domingo 15 de marzo de 2026
Juan Cerminara

Reinventarse frente a la adversidad sin renunciar a los valores

Oriundo de Arroyo Dulce, durante muchos años estuvo a cargo de la estación de servicio de esa localidad, en el marco de una sociedad familiar. Cuando esa empresa cerró, le tocó afrontar circunstancias difíciles. Jamás perdió de vista que sus afectos eran el pilar que sostenía todo lo demás, y con esa convicción salió adelante asumiendo nuevos y distintos desafíos que lo ayudaron a construir un presente del que disfruta plenamente.

23 de septiembre de 2023 - 00:00

Juan Francisco Cerminara acaba de cumplir 73 años. Probablemente, la lectura de este artículo lo encuentre celebrando ese acontecimiento junto a los suyos. La mesa tendida los domingos, como entorno para disfrutar de su familia, rodeado de nietos y bisnietos, es la mejor recompensa que Dios pudo darle. Lo señala en el comienzo de la charla que mantiene con LA OPINION para trazar su Perfil. El diálogo transcurre entre la sorpresa y la sencillez con la que ha transitado siempre el camino. Ha afrontado situaciones complejas y las ha superado siempre, alentado por la convicción de no renunciar jamás a sus valores. Es un hombre que ama la tranquilidad y lo inquieta el conflicto. Luego de haber tenido la responsabilidad de manejar una empresa que suponía una intensa actividad comercial, la vida lo puso frente al desafío de tener que comenzar de cero. Asumió esa coyuntura con coraje. Hoy es chofer en una agencia de remis y transcurre sus días viviendo intensamente el placer del contacto con la gente.

Aunque es oriundo de Arroyo Dulce, se siente "un pergaminense más" y conoce la ciudad como la palma de su mano. Vive aquí desde hace muchos años: "De hecho nací en Pergamino, en la casa de una conocida partera de apellido Paterlini, en calle General Paz", cuenta. Y también refiere la casa de un hermano de su mamá, en Alberti 627, que visitaba siempre.

El recuerdo de su pueblo

Creció en la geografía de un lugar apacible. Tuvo una linda infancia y muchos amigos. "Vivir en un pueblo como Arroyo Dulce fue un privilegio. No había pavimento, a las 12:00 de la noche se cortaba la luz, pero era hermoso".

Su familia estaba integrada por su papá Juan, su mamá Margarita Callegari y su hermana Beatriz, cuatro años mayor. "Mi papá inició su actividad laboral con una herrería que funcionaba en la entrada del pueblo, donde hoy está el colegio de la Villa San José. Más tarde compró el predio de la estación de servicio y se abocó de lleno a esa actividad. En aquella época el combustible se vendía en lata, después en tambores y recién con el tiempo se pasó al surtidor", refiere y aclara: "No eran épocas brillantes, mi viejo la remó un montón".

En su retina quedaron grabados los almacenes de ramos generales que tenían en la vereda espacios para que la gente atara el sulky. "Era otra vida, nuestra infancia y adolescencia transcurrían en la calle y en el viejo Bar Cuberes, nuestra segunda casa".

Fue a la Escuela N° 16 y fue testigo y protagonista de hitos que marcaron el progreso de su pueblo: "Vi hacer la Cooperativa. También integré la comisión de la Sociedad de Bomberos Voluntarios, organizábamos distintas actividades para reunir fondos para el cuartel y durante d10 años fui integrante del Cuerpo Activo de Bomberos".

Pasión por la mecánica y otro destino

Confiesa que siempre sintió pasión por la mecánica y le hubiera gustado seguir ingeniería, pero la vida le tenía reservado otro destino. Al finalizar la primaria, durante un año estuvo pupilo en el Colegio de los Hermanos Maristas en Rosario. "Mi padre, que era un hombre muy mayor, quería que yo estudiara. Me gustaba la mecánica, ingresé al Colegio Marista, pero allí había solo tornería. Estuve un año y no me adapté. Yo era un chico de pueblo y me costó mucho el desarraigo. Hablé con mi papá, le dije que me quería volver. Comencé a estudiar contabilidad y teneduría de libros en una academia en Salto y cuando me recibí empecé a involucrarme con las cuestiones comerciales de la estación de servicio".

Desde entonces sus rutinas fueron las del negocio, y cuando su padre falleció se hizo cargo de la empresa. Desde 1967 hasta el año 2000 esa fue la actividad que llevó adelante en el marco de una sociedad con quien por entonces era su cuñado. "Transcurrieron los años, falleció mi mamá, comercialmente no nos fue bien. Cuando YPF se desarmó a los agentes nos sacaron todo el apoyo, de un día para otro cambiaron las reglas del juego, en el campo se fiaba mucho y todo eso generó un contexto muy adverso para nuestra actividad", relata.

Luego de varios intentos por rescatar la estación, debieron cerrarla. Juan reconoce que fue una experiencia muy dura de la que le costó reponerse. "No tanto por la pérdida económica, que fue enorme, sino por lo familiar. Nunca entendí algunas cosas que aún me duelen, refiere, y respetuoso, se guarda para sí algunas consideraciones.

Su familia, el pilar

En las buenas y en las malas, su familia siempre fue el gran sostén y el motivo de sus luchas. Desde hace 51 años está casado con Norma Cantón. Se conocieron en Arroyo Dulce cuando ella tenía 9 años. Ella había nacido en la localidad, pero vivía en Rosario y regresaba al pueblo todos los veranos para pasar las vacaciones en la casa de su tío, el médico del pueblo. "Nos hicimos amigos e intercambiamos cartas. Hubo un tiempo en el que esa correspondencia se discontinuó y nos volvimos a encontrar cuando ella tenía 14 años y yo 17. No nos separamos más desde entonces, estuvimos cuatro años de novios y nos casamos un 19 de febrero", relata.

