Nació en una estancia en Roberto Cano en 1919. Acaba de cumplir 97 años. Fue modista y confeccionó varios vestidos de novia, incluido el suyo. Se casó con su primer novio, un hombre al que amó profundamente y con el que compartió la dicha de la familia. Hoy vive rodeada de sus afectos, sin asignaturas pendientes y disfrutando de lo simple.
A urelia Amanda Rebufo viuda de Crivelli tiene 97 años. Los cumplió el 1º de mayo, en coincidencia con el Día del Trabajador. Desde el comienzo de la entrevista se define como una mujer feliz y esa consideración acompaña toda la charla, lo mismo que su vida, como si la alegría fuera una condición que la distingue. También la picardía de sus bromas y el cuidado evidente por su aspecto. Está en la casa que habita desde 1953, donde atesora parte de su historia y donde vive rodeada de personas que la quieren entrañablemente y la cuidan como un tesoro. Sentada en un sillón en la cocina, disfruta con los suyos de las rutinas cotidianas. Se protege del frío con una mañanita y conserva el hábito de pintar sus uñas y sus labios porque una de las claves de la buena vejez es mantenerse sana, limpia y arregladita. Es coqueta y quienes la conocen dicen que siempre lo fue. De hecho se muestra reticente a salir de su casa para que nadie la vea vieja. Lleva con dignidad la vejez y se la ve jovial y saludable. Tiene la sonrisa de quien supo transitar por la vida de modo armonioso, disfrutando de lo que le presentaba a su paso.
Nació en la Estancia La víbora en Roberto Cano, en1919. Hija de Elisa, una italiana que había llegado de Venecia, y de Juan Bautista, argentino. Fue la menor de sus hermanos y por lo tanto la niña que creció al amparo de mimos y amor incondicional. Desde siempre fue muy trabajadora, como ella misma lo cuenta cuando menciona que nació en el Día de los Trabajadores. Vivió en el campo hasta los 10 años, cuando su familia se estableció en la ciudad de Rojas. Un año después dejó su condición de rojense y vino a Pergamino. Vivíamos en Echevarría y Moreno, allí viví parte de mi infancia y juventud. En esta ciudad mis hermanos habían comenzado a trabajar, así que nos establecimos acá en Pergamino, y aquí nos quedamos.
Todos los recuerdos que atesora de su infancia son lindos. He pasado una vida muy linda, tuve unos padres hermosos y un marido ejemplar, qué más puedo pedir, asegura esta mujer que inició su escolaridad en el campo y la terminó en la Escuela Nº 5 de Pergamino, que funcionaba sobre la Avenida. En mi condición de hermana menor siempre fui algo así como la niña mimada y acá estoy, viviendo mis 97 años con mucho amor y buena salud, refiere y se enorgullece del transcurso del tiempo.
Sus primeras puntadas y el amor
Las vivencias de juventud están acompañadas por recuerdos de paseos con amigas y una estrecha relación con su familia. Cuando terminó la escuela empezó a aprender costura. Se recuerda con 14 años por entonces. Su maestra fue Mauricia Carrera, que le enseñó con suma generosidad los secretos de la confección y siempre le dio posibilidades porque advirtió su talento. Era la tía de los artistas, de ella aprendí todo lo que sé de costura, me enseñó sin cobrarme un solo peso. A las demás chicas que iban les cobraba, pero a mí no. Primero aprendí y después, ya como oficiala, ella misma me pagaba.
En su condición de modista dedicó varios años de su vida a confeccionar prendas. Lo hacía desde su casa y aún conserva su máquina Singer. He confeccionado muchos vestidos de novia, se usaban con grandes detalles, cuenta y comenta que con sus propias manos creó su vestido de novia para casarse con quien fue el amor de su vida: Oreste Crivelli, un hombre vinculado a la comercialización de combustible con el que se casó cuando tenía 20 años.
Lo había conocido en la época en que ella iba a tomar sus clases de costura. El la acompañaba en sus caminatas hasta llegar a Estrada. Así surgió entre ellos el sentimiento que los acompañaría de por vida. El fue mi primer novio y el único que tuve, fue el amor de mi vida, tuvimos una relación preciosa y nos enamoramos mucho, refiere y hablando de su vestido de novia reconoce que desafío las sugerencias de muchos que la desalentaban a confeccionarlo porque aseguraban que traía mala suerte.
