Ayer celebró sus nueve décadas rodeado por sus seres más queridos. A lo largo de los años se dedicó a múltiples actividades y a todas las abrazó con pasión. En el balance aparece el haber superado las adversidades mirando hacia adelante con optimismo. En el presente, los afectos y el recuerdo de inolvidables experiencias.
R oque Adolfo Ramos cumplió ayer 90 años y los celebró tirando la casa por la ventana. La entrevista para trazar su perfil pergaminense se concretó unos días antes cuando los preparativos y las emociones del festejo estaban a flor de piel. Porque cumplir 90 años es agradecer la vida y honrarla, pero también hacer un balance del tiempo transcurrido y las experiencias vividas. Con alegrías y tristezas. También con ausencias y con la compañía incondicional y cotidiana de los seres queridos.
Roque nació en Colón, provincia de Buenos Aires, pero llegó a Pergamino cuando tenía 10 años, por lo que se considera un pergaminense. Su mamá murió en su ciudad natal cuando era apenas un niño de siete años a causa de una infección y con la voz entrecortada Roque admite no tener ningún recuerdo de ella que se llamaba Inés y tenía 26 años. Lo crió su papá, del que lleva su nombre. Y creció junto a sus hermanas Olga y Nélida, ambas fallecidas.
Su padre se había dedicado siempre a las tareas del campo y una lesión en el hombro le impidió seguir trabajando, por lo que cuando llegaron a Pergamino se dedicaba a vender billetes y pastillas en la estación General Paz, que estaba frente a la Plaza 25 de Mayo, y que después se instaló en la esquina de Pueyrredón y Merced. Roque tiene recuerdos de aquel tiempo de su infancia. La muerte de su mamá había dejado una huella en él, que aún perdura como esas pérdidas irreparables. Siguió adelante y solo fue haciéndose camino. Cuando vinieron a Pergamino se establecieron en varias direcciones, primero en Monteagudo al 1100, después en Italia, Rivadavia y a los 13 años, luego de visitar a un medio hermano que tenía por parte de su padre, se radicó en Manuel Ocampo, donde vivió durante muchos años. Casi sin conocer el lugar, me fui a trabajar de boyero, y me quedé hasta que me hice hombre. Allí conocí a mi compañera, Zulema del Alba Correa, nos pusimos de novios, nos casamos y nacieron nuestros hijos: dos de ellos en Manuel Ocampo y el más chico en Pergamino. Su mujer falleció hace ocho años. Nosotros habíamos sido amigos, nos encontrábamos a la hora de ir a trabajar. Ella era empleada doméstica y yo trabajaba en una licorería, como daba la casualidad que teníamos que ir para el mismo lado, empezamos a conversar como un juego de chicos, y al final nos pusimos de novios y terminamos compartiendo nuestras vidas juntos. Fuimos muy felices, relata.
Sus hijos son Inés, en pareja con Oscar Mansilla; Esteban, viudo de Mirta; y Roque, soltero. Tiene cuatro nietos: Sergio, Melina, Martín y Daiana y dos bisnietos: Mateo y Santino.
En Manuel Ocampo fue jornalero y nunca le molestó trabajar de lo que se podía. Así fue armando su vida y dándoles a los suyos una familia.
El fútbol, una pasión
Desde chico su pasión fue jugar al fútbol. Se inició siendo un niño en las categorías inferiores del Club Racing. Más tarde jugó en Provincial, en Juventud de la ciudad de Rojas y también en un equipo del norte.
Jugué hasta los 28 años, tanto de Provincial como de Juventud de Rojas, recuerdo a mis compañeros, tengo muy buenos recuerdos de mis épocas de jugador. Jugaba en la posición de 10 y me gustaba con locura. En Rojas me quebré y dejé de jugar, aunque seguía pateando en Ocampo en la Liga Independiente.
Siguiendo su pasión, y para resolver el malestar que le causaba el tener que haber abandonado las canchas tempranamente, a causa de la lesión, se dedicó a ser árbitro y cumplió esa función hasta 1985. Soy el árbitro más viejo de Pergamino y el año pasado cuando se celebraron los cien años de la Liga de Fútbol me entregaron un reconocimiento.
Asegura que seguiría siendo árbitro si no fuera por su edad y por los achaques del paso del tiempo. Bromea con la idea de que tendría que entrar a la cancha gateando. Reconoce que el fútbol fue para él una pasión y recuerda las épocas de viajar a distintas ciudades para jugar o para arbitrar el partido.
Es hincha de Independiente de Avellaneda, tuvo la oportunidad de ir a ver algunos partidos. Y siempre encontró el modo de alimentar ese amor por el deporte.