Tuvieron tres hijos: Gisela, casada con Carlos Bonacalza; Danisa; y Juan Cruz. Son abuelos de Julián, Valentina, Lucas, Marcos, Naim, Sahira, Amir, Juan Ignacio, Bastian y Angelo. Y bisabuelos de Luna y Eithan, fruto de la pareja de Lucas y Macarena".

Viviendo en Arroyo Dulce, cuando los chicos crecieron su esposa los traía al colegio a Pergamino y así comenzaron a madurar la idea de mudarse: "Sabíamos que todos no íbamos a poder vivir de la estación de servicio y que cada uno iba a tener que construir su propio camino. Cuando surgió la posibilidad, nos vinimos a un departamento en 25 de Mayo y Florida, que le cambié por nuestra casa en Arroyo Dulce a mi amigo Rubén Nervi".

Una ciudad que les abrió las puertas

Ya establecidos aquí, comenzaron a escribir otro capítulo de su historia familiar. Y enseguida se hicieron parte de la vida de la comunidad. "Mi esposa puso un negocio de ropa de bebés y niños. Yo viajaba todos los días para trabajar en la estación de servicio y cuando regresaba iba al Club Comunicaciones donde mi hijo jugaba al básquet".

"Esa institución me abrió las puertas de manera muy generosa. Integré la comisión directiva y conocí gente muy valiosa como Ricci, Quiroga, Coradello, Alberico, Friguglietti, y tantos otros de los que seguramente me estoy olvidando", menciona. Y agrega que como delegado de Comunicaciones también integró la Asociación de Básquetbol. "Ahí estuve con 'Freddy' Street y Carranza; y luego con 'Manolo' O'Brien, con quien teníamos una afinidad casi familiar".

"Esta ciudad me regaló grandes amigos, estoy muy agradecido", señala y afirma que en cada actividad que desplegó encontró gente a la que aprecia: "Es con lo que uno se queda".

Años difíciles

Esas relaciones cosechadas en distintos ámbitos y la contención incondicional de su familia sirvieron para afrontar años difíciles y tomar impulso para reinventarse. "La pasé realmente muy mal cuando cerramos la estación de servicio porque la pérdida fue enorme, nos quedamos prácticamente sin nada, todo nuestro capital y el esfuerzo de una vida se nos escurrió como agua entre las manos. Pero salimos adelante y podría decir que nunca estuve tan bien como ahora. El pilar fue Norma, mi esposa, a morir. Sin ella, yo no hubiera podido", resalta y cuenta el derrotero que lo trajo hasta este presente del que disfruta.

"Nos quedamos sin el departamento, sin la quinta, sin nada de lo nuestro. Nos mudamos, primero a una casa del barrio La Amalia y luego a ésta, en la que vivimos hoy, en el barrio José Hernández", agrega y reflexiona: "Soy como mi papá, nunca me importó el dinero. Lo económico no me desvela, tengo dos brazos y capacidad para hacer lo que sea".

El remis, una nueva etapa

En el intento por superar esa crisis personal, hizo de todo. "Pusimos un restaurante, manejamos el buffet del Club Comunicaciones, fui vendedor de lácteos, hasta que un día un amigo me propuso que le manejara el auto en una agencia de remis. Desde entonces soy remisero y esa actividad me despejó la mente. Primero trabajé en Disque Ya y ahora estoy en Nivel.

"Me encanta lo que hago, siento que nací para esto, disfruto mucho del contacto con la gente", afirma, agradecido.

Lejos de las urgencias, lo esencial

Alejado de las urgencias que durante tantos años supuso la vida empresarial, Juan disfruta de lo esencial y ha tomado de cada vivencia, un aprendizaje. Eso se traduce en el tono de su voz, siempre calmo, y en el modo en que observa en retrospectiva el camino transitado hasta aquí. Sabe que su familia es su principal tesoro y la mejor construcción. Y también en lo afectivo ha aprendido a aceptar ausencias y superar sinsabores. "La mesa me quedó chueca", dice con simpleza y esa apreciación encierra un gran dolor. Menciona que hace un largo tiempo no tiene contacto con una de sus hijas, y vuelve a reservarse para su intimidad cualquier detalle. Solo confiesa: "Fue un dolor enorme ese distanciamiento, pero privilegiamos a nuestros nietos. Lucas y Marcos eran chicos y fueron como 'nuestros hijos pequeños' cuando se quedaron con nosotros. Hoy es una tranquilidad verlos encaminados".

De la mano de ello reconoce que por distintas circunstancias hay cuatro de sus nietos a los que no ve. "Eso me entristece, pero intento inclinar la balanza en favor de lo mucho que sí tengo para agradecer y disfrutar", dice. Y prosigue: "Sentarme a la mesa los domingos en la casa de Gisela y Carlos, que siempre nos reciben, reunirnos todos, conversar, reírnos mucho y ver crecer a los nietos y bisnietos es lo que me sostiene. Mi familia es, sin dudas, lo que 'el barba' me regaló", resalta. Y por lo demás, fiel a su esencia, acepta el devenir de la vida sabiendo que en ese universo afectivo está lo realmente verdadero. Todo lo demás es secundario a esa felicidad que llegó como fruto de su siembra.

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