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Hugo Mesonero: un hombre apegado a sus afectos y un marcado compromiso social

7 de octubre de 2018 - 00:00

Nació y creció en la localidad de Rancagua, donde tanto su padre como él colaboraron activamente con las instituciones. Durante 46 años trabajó en la firma Palaversich y hoy ya retirado de la actividad laboral formal, administra campos familiares y disfruta del tiempo libre con los suyos. Fiel a sus raíces hizo de la honestidad y la perseverancia los pilares para alcanzar sus metas.


Hugo Osvaldo Mesonero nació un 30 de noviembre en la localidad de Rancagua, lugar por el que siente un apego entrañable. Con 66 años tiene una rica historia de vida. Sus padres Faustino y Elisia eran oriundos de Arroyo Dulce y se establecieron en un campo en Rancagua para abocarse a las tareas rurales. Tuvo un hermano más chico, Miguel Angel, que falleció. Crecieron en un ambiente sencillo y de trabajo. Fue a la escuela primaria y secundaria en el pueblo. “Mi papá fue uno de los fundadores del Instituto Comercial Rancagua, él tenía un fuerte compromiso social, estaba en la comisión del club, en la cooperativa, en la comisión de fomento y yo de algún modo seguí sus pasos”, refiere en el comienzo de la charla.

“Ya en el colegio secundario integré el centro de estudiantes, la escuela era nueva y había muchas cosas por hacer”, cuenta y recuerda las múltiples iniciativas que pusieron en marcha para reu-nir los recursos, entre ellas una obra de teatro de la que participó. “Me había recibido de profesor de dibujo y pintura y con otra chica hicimos el telón de la escenografía, fue una experiencia que recuerdo siempre”, agrega.

Tiene un profundo amor por su escuela, un lugar al que asistían los chicos de la localidad, de Arroyo Dulce y Pergamino y que vio conformarse desde sus orígenes. “Cuando todavía era chico también colaboraba con el Club Argentino, jugué al fútbol como defensor y además hice atletismo en el colegio”, agrega este hombre que de joven siempre se mostró inquieto por la participación.

“Formé una comisión de jóvenes del Club e integré la Juventud Agraria Cooperativista, donde también hicimos otra obra de teatro protagonizada por chicos que éramos del campo, fue mucho el entusiasmo en el pueblo y el día que la estrenamos se colmaron las instalaciones del club; incluso salimos por los pueblos con esa obra para colaborar con las instituciones”.

Estando en cuarto año recibieron un llamado del delegado municipal de entonces, Pedro Ansich, quien les señaló que la Municipalidad estaba interesada en crear la liga rural de fútbol. “Quería que nosotros, Víctor Pellieri, Horacio Satuf y yo  nos ocupáramos de que Rancagua formara parte del campeonato. Tomamos la posta veníamos a las reuniones, acomodamos la cancha y trabajamos mucho teniendo apenas 17 años”, cuenta.

Su historia laboral

Cuando egresó del colegio secundario comenzó otra etapa de la vida y se alejó un poco de las actividades sociales. “Me fui a trabajar a Viña, estuve tres meses en una empresa cerealista; después volví a Rancagua para trabajar en la cooperativa; y a los 20 años me mudé a Pergamino”.

Establecido en la ciudad ingresó a la firma Palaversich, donde trabajó hasta hace pocos meses. Asegura que le hubiera gustado ser ingeniero agrónomo y se muestra agradecido a la vida por cuanto sin haber estudiado, tuvo la posibilidad de crecer y desarrollarse en tareas cercanas a esa vocación. “Me tocó trabajar vinculado al campo, y en la empresa hice todo tipo de tareas;  comencé haciendo los mandados y alguna tarea administrativa. Me dieron una camioneta con la que  llevaba semillas al ferrocarril y realizaba distintas tareas. Después pasé a la parte comercial, fui gerente de ventas, hice contabilidad, laboratorio; digamos que pasé por diferentes áreas. Cuando la empresa se vendió asumí los desafíos de una nueva etapa y así estuve trabajando 46 años en el mismo lugar”, refiere.

Asegura que en su empleo cosechó no solo aprendizajes sino innumerable cantidad de amigos y compañeros. “Me pasaron tantas cosas en esos años, en la empresa se criaron mis hijos, conocí gente maravillosa y observé cómo una empresa que se hizo grande seguía manteniendo su esencia. Hace tres meses que ya no trabajo y me quedaron muchos afectos y una camaradería con la gente que conocí.

“En tantos años experimenté cosas buenas y malas. Las anécdotas son innumerables. Gracias a mi trabajo tuve un buen pasar y recibí muchas gratificaciones. A los 10 años me dieron una medalla de reconocimiento; a los 40 me regalaron un viaje a Europa y ahora tengo un viaje pendiente que me obsequiaron en la fiesta de fin de año por mi trayectoria”.

La familia y la comunidad

A la par del desarrollo laboral, Hugo supo conformar una familia que tiene sus valores.  Habla de sus hijos y nietos con orgullo. “Cuando vine a Pergamino estaba soltero, después me casé, tuve tres hijos: Mauricio que es arquitecto y está en pareja con Bárbara y tiene un hijo que se llama Faustino. Germán, que estudió Música y es técnico en computación,  está en pareja con Julieta y  tienen una nena que se llama Indara; y Noelia, que estudió diseño integral e hizo actividades de fotografía, trabaja en un comercio, está en pareja con ‘Tati’ y tienen mellizos: Boris y Greta”.

