Cuenta que su padre trabajaba en el Ferrocarril Mitre, en el galpón de reparación de máquinas y refiere que su abuelo también había sido ferroviario.
De descendencia inglesa, es ordenado y metódico. De andar tranquilo. La serenidad se le nota en la mirada. Tiene los ojos claros y una expresión transparente. Honra la sencillez.
Fue a la Escuela N° 4, que quedaba muy cerca de su casa. "Esa fue mi única escolaridad", sostiene agradecido por la calidad de esa enseñanza primaria que le dio las herramientas para manejarse luego en la vida. Recuerda a sus maestras y a sus compañeros, muchos de los cuales eran sus amigos del barrio.
Una vocación temprana
Desde chico sintió pasión y curiosidad por la electricidad del automotor. Cuando lo menciona se ve a sí mismo siendo aquel niño que le ponía luces a la bicicleta o a los cochecitos de juguete. "No sé de dónde vino mi vocación, porque tanto mi padre como mi abuelo habían sido ferroviarios. No tenía cerca a ninguna persona dedicada a la electricidad del automotor como para decir que de alguien tomé esa inspiración", admite.
Sin dudarlo jamás, siguió el impulso de esa curiosidad infantil y la transformó en su oficio. Se formó en el terreno de la electromecánica trabajando. "Como me gustaba tanto, ni bien terminé la escuela hice algunos pequeños cursos, y con esas herramientas me fui directamente a un taller electromecánico a aprender trabajando", agrega y se muestra agradecido a esas personas que le abrieron las puertas de un aprendizaje que atesoró para siempre.
"Trabajé en un taller propiedad de unos socios que habían venido de Junín a instalarse a Pergamino, aquí en la zona del Cruce de Caminos, se llamaba Electromecánica Sidevil, ahí aprendí electromecánica y arranqué desde muy jovencito", agrega.
"Bajo relación de dependencia, pasé de ser empleado a encargado, hasta que, transcurridos los años, los dueños vendieron la firma y tuve la posibilidad de comprar el taller. Fue una oportunidad de crecimiento muy importante para mí y un desafío enorme. Había vivido toda mi vida laboral en ese lugar, y tenía la posibilidad de que fuera mío. Siempre agradezco la oportunidad que me dieron", resalta, recordando con gratitud a De Dios, Villata y Sin, propietarios del taller hasta entonces.
Lo emociona hacer el recorrido por una larga historia de vida que tuvo momentos de sacrificio y de felicidad. Durante varios años siguió con la actividad del taller que había comprado hasta que, en un momento, de la mano de los propios avances del oficio y de los cambios que proponía la industria automotriz, tomó la decisión de mudar el taller a otro espacio físico. Fue así que, ya con su hijo mayor trabajando con él, adquirió un terreno y comenzó a construir el taller donde trabajan en el presente, siempre en la zona del Cruce de Caminos. El taller siguió teniendo el mismo nombre en una clara señal de gratitud a aquellos que le permitieron aprender y dar los primeros pasos en el oficio que ama. "Nunca quisimos cambiarle el nombre", afirma.
Sus pilares
Todo lo que pudo construir en el plano laboral siente que no hubiera sido posible sin el acompañamiento incondicional de su familia. Tomás está casado con Graciela Mucari, una mujer de raíces libanesas de la que se enamoró siendo muy joven. "Nos conocimos en el barrio Acevedo. Yo vivía en Guido y Güemes y cuando volvía para mi casa lo hacía por Vélez Sarsfield, cruzaba el puente del Ferrocarril y ella vivía a media cuadra. Ella no me veía, pero yo la miraba".
Este año, el 10 de noviembre, van a cumplir 50 años de casados. "Serán nuestras Bodas de Oro", señala y se emociona al mencionarlo. Mira a su esposa que lo acompaña en la entrevista con el amor y la complicidad del primer día. "Hemos sido y somos muy felices juntos", resalta. Y recuerda: "Ella estudiaba con una prima mía, mis padres eran grandes floristas y decidieron poner un negocio que fue el primero del barrio Acevedo dedicado a la venta de plantas. El día de la inauguración, mi prima Liliana la invitó, así que en ese pequeño festejo nos encontramos, y ya no nos separamos nunca".
"Su familia tenía negocio de perfumería, librería, el local era conocido como 'lo de Don Anselmo Mucari', y su papá era peluquero. Era una familia muy querida del barrio", agrega y comenta que se pusieron de novios y se casaron siete años después. "Todo el barrio Acevedo fue a vernos a la Parroquia San Roque el día que contrajimos matrimonio", dice, conmovido.
Pasaron cinco décadas casi, de ese momento que marcó el destino de sus vidas para siempre. "Conformamos nuestra familia y siempre nos acompañamos en nuestros proyectos personales, realmente convivimos, con todo lo que nos propuso la vida".
