Miguel en Italia había hecho hasta tercer grado. Su papá volvió a buscarlos y se vinieron en el barco, junto a su mamá y su hermano Juan. Fueron 31 días de viaje. El trayecto a Pergamino lo hicieron en tren. Bajaron con sus valijas y en el andén, comenzó una nueva vida. La familia había vuelto a reunirse y comenzaron a forjarse ese porvenir que venían a buscar en esta tierra. Llegaron el 11 de julio de 1951. El 7 de agosto de ese año Miguel cumplió sus 10 años. El día de San Cayetano, el patrono del trabajo, dice y esa referencia de algún modo signó su destino, ya que fue desde muy pequeño un gran trabajador.
A los tres días que llegué empecé a trabajar hasta el día de hoy, sin parar, cuenta. Su primera experiencia fue en la Mercería Pacífico, que funcionaba enfrente del Hotel de Roma. El padre de Pacífico tenía farmacia, había estado en mi casa en Italia y cuando vinimos, enseguida me convocó para trabajar con él. Yo iba a la Escuela Nº 1 y después me pasaron a la Nº 4, porque nosotros siempre vivimos en el barrio Acevedo.
En la mercería hacía de todo. Hablaba atravesado, pero algo del castellano entendía, me las fui arreglando para hacerme entender y para comprender lo que me pedían los clientes.
Era un loco de las bicicletas, pero no teníamos dinero para comprar una. Un día los comerciantes de la cuadra, que eran todos amigos me prestaron una para que diera una vuelta manzana. Estaba feliz. Lo que no me di cuenta es que me habían hecho una camita con la Policía. Cuando estoy volviendo, antes del Hotel de Roma, me para Canaleta el policía al que todos conocíamos y comienza a interrogarme. Me acusa de haber robado la bicicleta, complotado con los otros que miraban. Recuerdo que lo único que hice fue largarme a llorar, y en un italiano atravesado no lograba hacerme entender. Después me di cuenta que era una broma y durante mucho tiempo nos reímos de aquel episodio. Eran las bromas que se jugaban en aquel entonces, entre amigos.
A los 15 años ingresó a trabajar como cadete en la Casa Boo. De ahí fui progresando comercialmente. Me fueron a buscar de la Sedería Domingo, negocios todos muy tradicionales. Aprendí mucho trabajando en el comercio. Más tarde comencé en La Reina, una tienda de lujo en Pergamino, que funcionaba donde actualmente está el Banco Francés, relata.
Hacíamos desfiles, recuerdo que en uno de ellos vino Norma Beatriz Nolan, una Miss Universo que vino a desfilar. Los eventos se hacían en La Reina y también en ciudades vecinas. Yo era vendedor en la tienda, en el sector de telas y sábanas y llegué a ser encargado y viajaba a Buenos Aires a comprar mercadería. Siempre me tuvieron mucha confianza. Era una época brillante de la actividad comercial. La Reina tenía tres mil créditos y si fallaba alguno de pagar se contaban con los dedos de una mano. La gente de antes era así, muy cumplidora.
El centro era un lugar al que iba todo el mundo, había comercios muy importantes en distintos rubros. Estaba García López. Me acuerdo de todo, había mucho movimiento, refiere.
Su familia
Se casó a los 24 años con María del Valle Elías y comenzó a trabajar con su suegro que era un mayorista. Se llamaba Manuel Elías y tenía una posición muy acomodada. El me ayudó mucho, nos ayudó a construir la casa. Con su esposa habían sido vecinos desde chicos. Vivían en el barrio Acevedo, en calle Laprida. Estuvieron seis años de novios. Fruto del matrimonio tuvieron a sus dos hijas: Cecilia, que se recibió de radióloga pero nunca ejerció, es soltera y vive en Buenos Aires, donde tiene un maxi kiosco. Y Andrea que es profesora de Educación Física, está casada con Pablo Zarrabeitía, que es veterinario.
Es abuelo de Julián, su único nieto y la luz de sus ojos. Tiene 10 años y es el amor de su vida y un ser por el que dejó de lado muchas cosas. Nos adoramos, el sabe que es mi preferido y nos disfrutamos mucho, señala y se ilumina su mirada cuando habla de Julián y de las muchas cosas que comparten. Confiesa que el amor de abuelo no tiene comparación con otros. Es una experiencia extraordinaria que solo se siente cuando se vive. Soy muy afortunado y a pesar de las dificultades que uno ha tenido a lo largo de la vida, estoy donde tengo que estar, disfrutando de mi familia.