La mayor satisfacción que me dio el fútbol fue cuando Ocampo salió campeón en 1973. Yo no jugaba, era hincha. Incluso durante muchos años fuimos a ver los partidos, seguíamos el equipo a todos lados en un Citroën.
Grandes amigos
Es un hombre de grandes y buenos amigos. Algunos son del fútbol, otros son de Manuel Ocampo. Menciona a dos: Obdulio Galante, que es su amigo de la infancia; y Raúl di Loreto. Con ambos trata de juntarse cada vez que puede para celebrar la amistad que los une desde hace tantos años. Comparte con ellos lo simple y se nutre del recuerdo de las experiencias compartidas.
En el terreno de los afectos, también nombra a una familia muy humilde que conoció en Manuel Ocampo y que lo trataron como si fuera un hijo. Era un matrimonio, ella se llamaba María Alzogaray y él Bernardino Cejas, me adoptaron como a un hijo.
Pintor de obra
Cuando se radicó nuevamente en Pergamino trabajó como pintor de obras. Hasta hace tres o cuatro años esa fue su actividad laboral. Hace poco terminó de pintar su casa y acaba de estrenar el parrillero que fue construido con sus propias manos. Le gustó su trabajo y confiesa que le provoca bienestar el poder estar en actividad. Durante dieciséis años fue pintor en el Colegio San José de los Hermanos Maristas y también tuvo otros clientes, todos muy fieles. Mi satisfacción era salir a trabajar, siempre me tuvieron mucha confianza y yo les respondí haciendo bien las cosas, afirma.
Dejé de trabajar por mi edad y ahora estoy jubilado, agrega este hombre de gestos sencillos y conversación amena. Mira a los ojos cuando habla, escucha con atención y relata con facilidad sin sentirse interrogado. Se emociona cuando viene a la memoria algún recuerdo y eso le entrecorta la voz.
En familia
Actualmente vive solo en el barrio Centenario. Sin embargo, siempre está acompañado porque tiene la dicha de cocinar a diario para sus hijos y nietos. Un día de mi vida es muy tranquilo, cocino para mis hijos y para mis nietos todos los días porque es un ritual reunirnos a almorzar, cuenta con orgullo y se reconoce buen cocinero para los estofados, los guisos, las milanesas, los tallarines y el puchero. Confiesa que no le gusta demasiado el asado, pero señala que estrenó el parrillero hace unos días con un lechón. Independientemente del menú de lo que disfruta es de juntarse con los suyos y sentirlos cerca. Me hace feliz ver a los demás, a mi familia, a los amigos, estar con los chicos me hace feliz, confiesa mirando a su nieta que lo acompaña en la entrevista.
Cuando no está con sus hijos y nietos, disfruta de las rutinas de su casa solo. Está acostumbrado a mantener limpio el hogar y a entretenerse con hábitos sencillos. Convive con Lola, su perra, con la que tiene una complicidad que se traduce en las anécdotas. Ella es mi compañera, yo me acuesto a dormir y si a una determinada hora no me levanto, me viene a mirar y me toca, no se va hasta que no le hago caso.
Asegura que se lleva bien con la soledad, a la que se adaptó y que no tiene muy en cuenta el transcurso del tiempo: A la vejez no le doy artículo, para mí es como si tuviera 20 años, ando todo el día y uso el bastón por precaución, más de una vez lo pierdo andando por la casa. Igual me cuido.
Se reconoce como un hombre de buen carácter que no tiene días malos. Me miro al espejo y me digo a mí mismo: Hasta cuándo te voy a aguantar.
Siempre hacia adelante
No tiene asignaturas pendientes, aunque tuvo una infancia difícil, siempre consiguió el modo de ser feliz y de superar las adversidades con optimismo. Lamenta no recordar a su madre y tiene de su padre la referencia de que fue un buen hombre.
El también lo es y lo celebra. Se reconoce generoso. No le molesta compartir lo que tiene si cualquiera de sus seres queridos lo necesita. Si tengo algo y el otro no tiene, no dudo en partirlo por la mitad, porque desde chico aprendí a ser agradecido y a compartir, señala. Esa es la mayor enseñanza que desea dejarles a sus nietos, que sean agradecidos y sepan respetar.
Roque celebra la vida y sabe que ya transitó gran parte del camino. Se alegra por lo vivido y no tiene grandes anhelos. Dueño de una profunda fe en Dios tiene la convicción de que fue El el que me ha permitido vivir tantos años.
Dios va conmigo a todas partes, me acuesto y me levanto con él que ha sido muy bondadoso. No puedo pedir nada más, concluye.