También habla de su hermana Ofelia, cinco años mayor, quien trabajó como partera en el Hospital San José y hoy está a su cuidado, ya que quedó viuda y desde hace varios años padece la Enfermedad de Alzheimer. “A nosotros nos conoce, pero su memoria reciente está muy deteriorada, algo que condiciona su autonomía”, describe.
Cuando la menciona, también comenta que tiene una sobrina, Verónica, que vive en Río Cuarto. “Tiene la vocación de su mamá. Es médica obstetra, tiene una hermosa familia, y es parte de la nuestra a la distancia”, resalta.
Su biografía
En la continuidad de la charla, regresa sobre el camino de su infancia y adolescencia para destacar que creció sin sobresaltos, teniendo todas las posibilidades de cualquier niño de su época. “Crecí en el barrio, fui a la Escuela N° 6 y después fui dos años al Colegio Industrial, pero me di cuenta que el estudio no era mi camino”, señala.
Así fue que comenzó a trabajar y encontró en el oficio de su padre, esa huella que le marcó el camino. “Empecé como ‘lechuzón’, que le llaman, acompañando, cebando mate. Acá en Pergamino había una empresa, Malandra, dedicada al transporte de hacienda, y como tenían mucha relación con la familia Riera, comencé a trabajar con ellos”, señala, y recuerda que la primera vez que empezaron a “darle el camión” fue en los caminos de tierra, donde se cargaba la hacienda. “Más tarde cuando tuve el carnet, arrancó mi carrera de camionero, y no dejé de viajar jamás, hasta que me jubilé”.
“Durante más de 25 años trabajé con Rubén Carozzo y Roberto Ayastuy, para empresas multinacionales, algo que me permitió atravesar de ida y vuelta durante muchísimos años, todo el país”, prosigue. Y cuenta: “Salía cargado de Jujuy para llegar a Río Gallegos, recorrí de punta a punta la argentina”.
Reconoce que siempre le gustó su oficio y nunca hizo otra cosa. “Era sacrificado, pero cuando estás en el ruedo no te das cuenta. Yo empecé a notarlo cuando, ya siendo jubilado, miraba el cuaderno donde tenía anotado los viajes que había realizado”. “Al mirar ese registro hasta yo mismo dudaba de haber hecho semejantes recorridos”, refiere mostrándose enamorado de su oficio.
Aprendizajes para la vida
La calle y el andar le enseñaron mucho de su trabajo y también de la vida. “La calle te hace, te enseña, te muestra muchas cosas”, sostiene y reconoce que hasta se aprende a convivir con la soledad. “El viajar solo me enseñó a manejar bien la soledad. Había días que con la única persona que intercambiaba una palabra era con quien me cargaba combustible en la estación de servicio o con el mozo del restaurante donde paraba a comer”.
Cuando lo dice, recrea las dinámicas de una actividad que llevó adelante cuando no existían los modos de comunicación que sí hay en la actualidad. “En un momento comenzamos a trabajar con radiotransmisores, eso cambió un poco las cosas, porque estábamos más interconectados. Más tarde aparecieron los primeros celulares ‘con tapita’ y ahí éramos como Gardel con guitarra eléctrica”, recuerda destacando la “hermandad” que existe entre los camioneros.
“Tuve siempre la fortuna de trabajar con buenos patrones y con excelentes compañeros. Había una hermandad”, resalta este hombre que toda la vida fue camionero. “Me bajé en 2023, para entonces yo ya tenía un camión propio y hacía viajes más cortos, muchos de los cuales me permitían ir y volver a mi casa en el día”, añade.
Su universo afectivo
En el plano personal, Amilcar cuenta que estaba divorciado de la que fue su esposa, cuando tras la división de bienes, se mudó a la casa en la que hoy vive. “No tuve hijos, así que cuando me fui del barrio Trocha donde había construido esa casa, me mudé aquí y me traje a mis padres. Mi viejo falleció en 1993, estando en diálisis, y mi mamá vivió más, aunque con algunos problemas de movilidad. Mi hermana los asistió en todo, ya que yo viajaba mucho en esos años”, relata.