Tienen dos hijos: Guillermo (48) que trabaja en el taller, está casado con Patricia Franetovich; y Germán Enrique (47) que tiene la regalería Líbano, junto a su esposa Lorena Musso. Tienen dos nietos Ezequiel David (21) que estudia en Rosario y Tobías Tomás (17) que está terminando el colegio secundario.
"Armamos una linda familia. Ese es mi verdadero pilar y el sostén de todo lo demás", resalta. Y cuando lo dice recuerda el tiempo en que los chicos eran chicos y había que hacer algunos sacrificios para poder brindarles lo mejor y asegurarles que no les faltara nada de lo necesario para que pudieran desarrollarse. "Mi esposa me ayudó muchísimo. Vivíamos en el barrio Malvinas, donde criamos a nuestros hijos, y para darme una mano ella armó la regalería Líbano en casa. Con el paso de los años, cuando el negocio ya se había cerrado, la familia Apesteguía le propuso a Germán abrir el negocio en el Complejo LA OPINION Plaza y no dudamos en decir que sí; en verdad Graciela aceptó y acompañó a los chicos hasta que ellos finalmente tomaron la posta. Hoy Germán y su esposa están al frente del negocio, un rubro que amamos porque tiene mucho que ver con las raíces de Graciela y con las de nuestra familia", expresa, este hombre que en el futuro se ve trabajando como hoy, aunque con la tranquilidad que da el saber que su hijo Guillermo conoce el oficio como la palma de la mano y ha sabido dotar al taller de cambios necesarios para acompañar la transformación del rubro. "Mi oficio cambió mucho, pero siento la misma curiosidad del primer día, así que deseo seguir trabajando. No me quedé con la reparación de coches simples, contamos con tecnología y supimos acompañar los cambios que se fueron dando en la electricidad del automóvil. Mi hijo ha aportado mucho y es una tranquilidad saber que él está conmigo".
Agradece la fidelidad de la clientela. "Somos conocidos en Pergamino porque tenemos una trayectoria y trabajamos con mucha seriedad y compromiso. Respetamos al cliente que es el que necesita que le demos una solución".
Pequeños grandes placeres
Cuando no está trabajando le gusta salir con su mujer. "Cuando podemos viajar, viajamos, pero si no, nos gusta sentarnos en cualquier cafecito a conversar. También recibir a nuestros hijos en casa y pasar tiempo con un grupo de matrimonios amigos".
"Tengo amistades que valoro y muchos conocidos por mi trabajo, valoro mucho la confianza", resalta y confiesa que su principal lugar de refugio es esa familia que construyó y de la que disfruta plenamente.
Vocación de dar
A lo largo de su vida y fiel a una profunda vocación de servicio, encontró el modo de colaborar con la vida de su comunidad. Participó del armado del Club Cruce de Caminos, colaboró con la Policía Caminera y desde el taller siempre impulsó la conformación de comisiones para lograr la ejecución de obras para el barrio. "Recuerdo cómo con el apoyo de mucha gente se construyó la Parroquia Nuestra Señora del Luján en un terreno que había sido donado por un vecino", comenta.
"También participé del armado de la Asociación de Talleristas de Reparación de Automotores de Pergamino. Fui uno de los pioneros para nuclear en esa entidad a propietarios de talleres que no teníamos otro espacio de representación", menciona y asegura que siempre le gustó el voluntariado como vehículo para impulsar el bien común.
"En cada emprendimiento arrancamos de la nada, siempre con el espíritu de colaborar, dando una mano en todo lo que estuviera a nuestro alcance", recalca.
La mejor cosecha
Todo eso que dio desde cada lugar en el que estuvo, lo hizo poniendo lo mejor de sí. Quizás por eso la vida lo recompensó con la mejor cosecha de esa siembra desinteresada. Nunca le interesó ganar protagonismo para sí, sino forjar un porvenir para los suyos y crecer en la senda elegida. Una mirada retrospectiva de su historia de vida le deja el mejor balance. Sobre el final, cuando la charla le propone esa reflexión, vuelve sobre su oficio para destacar que "le ha dado todo". También hace referencia a su familia, para confesar: "Fueron y son la razón de mi vida". Vuelve a ser aquel niño que le ponía luces a los coches cuando mira el pasado, y es un hombre de bien cuando se mira a sí mismo y observa el camino transitado hasta acá. "He tenido una vida hermosa. Tengo una mujer increíble a mi lado. Nuestros hijos han armado su propio camino y de algún modo han seguido nuestros pasos. Nuestra siembra ha dado sus frutos, no podemos pedir nada más", concluye, fiel a aquella esencia que lo define como un hombre de buen obrar que con determinación supo moldear su destino en coincidencia con sus valores.