El barrio, algo más que un lugar
Nancy vive en el barrio Villa Progreso. “La vida me llevó a saber por qué elegí este lugar para vivir”, afirma, reconociendo que en su infancia tuvo varias mudanzas, catorce en total. “Internamente siempre sentí el deseo de volver al que fue el barrio en el que mis padres tuvieron la primera casa propia en Colombia y Santiago del Estero”.
“Cuando compré la que hoy es mi casa, que queda muy cerca de aquella, pedí permiso, entré y fui a buscar a Nancy que había quedado allí, fui a sanar a esa niña interior”, cuenta, conmovida.
“Cuando con el papá de mis hijos nos separamos y vendimos la casa en la que vivíamos, en 3 de Febrero y San Nicolás, regresé al barrio, a los años dorados de la infancia, y me reencontré con todo lo que yo había dejado ahí”.
En el lugar en el que vive hoy, crecieron sus hijos Agustín (34) y Manuel(33), a los que define como sus “dos grandes amores”.
“Al llegar a esta casa que estaba para demoler, y al mirar hacia el este, respiré y sentí que este era el lugar. Y aquí estoy, hoy que este espacio me ha quedado un poco grande y en el que vivo con uno de mis hijos, Agustín, y con Tasmania, el perro que me acompaña a todas partes”, prosigue.
Por razones que conscientemente desconocía Nancy siempre estaba regresando al barrio. “Pensaba que solo regresaba porque Manuel venía a visitar a sus amigos. ’Me voy al barrio’ me decía siendo un niño y yo lo acompañaba”, cuenta.
“Cuando en 2022 empecé a trabajar en el inconsciente biológico de mi vida contemporánea y la de mis ancestros, descubrí el dolor que sintió mi mamá al mudarse, también descubrí que mi abuela materna también había tenido su casa en el barrio”, abunda
Su trayectoria y la vocación
Yendo hacia atrás, al recrear su infancia, cuenta que inició su escuela primaria en la Escuela N° 62. “Allí hice primer grado y séptimo, el resto fue andar de escuela en escuela cada año, acompañando las mudanzas de mis padres. Fue bastante traumático para mí porque sentía que no podía hacer amigos. El tiempo me mostró que sí había podido hacerlos, porque conservo vínculos con varios de ellos”.
“Cuando pude elegir donde estudiar, quise ir al Colegio Normal, donde hice el secundario y la carrera terciaria. Cuando me recibí de maestra de primaria, volví a la Escuela N° 62, mi escuela de niña, de algún modo fui cerrando ciclos y de hecho me jubilé como docente allí también”.
Su paso por la docencia fue provechoso. “Me gustaba mi trabajo. Yo pensaba que mi vocación venía del amor que siempre había sentido por los niños. Con el tiempo descubrí que mi madre había querido ser maestra”.
“Cuando elegí la carrera buscaba algo que me permitiera recibirme y trabajar. Yo en verdad me quería casar, consideraba que la carrera de la vida era casarse y tener hijos. Eso hice. Me casé con el papá de mis hijos, con el que me había puesto de novio a los 16 años. Fue una historia difícil, que pude sanar”, relata.
“Criando hijos, dediqué a la docencia solo parte de mi tiempo. Y cuando me separé, tomé más horas”, señala, recreando la experiencia laboral en distintas instituciones educativas: “Trabajé en el Colegio Maristas, le estoy eternamente agradecida a esa institución a la que renuncié cuando decidí ser mamá para poder trabajar más cerca de casa. Trabajé en la Escuela N°1, luego en la Escuela N° 2 y ya divorciada, titularicé en la Escuela N° 5, y cuando cumplí mis 50 años, me jubilé en la Escuela N° 62”.
De su paso por cada lugar rescata el vínculo con sus alumnos, el trato con sus pares y la experiencia enriquecedora con el ejercicio de una tarea noble como la de “enseñar y aprender”, dentro y fuera del aula.
El yoga
En paralelo a la actividad docente, Nancy dedicó buena parte de su vida al yoga. “Comencé a los 21 años tomando clases con Graciela Davreux, a quien me emociona recordar, tuve el honor de reemplazarla y comencé a estudiar el profesorado porque quería dar clases en casa. Seguí incursionando en otras escuelas, fui representante de varias de ellas, hasta que me independicé y hoy pertenezco a una federación internacional que certifica los títulos de la formación que brindo”.
