dos años después la vida me trajo el primer gran golpe, perdí a mi bebé, una nena que nació muerta", cuenta, conmovida y confiesa que "fue muy duro irme de la clínica con los brazos vacíos, pero mi hijo era chiquito y era mi razón para salir adelante".
Se repuso de esa pérdida, sin jamás olvidar a esa criatura que había esperado con tanto anhelo.
Un nuevo desafío
Hace una pausa respetuosa en la conversación y se restablece para contar que en un momento siendo empleado de comercio su esposo recibe un ofrecimiento laboral en el rubro gastronómico. "Fue así que, en sociedad con Ramón Cilio, compramos Saalom, una confitería que funcionaba en el Segundo Cruce", menciona y señala que fueron años de "pico y pala" para crecer. "La luchamos bien de abajo, fueron años de muchísimo trabajo, pero éramos jóvenes y teníamos muchas ganas de progresar, tomamos ese emprendimiento como un nuevo desafío".
Beba recuerda que las jornadas eran extensas. "El primer negocio Saalom estaba donde funcionaba Annan de Pergamino y se vendía ropa; y después se hizo el otro local enfrente. Yo estaba donde me necesitaban. Los viernes, sábados y domingo se preparaban picadas, así que cocinaba toda clase de cosas".
Para entonces ya había nacido su hijo menor, Alejandro, así que esas largas horas de trabajo iban acompañadas del andar de sus niños, cunas, cochecitos y juguetes.
Otra etapa
Cuando se vendió ese comercio, su esposo comenzó a trabajar como viajante de una fábrica que lo convocó por su experiencia en Dinardo. Más tarde ingresó a una fábrica metalúrgica, mientras Beba se dedicaba a vender ropa de manera particular y a ser consultora de una empresa de cosmética.
Siempre en la búsqueda de nuevos comienzos y de iniciativas que sirvieran al sostenimiento de la economía familiar, en sociedad con Hugo Santachiara, cuñado de su esposo, abrieron un Maxi Kiosco en la esquina de Doctor Alem y Castelli. Todo marchaba bien hasta que la inundación de 1995 les ocasionó una pérdida enorme. "El agua nos llevó todo. Empezamos de nuevo y pusimos, en el mismo lugar una agencia de lotería, actividad que tuvimos hasta hace diez años", agrega.
Pérdidas irreparables
Cuando la vida parecía encaminada, la tragedia le arrebató a su hijo Alejandro que falleció en un accidente de tránsito cuando tenía apenas 24 años. "Hace ya 25 años de esto y tengo ese día presente como el primer día", afirma con la voz entrecortada. "Fue muy duro, como para cada papá que pierde a un hijo, pero gracias al apoyo de nuestra familia y de amigos incondicionales sacamos fuerzas para salir adelante", prosigue y la charla se va hacia aquellos tiempos de la niñez de sus hijos donde el en Club de Viajantes conocieron a personas extraordinarias que se transformaron también en familia.
Como si el destino estuviera para ella signado por el dolor de las pérdidas, cuenta que hace seis años, a causa de una enfermedad terminal, falleció Gustavo, su hijo mayor. "No terminamos de acomodar la primera mochila que tuvimos que cargar otra", confiesa. Y enseguida, fiel a su esencia resiliente expresa: "Nos quedaron nuestros nietos, Tomás (23) y Bautista (17) y sobrevivimos por ellos".
Hay siempre un silencio respetuoso cada vez que un recuerdo la lleva a recrear aquello que sintió y eso con lo que aprendió a convivir desde entonces. "No hay noción de lo que significa perder a tus hijos, hasta que te pasa. Uno atraviesa todos los sentimientos, desde la bronca y el enojo, hasta la aceptación de que hay un destino", sostiene e insiste sobre el valor inconmensurable que tuvo tanto para ella como para su esposo la cercanía incondicional de sus familiares, y amigos, entre los que menciona a la familia Doffo, Stachiotti, Cardamone, Seta, y Scarfot.
Se reconoce como "una mujer de fe católica" y asume que sin esa creencia ferviente en la existencia de un destino, no hubiera podido seguir adelante. La reconforta saber que sus hijos, en algún lado están, guiando sus pasos y convive con esa certeza. "Mis hijos, de algún modo, siguen con nosotros", agrega.
El teatro, un bálsamo
Inquieta y curiosa por aprender siempre algo nuevo, Beba hizo teatro desde siempre y ante las pérdidas esa actividad resultó su mejor terapia: "Comencé por consejo de mi hijo Gustavo cuando murió Alejandro. Hace veinte años que hago teatro y eso de algún modo me salvó la vida"
Agradecida, señala que fue vital la mano de Jorge Sharry, con quien tomó sus primeras clases e interpretó sus primeras obras. Con él comenzó a transitar un camino que fue muy fructífero. Y después con el paso del tiempo se abrió a otros espacios y allí donde la ciudad ofrece una oportunidad para seguir aprendiendo actuación, ahí está Beba, siempre dispuesta.
"También me gusta escribir, tengo muchas cosas escritas y un día me dispuse a darle forma a mis historias. Así surgió Los Aromos, una obra que escribí e interpreté bajo la dirección de Luis Furlano", menciona y comenta que va a reponerla en noviembre.
Desde hace varios años es integrante del Grupo Nosotras y junto a Graciela Saccone, Marita Lomanto y Marcela López, bajo la dirección de esta última, están haciendo Mujeres de Ceniza. A la par de ello, está estudiando dirección con Salvador Amore.
Destacada en el mundo del teatro por la calidad de su trabajo actoral, confiesa que la actuación le gustó desde siempre. "Cuando era chica en Bella Vista funcionaban los Estudios de San Miguel donde se filmaban las películas argentinas. Pasaba un camioncito, que le decían la estanciera, y buscaban extras para incorporarlos a las películas. Era algo maravilloso entrar ahí cuando abrían las puertas, era varias manzanas donde había palacios, ríos, escenografías inolvidables. Tuve la fortuna de participar siendo muy niña del film La Calesita, con Hugo Del Carril".
En el plano de aquello que tiene planeado hacer, la búsqueda de nuevos conocimientos ocupa un lugar prioritario. Comenta que le gustaría aprender idiomas y que entre las asignaturas pendientes solo tiene el hecho de no haber podido seguir estudiando historia. "Esa hubiera sido mi carrera elegida, porque me gusta mucho leer".
Un testimonio de resiliencia
Sobre el final, cuando la charla la conduce por senderos que tienen la impronta del balance, sus reflexiones aparecen como un testimonio de resiliencia. No está enojada con la vida. Ha asumido el modo en que sucedieron las cosas con templanza y se ha valido de los recursos emocionales que aporta el amor en todas sus formas. En ese universo está su esposo, a quien ama como el primer día, los nietos, Claudia, mamá de Bautista, sus familiares, los amigos, el teatro, sus pasiones, esas que le dan el impulso.
Sabe que quizás ya no es la misma Beba que era antes de algunos dolores, pero con la misma convicción asume que es una mujer que logró tomar de cada vivencia un aprendizaje para nutrir su vida y la de los suyos de esa energía que solo transmiten las personas de bien cuando logran sobreponerse a la adversidad y salir fortalecidas.