domingo 12 de abril de 2026

Andrés Magrini: la honestidad como sello de su hacer en el oficio y en la vida

Su pasión por la mecánica lo llevó a desplegar esa tarea durante muchos años. Luego abrió un comercio de “Todo por 2 pesos”, que abarcó diversos rubros.

12 de abril de 2026 - 07:18

Andrés Narciso Magrini es conocido por todos como “Cacho”. Adoptó ese apodo en su infancia. Fue el hijo del medio del matrimonio de sus padres Guido Magrini y Paulina Cabrera. “Ana Raquel y Miguel Angel fueron mis hermanos y lamentablemente ambos ya han fallecido”, refiere en el inicio de la entrevista en la que delinea su Perfil. Es cálido al hablar y siempre mira a los ojos. La honestidad aparece en él como un rasgo intrínseco en sus raíces. “Mis padres me enseñaron a transitar por la senda de hacer las cosas bien”, señala y los recuerda. “Mi viejo siempre se dedicó al campo, a las tareas rurales y mi mamá fue ama de casa y realizaba tareas de costura para empresas de la industria de la confección”.

El 24 de abril cumplirá sus 76 años y es dueño de una historia de vida en la que el esfuerzo, la dedicación sostenida y la convicción de que solo se progresa trabajando, ocuparon un lugar fundamental y se erigieron en los pilares que le permitieron forjar su destino. Cree en aquellas cosas que ve, sabe que nada se consigue sin perseverancia y agradece el camino recorrido y los aprendizajes que el paso del tiempo le han permitido construir en cada dimensión de su vida.

Nació, se crió y vive en el barrio Vicente López. Su biografía personal está inscripta en ese lugar que ha cambiado mucho su fisionomía y, sin embargo, conserva tanto de “barrio”.

“Crecí del otro lado, en cercanías de la Iglesia San Vicente. Había muchos terrenos baldíos que ya no existen. Hoy vivo más cerca de Santa Rita”, refiere, recordando las anécdotas de la infancia, el tiempo compartido con “los chicos del barrio” y su paso por la Escuela N° 17.

“Allí hice la primaria y luego, durante dos años, fui al Colegio Industrial”, cuenta. Y prosigue: “Pero lamentablemente no me gustaba estudiar, así que desistí de continuar, y comencé a trabajar”.

La mecánica su pasión

Admite que desde siempre sintió atracción por la mecánica. “Mi primer empleo fue en un taller al que mi padre había llevado a reparar un auto que había comprado para ir al campo. Yo lo acompañé, me gustó, comencé a ir y me fui quedando, hasta que me propusieron si quería trabajar. Era el taller de la firma Polizzi- Casessi, el lugar donde aprendí el oficio”.

“Trabajé con ellos hasta los 18 años. En 1970 ingresé a la concesionaria Peugeot, que se llamaba ‘Pergaauto’. Estuve allí hasta 1976, siempre trabajando como mecánico. Incluso desde la concesionaria me mandaron a Buenos Aires, a realizar capacitaciones en la Escuela Técnica de Peugeot. Fue una experiencia de enorme aprendizaje. Tomé cursos de motor, caja, diferenciales, tren delantero, frenos, suspensión, aprendí muchísimas cosas y accedí a conocimientos muy actualizados” recuerda.

Asegura que “menos electricidad y chapa y pintura”, hizo de todo en la mecánica. “Me apasionaba, me gustaba aprender y trabajar de lo que había elegido”, resalta.

El taller propio

Con el paso de los años, su familia ya consolidada y un oficio que amaba, tomó la decisión de dejar la concesionaria y volcarse a trabajar de lleno de manera independiente. Para entonces, ya había comenzado a realizar algunos trabajos particulares en su tiempo libre. “Había armado un pequeño taller en casa de mis padres, era algo muy chiquito, con capacidad solo para tres autos. Pero tenía muchos clientes que me pedían que les atendiera sus vehículos, así que en un momento tomé la decisión de dejar la concesionaria y arrancar de lleno por mi cuenta”, relata.

“Al principio seguía trabajando en lo de mis viejos, comenzaron a llegar más clientes. Establecí una sociedad con Néstor Calderón, una gran persona, mudamos el taller a un lugar que alquilábamos y tiempo después construimos el galpón en un terreno que yo había comprado”.

Esa sociedad laboral perduró durante muchos años. “En un momento nos separamos porque mi socio, en 1995, tomó la determinación personal de cambiar de rubro. Con nosotros trabajaba un muchacho que hacía electricidad, pero él lo hacía por su cuenta. Así que cuando se disolvió la sociedad, yo seguí trabajando solo en el taller”, agrega, recordando la innumerable cantidad de clientes, el vínculo de amistad establecido con varios de ellos y la fidelidad que rescata como la gran recompensa por una tarea dedicada que siempre intentó llevar delante de modo responsable.

“Un momento de gran amargura lo viví en la gran inundación de Pergamino, cuando el agua me encontró con autos de mis clientes en el taller”, menciona recreando una vivencia que quedó grabada en su memoria. “Tenía clientes de distintas localidades que viajaban a Pergamino para traer a reparar sus vehículos, la clientela siempre fue muy fiel”, añade.