En mi caso eso nunca fue así. Yo tuve un matrimonio feliz y un marido precioso, afirma y acerca al relato un cuadro de la boda en la que se los ve enamorados y felices.
La boda llegó luego de cuatro años de noviazgo, cuando ella tenía 20 años y él 25. Aurelia recuerda que se casaron un 23 de diciembre en la Iglesia Merced y que su vestido tenía dos metros y medio de cola. Ahora las chicas se casan desnudas, bromea.
Tuvieron dos hijos: Elba, viuda de Luis Troiani; y Omar, separado y en pareja con Betty Tiseira. Es abuela de Marcelo; Mauro, casado con Mercedes; y Mariel, casada con Ariel. Tiene cinco bisnietos: Camilo, Lorenzo, Valentino, Andrés y Valentina.
Una pérdida que lamenta
Enviudó hace nueve años, un 1º de diciembre que recuerda con tristeza. Lamenta haber perdido a su compañero de vida y ya nada volvió a ser lo mismo sin él. Sin embargo, la tristeza que invade la conversación cuando menciona la pérdida, no dura mucho. Aurelia es una mujer que siempre sabe mirar el lado bueno de la vida y se queda atesorando las mejores vivencias de una relación basada en el amor y respeto mutuos. Yo he sido profundamente feliz, asevera y le brillan los ojos cuando lo dice.
La vida de casada le resultó sencilla, como modista trabajaba en su casa y cuando llegaron los hijos fue dejando de lado la actividad laboral dedicándose a la crianza de los chicos. Siempre le gustó hacer las cosas de la casa y nunca tuvo a nadie que la ayudara. Preparaba los ravioles caseros y no escatimaba esfuerzos para darle a su familia una vida feliz. Nunca le pedí nada a nadie, fue la mimada de todos, siempre me sentí muy apreciada y tuve una vida feliz, insiste.
Tuve una vida muy linda, un marido y una familia ejemplar, hermosa. Nunca tuve un disgusto con nadie. Cuando fui modista disfruté de hacer trajes de novia y confeccionar tapados y otras prendas. Tuve infinidad de amigos y no sé lo que es tener una rivalidad y mucho menos un enemigo, refiere en la charla.
Envejecer sanamente
En el presente disfruta de la vejez sin cuentas pendientes. Acepta dejarse ayudar con tres mujeres que la acompañan en su tarea cotidiana. Ahora sí tengo quien me ayude con las tareas hogareñas porque yo ya no puedo hacerlas. Me acompaña Susana que además es una cocinera ideal, paso tiempo con Silvia y con Nilda, y siempre estoy rodeada por mi familia, qué más puedo pedir.
No hago demasiado, escucho la radio y leo el diario. Como de todo, tengo buen estómago y los médicos dicen que voy a vivir 104 años. No sé si será así, pero si eso ocurre y me siento bien, será bienvenido.
Asegura que no se había imaginado cómo sería llegar a la vejez, pero confiesa que siempre pensó que iba a ser linda como es. Siempre he sido apreciada por todos, la rubita me decían y todos me adoraban. La vejez iba a ser igual, sintiéndome querida por todos.
Gracias a Dios tengo una linda vida, lástima que perdí a mi marido, un ser divino, pero a pesar de ello tengo una vida muy feliz y ahora estoy esperando que me lleven, afirma. En esa consideración queda claro que acepta con serenidad la vejez y el paso del tiempo. Aunque todos dicen que voy a pasar los 100, yo estoy esperando para ver si eso sucede. Si no es así, me tendré que ir. Es la ley de la vida. Dejar el lugar para que lleguen otros. No la asusta la idea, quizás porque no tiene asignaturas pendientes y porque ya cumplió los sueños que tenía.
De buen carácter, vive tranquila y contenta. La hace feliz la vida que ha pasado, los hijos que ha tenido y el compañero con el que compartió la vida. Sueños ya no tengo, porque los cumplí todos y acá estoy muy bien, con una vida feliz. Hasta ahora ha sido así, más no puedo decir, porque no sé qué me depara lo que me queda de vida, espero pasarla bien, afirma, aseverando que la mayor enseñanza que tuvo de su padre fue aquella de hacer siempre el bien sin mirar a quien. Eso fue lo que traté de hacer siempre, y mal no me fue, concluye y sonríe. Esa sonrisa es la que marca sus horas, en la serenidad, como debe transitarse la vejez, recogiendo los frutos de la siembra.