“El yoga es mi camino de vida, y ahora también, la bioexistencia consciente”, expresa. Y abunda: “Mi encuentro con esto último se dio en la búsqueda de un síntoma y ha transformado mi vida”.
Una dura prueba para sanar
A los 33 años, luego de haberse divorciado, atravesó dos cánceres, uno de mamás y otro óseo. “Fue una experiencia muy difícil, mi amado Enrique Rego, que era mi médico, me acompañó muchísimo. También una pareja, Walter, su familia y la mía fueron mi sostén. Me daban cinco meses de vida y un día, viendo cómo me lloraban, les dije: ‘Estoy viva. Dios me dio dos hijos y sabe que los tengo que criar, no me voy a morir’”.
“En ese momento sentí que recuperaba el poder y comencé a sanar. Hacía quimioterapia, pero también meditaba, hacía afirmaciones, medicina Hamer, terapias florales, todo acompañando el tratamiento convencional que era la quimioterapia”, relata. Y continúa: “Le hablaba a mis células y les pedía que se ordenaran”.
“Tomé el poder de mi vida. Y confiaba en mis médicos, en Crescencia, me valí de todas las herramientas que estaban a mi alcance. Recuerdo que Susana Tor, a quien honro, me mandaba comida gratis para que pudiera hacer el tratamiento. Abandoné la idea inicial de resistirme al tratamiento pensando que sólo la fe me iba a salvar, y entendí que somos un cuerpo biológico, pero también un cuerpo emocional y mental y que todo debía integrarse”, describe.
Recuperada de la enfermedad, considera que “si uno toma el poder de su vida, el cáncer es un gran maestro”.
“Amo el camino de sanación, tengo mi vida entregada a eso”, resalta y reconoce que el camino de la bioexistencia se abrió ante ella cuando descubrió que, si uno no sana de raíz, los síntomas no solo se van repitiendo y agravando, sino que se transmiten de generación en generación.
“En un momento comencé a experimentar un síntoma que era una incomprensible preocupación por mis hijos. Me costaba aceptar el modo de vida de ellos que son muy libres y viajeros. Así llegué a la bioexistencia, en el afán de sanar, y me enamoré”.
Guiar a los demás
En el presente además de dictar el profesorado de yoga, es consultora de bioexistencia “A través de un modo que los consultores aprendimos, uno va guiando a la persona, buscando la emoción que puede generar el síntoma en la historia, eso que está en cautiverio y no pudo ser soltado”, explica.
“Toda mi tarea está integrada, el yoga desde la conciencia, la bioexistencia, mi profunda convicción de que vinimos a la tierra a sanar. A eso le dedico mi vida, a seguir sanando y sanándonos”, insiste.
Vivir con sentido
Escuchar a Nancy resulta inspirador. Su historia y su modo de plantarse frente a la vida la definen como alguien que ha podido encontrar su propósito. Todo en ella tiene sentido. Desde el modo en que se expresa hasta la manera en que concibe cada cosa que le sucede. Vive en un entorno acogedor.
“He aprendido a disfrutar. Leo, estudio, trabajo, me reconforta pasar tiempo con mi gente, creo en el apego, pero no en la dependencia afectiva”, refiere.
Ama el lugar en el que vive. “Amo mi casa, mis plantas, admiro a mi mamá y soy muy compañera de mis hermanas. Sigo aprendiendo, entiendo que las almas vienen con una mochila a la escuela de la tierra a aprender. Eso le enseñé a mis hijos cuando eran pequeños, y esa sigue siendo mi filosofía de vida. De niña quería volar. Y de anciana me imagino siendo una especie de ‘chamana’, de pelo largo y blanco a la que le gusta ayudar a los demás, brindarse, y disfrutar del cielo y de las estrellas”, expresa sobre el final esta mujer a la que la vida le ha enseñado a disfrutar de un estado de “solitud” que diferencia del de “soledad” porque en ese espacio no hay demandas, ni reclamos, solo un tiempo para conocerse, compartir con otros, aprender y seguir sanando de manera consciente y amorosa.