Trabajó como mecánico hasta el año 1999 en que tomó la decisión de dejar el oficio y reconvertir su actividad laboral a otro rubro.

“Todo por 2 pesos”

En aquellos años, la irrupción de comercios de “Todo por 2 pesos” se instalaba como una tendencia comercial interesante. Andrés había construido un salón sobre el mismo bulevar donde tenía emplazado el taller y tomó la decisión de abrir un local. “Abrimos y comencé a atenderlo yo. Por ese entonces nació mi primer nieto. Dejé las pinzas del taller un día, y al siguiente, estaba al frente del negocio en el que vendíamos todo tipo de productos”, sostiene.

“El rubro era un furor en esa época. Y además en el barrio no había demasiados negocios, así que nos fue muy bien”, destaca.

“Con mi familia trabajamos mucho en el negocio, al ‘Todo por 2 pesos’ original le fuimos anexando otras cosas, llegamos a vender artículos de librería, bijouterie, mercería y ropa”, comenta, señalando: “El negocio requiere de mucha dedicación. Es sacrificada la vida en un comercio, porque hay que estar y mantenerse siempre actualizado con lo que la gente necesita”.

“Lo tuvimos hasta el año 2020 cuando, al comenzar la pandemia, mis hijos me pidieron que dejara de trabajar”, refiere. Y abunda: “La cuarentena nos obligó a cerrar las puertas por unos días, ese fue como el pasaporte al retiro, y ya no volví. Fui vendiendo lo que quedó, pero ya no tenemos el negocio”.

La columna vertebral

El eje de su relato está puesto en su familia, en lo que representa para él ese núcleo afectivo imprescindible. Tanto cuando habla de su trabajo como cuando cuenta las vivencias de su vida personal, los suyos representan esa base que alimenta el alma de Andrés.

“Estoy casado con Ana María, una mujer con la que comparto mi vida desde hace casi 54 años. Nos conocimos en el barrio, éramos vecinos, su mamá tenía un almacén muy conocido, y compartíamos amigos en común. Estuvimos seis años de novios y nos casamos”, relata, comentando que ella fue profesora de dibujo, pintura y cerámica, amante de la lectura y muy activa.

Tienen dos hijos: María de los Angeles (52), que es instrumentista quirúrgica, aunque no ejerce y está casada con Silvio Mendi; y Diego Hernán (49), dueño de la sandwichería Avenida, casado con Gabriela Illia.

“Soy abuelo de cuatro nietos: Santiago, que es ingeniero agrónomo, Sofía, que estudia Medicina; Valentina, que estudia en la Universidad de Palermo; y Luca que está en el secundario en Maristas”, señala. Y aparece de inmediato un brillo en la mirada, de esos que surgen cada vez que una conversación llega al punto esencial de las cosas: el amor incondicional.

“Son la luz de nuestros ojos los nietos. Los hemos disfrutado y acompañado mucho. Es un amor inmenso, nos llenan de alegría”, recalca.

Reconoce que en la medida de sus posibilidades y a pesar de haber trabajado siempre muchas horas, ha sido un papá y un abuelo presente. “He intentado estar siempre para ellos. Mi hija estudió en Oliveros, mi hijo no quiso seguir estudiando, armó su negocio y jugó al fútbol. Cuando él jugaba para Douglas los sábados cerraba el taller, me bañaba y salía para Buenos Aires a ver los partidos y lo traía conmigo de regreso para llegar en el horario en que él abría la sandwichería”, recrea, satisfecho de verlos realizados y felices. “Están encaminados y eso como padres y como abuelos nos da una enorme tranquilidad”, reconoce.

En el terreno de los afectos, es una persona que siempre cultivó vínculos perdurables. “Crecí con Carlos y Jorge Abud, éste último trabajó conmigo en el taller. Se criaron en casa, su mamá que trabajaba en Annan los dejaba a diario al cuidado de mi mamá. Lamentablemente Jorge falleció en un accidente, lo quería todo el mundo, y para mí era como un hermano”, relata hablando del valor de la amistad.

Acompañar y sostener

Desde hace unos años, su esposa atraviesa una situación de deterioro en su salud que comenzó y se agudizó luego de la pandemia. “Lo que le sucede le ha hecho perder bastante autonomía, así que la acompaño y la asisto en todo lo que necesita”, señala Andrés reservando para sí detalles de un proceso doloroso, que acepta con entereza. Y de inmediato su mirada se detiene sobre los cuadros que están cuidadosamente dispuestos en el living de su casa: “Todos estos cuadros los pintó Ana María, le encantaba pintar y hacer cerámica”, afirma Andrés.

A mano con la vida

Cuando la conversación casi termina y la pregunta lo invita a mirar hacia atrás, el camino recorrido le muestra una senda de esfuerzo, sacrificio y recompensa: “Lo mío ha sido trabajar, trabajar y trabajar. No he tenido otra opción. El trabajo ha sido la llave para que los chicos pudieran estudiar y hacer lo que eligieron. He andado por la línea del esfuerzo, sin deberle nada a nadie. Creo que he sido una persona honrada, eso me enseñaron mis padres, y eso le enseñé yo a mis hijos. Todo ha sido a pulmón y tengo la satisfacción de tener algo impagable: la familia. No puedo pedirle nada más a la vida”, concluye, con una sonrisa, agradecida.

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