Desde que nació vive en el barrio Centenario. Primero en avenida Colón y más tarde en Juan B. Justo al 2200. Todo era muy distinto, no había calles asfaltadas, solo zanjones, cuenta en el comienzo de la entrevista, ubicada en su sillón del living.
La ciudad era muy distinta, todas las calles eran de tierra, había muchos descampados. Nosotros vivíamos en una casa grande con varios dormitorios, tenía una cocina grande, refiere.
Las primeras referencias de la conversación tienen que ver con su infancia. Es la mayor de las hijas del matrimonio en segundas nupcias de sus padres: Francisca Cascardo y Rómulo Sarmiento. En total fueron dieciséis hermanos. Yo fui la mayor de los once hijos del matrimonio de mis padres y hermana de cinco hijos más por parte de mi padre y madre, concebidos en sus primeras nupcias, refiere. Sus hermanos casi todos fallecieron ya, ella los recuerda como si fueran jóvenes.
De aquella familia numerosa tiene buenos recuerdos, lo mismo que de cada vivencia de su infancia transcurrida entre los juegos y la escuela. Su padre era constructor, hornero que tenía una fábrica de ladrillos. Su madre era ama de casa.
Concurrió a la Escuela Primaria Nº 77, actualmente Escuela Nº 53. Fue solo hasta cuarto grado porque luego hubo que salir a trabajar. De muy joven entré a trabajar en la cigarrería Las tres banderas. Estuve varios años allí, hasta que el dueño cerró y se fue a Rosario.
Cuando estaba en la cigarrería tenía 15 años, después me fui para trabajar de sirvienta en casas de familia, cuenta y recuerda a la familia Bertuch.
Dejó de trabajar cuando se casó con Miguel Basile, un hombre que era camionero y al que había conocido en un baile de Carnaval en el Mercado Viejo. Tenía 18 años cuando lo conoció y al año él se convirtió en su esposo y padre de sus tres hijos: Roque, Marta Beatriz y Carmen Margarita.
Asegura que tuvieron una vida feliz, tranquila. Al principio vivieron en una prefabricada y luego construyeron su casa, la misma en la que vive. Su esposo falleció a los 78 años. Lo recuerda con el amor que consiguió perdurar en las muchas vivencias compartidas. El barrio era muy distinto, eran puros zanjones y pajonales, no tenía el movimiento que tiene ahora.
Cuando me casé dejé de trabajar porque me dediqué a criar a mis hijos, señala y asegura que le gustó disfrutar de la crianza de sus hijos.
Sobreponerse a las pérdidas
Producto de los años y de la lucidez con la que la recibió la vejez, tiene presente cada pérdida. No solo la de su esposo, sino la de sus hijos, que ya fallecieron. Como si fuera la consecuencia de la longevidad que la transformó en testigo de la partida de sus seres más queridos. Me dejaron sola, afirma y algo se nubla en la expresión de sus ojos cuando menciona esas pérdidas, pero enseguida se sobrepone y detiene su mirada sobre los muchos seres queridos que la acompañan en su vida cotidiana. En ese universo están sus nietos, bisnietos y tataranieta.
Es la abuela de Fabio y María del Huerto Ordóñez; Erico, Brena y Carolina Carenzo. Bisabuela de Facundo, Lucía y Francisco Ordóñez; Nicolás y Enzo Gorbarán; Francina Ferrari Carenzo, Máximo García Carenzo; y Francesa Carenzo; y tatarabuela de Ambar González. Disfruta de ellos cuando los tiene cerca.
Se define como una mujer fuerte y a la vez sensible. Asegura que se enoja cuando le hacen algo que le causa dolor y se alegra con las visitas y con el amor incondicional de sus seres queridos. A esta altura de la vida disfruta de las cosas simples.
Tiene fe en Dios y asegura que eso la ha sostenido y ayudado a sobreponerse al sufrimiento. Dios está siempre conmigo, afirma convencida.
Cuando fallecieron sus padres se hizo cargo de la crianza de sus hermanos. Sabe de acompañar a los suyos. En un siglo de vida hubo trabajo, alegrías, tristezas, todas las vivencias para transformarla en la mujer que hoy es.
Sin perder autonomía
Los años no resintieron su autonomía ni su gusto por sentirse en actividad. Le gusta cocinar y también viajar. He tenido la suerte de viajar mucho, lo hice cuando quedé viuda, en una época en que viajaba con una vecina que también era viuda, Graciana. He ido a las termas y llegamos a conocer Brasil, cuenta y se entusiasma con el sueño de seguir viajando. Sus años no la detienen en el anhelo.
Me gustaría conocer Bahía Blanca, me han dicho que es una ciudad muy linda, confiesa y no descarta la posibilidad de que ese anhelo se cumpla en el futuro cercano.
Reconoce que la limitan un poco sus piernas, pero no demasiado como para tener una vida independiente. Vive sola, aunque hay quienes la acompañan en sus tareas cotidianas. Mis nietos vienen a cada rato y nunca me siento sola, refiere.
Le gusta el lugar en el que vive y la vida que tiene. Me gusta mucho el barrio, me acostumbré tanto a este lugar que no podría estar en otro.
Rutinas, para un siglo de vida
Asegura que le gusta ser ama de casa y que conserva la costumbre de realizar algunas tareas de la casa. Durante el día se entretiene con algunas actividades, cocina, disfruta de los nietos. Me gusta cocinar de todo, un día hago una comida, otro día otra.
Tiene buena salud, aunque hace poco tiempo se repuso de una dolencia que la mantuvo internada por algunos días. Cuenta que fue un problema renal que ya superó. Tengo una salud de hierro, siempre fui muy sana, salvo ahora que me vienen algunos achaques, refiere y relata que estuvo cuatro días internada, un tiempo antes de cumplir sus cien años.
Siempre fui sana, nunca me dolió el hígado ni me cayó mal nada. Yo tomaba el té de hongo y para mí eso me alargó la vida. Me ha hecho crecer más, afirma y confiesa que nunca se imaginó que iba a cumplir un siglo de vida. Nunca pensé cumplir cien años y en realidad hace de cuenta que no los tengo, porque me siento muy bien.
De carácter firme cuando se enoja, prefiere la alegría a la tristeza. A veces suelo estar enojada, pero solo cuando me hacen algo que no me gusta. El resto del tiempo estoy contenta, sobre todo cuando vienen visitas, me gusta recibir gente en mi casa y conversar.
Cuenta que le gusta salir a pasear. Ahora hace un tiempo que no salgo porque me molestan un poco las piernas, pero cuando puedo me gusta mucho pasear. Tengo ganas de viajar, insiste, casi finalizando la entrevista. Y cuando lo dice su mirada se viste de asombro, como quien se entusiasma con los nuevos sueños por cumplir. Quizás eso sea lo que la mantiene saludable. Considera que no hay secretos para vivir cien años, quizás sí algunas claves y alguna receta. Para ella fue el té de hongos. Para los suyos, su actitud frente a la vida que siempre le permitió salir adelante y vencer cualquier obstáculo. Dueña de una genética privilegiada, sonríe cuando siente que son muchos los que quieren conocer el secreto para transitar una larga vida. Con esa sonrisa culmina la entrevista, teniendo como corolario, la certeza de que en las pequeñas cosas está la clave del bienestar que hace de la vida una experiencia siempre extraordinaria.