Un trabajador incansable
Miguel siempre trabajó a destajo. Muchas veces sin horario. Eso le permitió ser querido y reconocido por sus patrones y por sus pares. También por los clientes de los lugares en los que estuvo. Cuando falleció mi suegro trabajé unos años en la estación de servicio Puma que funcionaba en Ameghino y Paraguay. En 1981 los hermanos Capdevila tenían el depósito de Quilmes al lado de la estación. Allí los conocí. Se mudaron y yo me fui a trabajar con ellos en Quilmes. Con el tiempo nos establecimos frente a la Casa Auto donde tenían el depósito, relata. Siempre fui un gran trabajador, no falté un solo día. En 1986, Capdevila compró supermercados, algunos en Pergamino, otros en Colón y en Rojas. Yo trabajaba como encargado de esos comercios. Fueron años de mucho trabajo y se vendía cualquier cantidad.
También trabajé un tiempo en Líder, con Agosti y más tarde en el Supermercado Jardín, nunca estuve sin trabajar incluso ahora que estoy jubilado, le sigo dando una mano como amigo en todo lo que puedo a Capdevila, a Juan Carlos y a Guillermo que tienen la Panadería Flic. Ellos fueron siempre muy buenos conmigo y me ayudaron a crecer, yo no puedo más que retribuir ese apoyo incondicional porque siempre me han hecho sentir parte de la familia.
Cuando Capdevila vendió los supermercados, no le cobré ni un peso de indemnización porque mientras trabajé con ellos me cambiaban el auto cada dos o tres años y estuvieron atentos a que yo progresara. Siempre me reconocieron. Juan Carlos me quiere como si fuéramos hermanos, agrega y valora el acompañamiento que recibió en las épocas en que las cosas no marcharon bien.
Por fuera de su actividad laboral, desde siempre le gustó el fútbol y salvo una experiencia como director técnico de las inferiores de Douglas Haig, siempre fue espectador. Soy hincha de Douglas Haig y de Boca Juniors, como todo gringo, refiere y confiesa que le gusta ir a la cancha con su nieto.
Nostalgia
Nunca volvió a su tierra natal. Sus hermanos sí viajaron a Italia. En ese tiempo yo estaba trabajando y no pude viajar con ellos. No descarto poder hacerlo algún día, pero también es cierto que me da cierto temor enfrentarme con esas emociones tan fuertes. A uno de mis hermanos no le hizo bien volver a ese lugar. Yo imagino que me pasaría lo mismo porque me acuerdo hasta de las piedritas donde jugaba.
Sin ir, sabe que su casa está intacta. Que aún hay familia allí, esperando. Nuestra casa está igual, solo que quedó más atrás en el camino porque construyeron la ruta, pero la puerta y las ventanas son las mismas, acota con cierta nostalgia.
Pergaminense
El pasado y el presente se entrelazan en recuerdos y anécdotas. Nunca se abandona la condición de inmigrante y conserva las vivencias de entonces. Sin embargo, se siente pergaminense y ama este lugar en el que construyó su vida. Me siento muy reconocido y muy cómodo en esta ciudad. Todo el mundo me conoce, no hay lugar por el que vaya en el que no escuche a alguien que me dice gringo.
Tiene muchos amigos y es un cultor de la amistad. Varios de ellos pertenecen a la barra de la infancia, del tiempo en el que llegó a Pergamino. Se juntan cada vez que pueden y muchos de ellos también son italianos. Uno de mis amigos, Chiquito Traba fue la primera persona que conocí al llegar. Veníamos de la estación con las valijas y nos abrió las puertas de su casa en Laprida y San Lorenzo, allí nos hicimos amigos. Hoy vive en Córdoba y cada vez que viene nos reunimos. Con los que vivimos acá también hacemos reuniones cada tanto.
Siente que se es italiano para siempre. Pero se sabe pergaminense. No piensa en la vejez y recuerda con risa y cierta nostalgia las vivencias de su llegada a esta tierra: Mientras viva voy a recordar el día que fuimos a buscar al barco a la esposa de mi hermano Vicente, Ana Stivaletta. Se habían casado por foto, sin conocerse. Me veo como si fuera hoy junto a mi mamá y mis hermanos comparando la fotografía con la imagen de las mujeres que iban descendiendo del barco en la Dársena Norte. Cuando se encontraron se abrazaron y no se separaron más hasta que él murió hace poco. Fue una historia única. Bien de inmigrantes y bien de gringos. Yo la viví teniendo 13 años. Como esas tengo anécdotas a montones.
Buen conversador y de carácter amable, asegura que no piensa en la vejez y anhela sentirse activo hasta el último día de su vida. Sin grandes asignaturas pendientes y aferrado a una fe católica heredada de su condición de italiano que de niño fue monaguillo en la iglesia de su pueblo, sabe que quizás en su vida hubo aciertos y errores y vivencias que lo transformaron en la persona que es hoy, un hombre sencillo que anhela vivir tranquilamente en la tierra que hace ya muchos años lo recibió con los brazos abiertos, como a tantos.