Hace once años comparte la vida con María Isabel Barreto, entrerriana a la que convocó para que lo ayudara con el mantenimiento de la casa. “Apenas la vi, sentí una profunda curiosidad por saber de su vida, le pregunté a su yerno, que es quien me la había recomendado, y cuando me dijo que hacía muchos años que estaba sola, no dude en mostrarle mi interés por conocerla”, relata.
Hasta entonces ella iba a la casa de Amilcar una vez a la semana y casi no se veían porque él viajaba. Además, se trataban de usted. Un día, con la excusa de pagarle por su trabajo, fue personalmente a su casa, y se animó a invitarla a salir. “Recuerdo que le pregunté si le gustaba ir a cenar y a bailar”, menciona. Ella aceptó, aunque durante las primeras salidas siempre iba acompañada por una amiga. Comiendo, bailando, conversando, fue creciendo entre ellos la confianza y la certeza de que querían compartir la vida juntos. Iniciaron su relación y nunca más se separaron.
“Siempre digo que Mary llegó para encauzar mi vida”, sostiene Amilcar mirándola con complicidad. “Con ella llegó a mi todo lo que tengo detrás: una gran familia con hijos, nietos y bisnietos del corazón. Bromeo diciendo que con ella ‘compré a tranquera cerrada’”, afirma.
“Me hubiera encantado tener hijos. Y con Mary tengo una gran familia. De no tener nada, pasé a tener dos hijas, dos yernos, nietos y bisnietos”, insiste y los menciona: “Mary tiene dos hijas: Gabriela y Evangelina. Tres nietos: Gonzalo, María Mercedes (casada con Gonzalo) y Juan. Y dos bisnietos: Magdalena y Martiniano (Coqui). Qué más puedo pedir”.
Consciente de lo mucho que le ha dado ese amor nacido en la adultez de ambos, disfrutan del paso del tiempo acompañándose en aquellas cosas que les gusta hacer.
Una prueba difícil
En el año 2023, una situación de salud lo confrontó con la posibilidad de una muerte prematura. “Fue un trance difícil, me operaron, desde entonces vivo con un solo riñón. Sentí temor por lo que representaba lo que me diagnosticaron, pero todo salió bien. El de arriba me dio otra oportunidad”, cuenta.
Eso le enseñó a mirar desde otra perspectiva. “La familia me hizo dejar el camión, así que compré una camioneta y la transformé en un motor home que usamos para viajar, ya no por trabajo sino por placer”, agrega.
Con su mujer, uno de los destinos más frecuentes de esos viajes, son las carreras de automovilismo. “Soy fanático, y ella me acompaña”, afirma. Y al hablar de esa pasión por los fierros, menciona que cada martes asiste a la peña de la familia Pereyra. “Ellos preparan autos y el nieto de Oscar está debutando en la Formula 3. Espero que llegue el martes para ir, es un lugar donde se habla de lo que realmente me gusta”, admite.
El buen balance
Sobre el final, sus reflexiones son sobre la vida y paso del tiempo. En su largo andar, el camino le ha mostrado todo lo que conoce y anhela ir por más. “Andar, seguir andando, es todo lo que le pido a Dios. Hoy, para mi, poder viajar es un verdadero placer y una recompensa. No me cuesta hacer mil kilómetros por día recorriendo lugares. Hacía 23 mil kilómetros por mes, cuando andaba en el camión”, dice cuando la conversación lo lleva por el recoveco de los anhelos. Por lo demás se siente “hecho”. Ha sabido forjar vínculos genuinos. Regresa sobre el recuerdo de su infancia cuando lo menciona, y la referencia vuelve sobre la vieja panadería de Riera: “Me críe con ‘Chulengo’, soy padrino de su hija. Yo no tengo hijos, y siempre rescato que él tuvo la bondad de prestarme los suyos para que fueran un poco los míos. Paula, Matías, Facundo y Jerónimo, anduvieron siempre conmigo en el camión. He sido muy afortunado”.
“Y después llegó mi familia, la que me regaló Mary con su llegada a mi vida. He tenido un oficio que amé y que amo. Soy de la generación que solo hacía sexto grado y con esa formación, arriba del camión, ganaba más que el gerente de un banco. Que más podría pedir, solo puedo sentirme agradecido”, concluye. Y cuando lo dice, el tono de su voz y la mirada van en consonancia con esa convicción de sentirse a gusto y a mano con la vida, sin pedir más que poder disfrutarla, abrazado por esos afectos entrañables.