“A lo largo de sus vidas, mis hijos hicieron distintas actividades, jugaron al fútbol y participaron de varias actividades. Yo siempre fui acompañándolos.  Me conozco las canchas de fútbol, las iglesias y los teatros”, refiere confesando que siempre le gustó y eligió seguir de cerca sus pasos.

Eso de algún modo volvió a vincularlo con las instituciones, fiel a su compromiso social. “Ayudé en la Escuela Nº 62 donde hicieron la primaria mis hijos; también tuve participación en el Club Comunicaciones, donde fui presidente del fútbol infantil  e integré la comisión directiva durante muchos años y tuve un cargo importante por el fallecimiento del presidente durante un período muy corto. Además integré la Liga Infantil de Fútbol y estuve en la Liga mayor cuando me convocó a trabajar mi amigo Luis Recines. La pasé bien y fue una experiencia nueva, desarrollé una actividad que me gustó y de cada lugar coseché buenos amigos”.

Es hincha fanático de San Lorenzo, el equipo de fútbol de su padre y el que por alguna razón abrazó gran parte de su familia y afectos cercanos.

Actualmente está casado con Rosana Cabrera, que también es hincha de San Lorenzo y por sobre todas las cosas es una mujer incondicional que ha sabido acompañarlo. “Cuando nos conocimos ya éramos grandes, no tuvimos hijos, pero los míos son como si fueran de ella porque se quieren mucho”, destaca.

La jubilación

Aunque está jubilado desde hace un tiempo, recién hace tres meses que abandonó la rutina laboral, lo que le significó un profundo cambio de rutinas y costumbres. “Fueron años muy intensos, en el trabajo experimenté los cambios que se dieron con la inclusión de la tecnología; pasé buenos momentos y años muy difíciles dentro de la empresa. Yo que tenía un puesto jerárquico  y sufrí algunas decisiones que hubo que tomar en circunstancias del país sumamente complejas.  Después cuando cambiaron las condiciones de la economía, resurgió el campo y la empresa volvió a crecer”.

Fue un apasionado de su trabajo: “Se daba así la circunstancia, lo requería el momento porque había mucha actividad”.

En su nueva etapa, reconoce que le costó acostumbrarse a sus nuevas rutinas y recuerda que fue uno de sus hijos el que al retirarse de la empresa publicó en las redes sociales un cálculo que señalaba que había abierto la puerta de la empresa unas 17 mil veces en tantos años.

“Hace tres meses que me retiré y ahora estoy bien. Tengo la suerte de que los campos de la familia siguen existiendo, se trabajan en sociedad y como la gente se ha hecho grande me han dado a mí la posibilidad de administrarlos, así que disfruto de esa tarea”.

En el tiempo libre sale a caminar, honra “ese ratito de siesta” y las tardes transcurren sin rutinas establecidas. Disfruta de acomodar el parque de su casa y mantener las plantas. Viaja a Arroyo Dulce y comparte tiempo con uno de sus tíos solteros que quedó viviendo en el campo, dándole una mano en todo lo que está a su alcance.

Celebra la relación con sus nietos y ama viajar. Ha tenido la posibilidad de hacerlo y planifica nuevos itinerarios. Es un conocedor de la geografía del país y fantasea con que su próximo destino pueda ser conocer los Esteros del Iberá.

El apego a los afectos

Aunque no vuelve seguido a Rancagua, cada vez que lo hace lo inunda la nostalgia. “Cada vez que voy veo que el pueblo está lindo y cambiado. Nosotros nos tuvimos que ir porque no había mucha actividad, hoy tiene un empuje increíble y está poblado por gente que lo elige porque es un lugar tranquilo.

“Cuando vuelvo al colegio siento orgullo y nostalgia, los recuerdos que tengo de la secundaria no se me van a borrar de la cabeza. Con algunos amigos como Ricardo Vázquez que vive en Rosario he tenido la posibilidad de reencontrarme”, señala.

En la continuidad del relato menciona que cuando se cumplieron los 40 años de egresados la dirección del establecimiento los reunió junto a los profesores para recrear las vivencias estudiantiles. Volver al aula lo acercó a recuerdos imborrables y los volvió a nuclear en un lazo de amistad que no se había perdido con los años.

Se reconoce como un hombre apegado a los afectos y su sensibilidad queda a flor de piel cuando habla de su gente más querida. En la familia y los amigos encuentra sus bases de sustentación y la honradez ha sido y es su filosofía de vida. También la perseverancia, un valor que asegura, le permitió alcanzar sus metas.

“Mi filosofía de vida es la honestidad. Después, la perseverancia y la voluntad de trabajo. Nunca me consideré el mejor sino un perseverante de mi trabajo y eso me llevó  a estar bien”, afirma.

Sobre el final y con una mirada retrospectiva, hace un paso rápido por su historia y concluye: “La vida me dejó los consejos de mi padre, el orgullo de mis hijos, la bonhomía de Rosana y el afecto de todas las personas que he conocido”.

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