Tiene 90 años y transita su vejez en la tranquilidad de su mundo íntimo. No se casó ni tuvo hijos. Vive con una de sus sobrinas y al armar su biografía lamenta no haber formado su propia familia. En lo laboral recuerda las anécdotas del taller de compostura de calzado y sus vivencias en el ferrocarril. También recuerda sus andanzas en el fútbol.
C armelo Fante cumplió 90 años el 5 de mayo. Nació en 1926, en un Pergamino que recuerda muy distinto al de hoy. Hijo de Angel Fante y María di Santo, creció viendo a su madre trabajar a destajo en los quehaceres del hogar y para ganarse la vida lavando para afuera. El mismo trabajó desde niño siendo cadete de comercios que por aquel tiempo llevaban la mercadería al domicilio de sus clientes porque todo se vendía casa por casa. Nació en la que se llamaba calle Misiones, hoy Vergara Campos, y allí creció. Más tarde se estableció en el barrio donde vive, muy cerca de los predios del Ferrocarril General Belgrano.
Fue a la Escuela Nº 41 que funcionaba en Santiago del Estero y Ecuador. Tenía cuarto grado y tuvo que hacer un año más para obtener su certificado de estudios. En el colegio hizo amigos y compartió las aventuras de chicos. Por entonces ya trabajaba ayudando a los lecheros en sus recorridas. A los 12 años comenzó a trabajar con Valentín Martínez que tenía una panadería. Yo hacía el reparto, ya que en aquel tiempo todo se vendía casa por casa, el pan y hasta la carne.
Ya siendo adolescente aprendió el que sería su oficio: zapatero. Su madre lo impulsó a ir a la zapatería que funcionaba en Bartolomé Mitre y Alberti, salíamos oficiales al año. En ese lugar aprendió todo lo que sabe del oficio de reparar calzado. Era el mejor taller de ese tiempo, el de Miguel Digiácomo. Allí aprendí y trabaje hasta que me tocó el Servicio Militar en San Nicolás, refiere en una charla que lo lleva por los laberintos de recuerdos nublados por el transcurso del tiempo. Tengo que hilvanar bien las ideas porque me falla un poco la memoria, se disculpa.
Sus hermanos, Pascual y Antonio, eran ferroviarios. Así fue como Carmelo ingresó a trabajar en la línea Compañía General Buenos Aires y dio sus primeros pasos como empleado del Ferrocarril. En esa experiencia aprendió muchas cosas. Cuenta que en un tiempo fue a trabajar a Tapiales, en Vías y Obra; luego en la línea que salía de González Catán a La Plata. Más tarde regresó a Pergamino.
Refiere que como siempre estuvo solo eso facilitó los movimientos que le proponían sus rutinas de trabajo. Sin embargo afirma que en un momento sintió la necesidad de establecerse en Pergamino. Un amigo que vivía en calle Laprida lo hizo entrar al Ferrocarril Central Argentino. Y cuando llegó el General Belgrano, también trabajó allí. Estuve en todos y también estuve afuera mucho tiempo, señala y a la memoria vuelven los recuerdos de andanzas vividas con compañeros de trabajo, asados entre rieles y andenes y trabajo pesado, ese que acompañó las transformaciones que fue teniendo la actividad ferroviaria en el país.
Un zapatero
Tanto aquí como en Buenos Aires siempre convivió con su oficio de zapatero. Le gustaba la compostura de zapatos y trabajaba en cualquier lugar donde esa tarea lo convocaba. Tuvo su propio taller en su casa y relata que toda la gente del barrio le llevaba los zapatos para arreglar.
Todos los zapateros de aquel tiempo, e incluso muchos de los que aún están trabajando, nos formamos en lo de Miguelito. Yo no lo abandoné nunca. Trabajé como zapatero más o menos hasta los 70 años, porque ya después no me daba la vista. Algunos grandes de este oficio fueron cadetes míos y coseché grandes amigos, muchos de los cuales conservo y a los que me gusta visitar.
Yo tenía un tallercito en mi casa, frente a lo del doctor Groisman. La gente del barrio me llevaba todo, me conocía todo el mundo. Empecé a trabajar por mi cuenta, pero me venían a buscar y yo iba a otros talleres. Uno se hace amigo de la gente con la que trabaja, recuerdo que hacíamos grandes asados en la calle, que en aquel tiempo era de tierra. Hoy la gente ya no hace esas reuniones, relata este hombre que a lo largo de su vida hizo convivir sus dos pasiones: el ferrocarril y la compostura de calzado.
El fútbol
Pero el trabajo no fue lo único a lo que Carmelo dedicó tiempo. También hubo lugar para el deporte, de la mano del fútbol que jugó en Compañía. La cancha estaba donde hoy está la Plaza Eva Perón, nosotros vivíamos en el barrio, así que yo me la pasaba allí. Si bien había otras instituciones deportivas que ofrecían otros deportes, como las bochas o el basquetbol, a mí siempre me gustó el fútbol y me dediqué a eso.
En ese tiempo tenía muchas amistades y era muy conocido. Jugaba en la Liga de Pergamino y conservo los mejores recuerdos de los jugadores de aquel equipo que compartía con: Rivarosa, Chapelli y Lopecito, Echeverría, Bermejo, Carunchio, Bermejo, Zeballos, Dieta y Di Roso.
Cuando ya no tuvo edad para jugar al fútbol en su posición de wing derecho, se dedicó al arbitraje. Fui árbitro hasta que cumplí los 50 años y me fletaron porque en ese tiempo había un límite de edad para serlo y cuando llegabas te tenías que retirar.
Dos oficios
Como jubilado ferroviario, hoy vive una vida tranquila. Sin demasiados sobresaltos. Asegura que le gustaron sus dos oficios y de ambos recuerda las mejores vivencias.
En su condición de zapatero señala que ahora el movimiento es distinto. Antes el calzado era de suela, hoy todo es de goma, cuando algo se rompe, se cambia directamente. En mi época se reparaba y se utilizaba un cemento fuerte.
Las mujeres se compraban zapatos, cambiaba la moda y los modernizaban llevándolos al taller. En general el calzado era cerrado y el contrafuerte de suela, así que renovábamos talonera y puntera y cambiábamos el taco por taco chico con tres colores. Era todo muy artesanal, cuenta y el gesto de sus manos trata de describir lo que hacía. En sus manos tiene las marcas del trabajo. También las de su tarea en el ferrocarril, que supuso no pocos esfuerzos.
En el Ferrocarril las máquinas eran todas carboneras, había que trabajar con el carbón y con la leña. Después llegaron las petroleras y más tarde las eléctricas. Se fue cambiando todo. Yo tuve la suerte de trabajar en muchas secciones y de conocer muchos lugares y personas, señala.
Asegura que las dos actividades que realizó le gustaron. El oficio de zapatero le resultó más placentero. Se jubiló como empleado ferroviario.
La asignatura pendiente
Confiesa que en la vida su gran materia pendiente es no haber podido formar su propia familia. Aunque tuvo algunas parejas y experiencias de convivencia, nunca contrajo matrimonio ni tuvo hijos. Me quedé solito, afirma y deja traslucir en la mirada la nostalgia por aquello que por diversas razones no experimentó. Se contenta con saber que igualmente fue querido por su gente. De hecho comparte la vida con sus sobrinos y sobrinos nietos y siempre se siente acompañado. Bromea con conocer a alguna viejita para ponerme de novio y cuando lo dice se expresa en su sonrisa esa cuota de picardía que lo mantiene vivo. He vivido con varios de mis sobrinos y de hecho ahora vivo con una de ellas, Marta. Antes estuve en lo de una de mis sobrinas nietas, María Eugenia, pero por sus actividades y el ritmo de su propia familia pasaba mucho tiempo solo y un día me asaltaron, pasé un momento muy desagradable y a mi familia le dio miedo esa situación y me establecí en lo de Marta, cuenta.
La soledad no ha dejado huellas en su sentido del humor. Lo que sí lo ha hecho es un hombre fuerte y determinado que valora la posibilidad de su autonomía. Tiene sus propios ingresos y su estado de salud le permite ocuparse de sus cosas con independencia. No le doy trabajo a nadie, gracias a Dios puedo ocuparme de mí, me baño y me afeito solo, trato de ayudar a mi sobrina en todo lo que puedo, salgo a hacer los mandados. Lo que sí, camino despacio porque a mis 90 años no me puedo dar el gusto de caerme.
Sobre el final de la entrevista que se realiza en la cocina de la casa en la que vive, asegura que el único anhelo que tiene es el de estar tranquilo. Así quiero estar esperando los días que me quedan. No puedo pedir nada más. Solo agradecer que a mi edad no tenga que depender de nadie, insiste, sabiendo que ya ha pasado la vida.
Acepto eso, que a determinada edad uno ya está en la lista y que solo debe esperar que llegue el día que Dios dispone. No le tengo miedo a eso. Disfruto de la vida que tengo y del tiempo que me queda, concluye este taurino de buen genio como lo define su gente y que se define a sí mismo como un hombre que ha hecho lo que ha podido en las circunstancias que le ha tocado vivir. Adaptándose a distintas realidades, compartiendo siempre vivencias con amigos y ansiando la compañía de quienes lo quieran y lo respeten por quien es.