domingo 05 de abril de 2026

Julio César Cicinelli, un ebanista y jugador de basquetbol: tareas abrazadas con pasión

26 de junio de 2016 - 00:00

Se dedicó a la fabricación de muebles de diversos estilos. Acompañó las modas y jerarquizó lo artesanal de la tarea, trabajando en forma independiente. A la par de ello jugó al basquetbol en Sports y Comunicaciones y conformó su familia. Hoy disfruta de cosechar la siembra de años de esfuerzo puestos al servicio de lo que ama hacer: crear con la madera.

J ulio César Cicinelli es carpintero. En pocos días más cumplirá 83 años y sigue en actividad. Conoce los secretos de su oficio con la sapiencia que da la experiencia y disfruta de hacer lo que le gusta. Asegura que eso “no tiene precio”. 

Nació en Pergamino y vivió su primera infancia en una casa ubicada donde hoy funciona la Farmacia Sindical. Su padre, Antonio Cicinelli había nacido en Italia, era masajista y pedicuro; su madre, Asunción Emma Firmapaz era argentina, nacida en Trenque Lauquen. Tuvo cinco hermanos Héctor, Elba, Gilda, Marta y Horacio, lo que le permitió crecer entre pares y rodeado de buenos amigos, los del barrio, los del club, los de siempre. 

Cuenta que su papá trabajaba en Pergamino cuando lo dejaban los conservadores, porque su pertenencia era radical. Asegura que por esa razón algunas veces su papá viajaba para trabajar en Arrecifes, donde era amigo del doctor Carabajal, un caudillo radical de esa localidad. De su madre menciona las vivencias del hogar y del cuidado de los hijos. Tuvo una infancia feliz.

Fue a la Escuela Nº 1, institución de la que conserva los más lindos recuerdos. Ingresó en segundo grado porque el primero lo hizo en forma particular. “Me tomaron un examen para evaluar mis conocimientos e ingresé directamente en segundo”, refiere en el inicio de la entrevista.

Se acuerda de todas sus maestras y de sus compañeros. Terminó en 1946, y por aquel tiempo jugaba al basquetbol en Sports, así que sus rutinas se intercalaban entre la escuela y el club.

Como su padre era amigo del gerente de una empresa cerealera importante, de capitales belgas, le fue posible entrar a trabajar de “che pibe” a temprana edad. Ese fue su primer empleo, en la firma que funcionaba en San Nicolás 615. También trabajó de cadete en las sastrerías que funcionaban en el centro de Pergamino, una labor que era común para los chicos de entonces en períodos de vacaciones.

Refiere su infancia como un tiempo vivido en la calle. “Nuestro juguete era la pelota de trapo y los entretenimientos preferidos eran jugar al preso-vigilante hasta que las madres nos llamaban para comer. No teníamos preocupaciones”. La etapa más feliz de su vida está signada por esos juegos, en calle Florida, donde transcurrió parte de su infancia. 

 

Los primeros pasos del oficio

Cuando finalizó la escolaridad primaria fue al Colegio Industrial donde aprendió el oficio de carpintero. “Te mentalizaban para que sintieras que eras el mejor carpintero de la República. Esa formación me sirvió mucho; aprendí dibujo y geometría, salí bien formado”, afirma.

También cuenta que tuvo un maestro carpintero en la especialidad de ebanistería, Mariano Cartie, con quien trabajó unos años y le enseñó a hacer el mueble fino.  Ya formado, siempre se preocupó por perfeccionar su arte y no escatimó esfuerzos para acudir a cursos en Buenos Aires, cada vez que surgía la posibilidad.

Asegura que descubrió su vocación en el Colegio Industrial. De hecho sus hermanos se fueron a La Plata para estudiar y él siempre eligió quedarse aprendiendo a hacer lo que se transformó en su oficio.

Al regresar del Servicio Militar decidió trabajar por su cuenta. Instaló la carpintería en 1955, primero en el marco de una sociedad: Correa-Cicinelli, hasta 1962, y luego y hasta el presente en forma independiente. La carpintería funcionaba en Misiones, hoy Vergara Campos, y más tarde donde está actualmente, en una casona que adquirió en Azcuénaga.
Recuerda como si fuera hoy que el primer mueble que fabricó fue una biblioteca de cedro y señala que a medida que fue consolidándose en su actividad, lo llamaban de todos lados. Desde Buenos Aires le enviaban fax con solicitudes, les preparaba la cotización y cuando lo contrataban iba para poner manos a la obra. 

Reconoce que para dedicarse a la elaboración de muebles finos se requiere cierta competencia y “otra capacidad”. Sin embargo, es modesto en sus apreciaciones respecto de su “saber hacer”. Refiere que en la actualidad el oficio ha cambiado completamente y recuerda las épocas en las cuales la tarea era “más artesanal”.

Llegó a tener hasta ocho empleados y menciona que de su taller han salido “muy buenos discípulos”, incluso varios que según él “lo han superado”.

“Cuando pusimos la carpintería fue para trabajar, no para ganar dinero. Parece lo mismo pero no lo es. Yo he hecho muebles solo por el placer de hacerlos”, señala y cuenta que cada estilo tiene su secreto.

Desde 1955 cuenta en el inventario con más de nueve mil trabajos realizados, entre ellos tuvo a su cargo la restauración de las puertas y el mobiliario del Museo de Mariano Benítez, una tarea que lo llena de orgullo por sus implicancias históricas.

 

Un hombre de valores

A la par del ejercicio de su oficio, la vida de “Lito”, como lo conocen todos, se fue forjando en torno a los valores de la familia. Señala que heredó de su padre “la forma de vivir”. Sabe que logró cumplir sus metas y asegura que nunca hizo nada por el dinero que iba a ganar sino por el placer de hacer lo que le gustaba. Cuidó de sus padres y  cuida a sus hermanos con los que mantiene una relación muy cercana.

Se casó a los 33 años con Carmen Mardones, que falleció en 2002. Con ella tuvo a sus  hijos: María Fernanda, casada con Leonardo Fej, abogado, y mamá de Abel, estudiante de Ingeniería; y Julia, que va al Colegio San Pablo. Y Julio César Andrés, que es carpintero y docente del Colegio Industrial, está en pareja con Fernanda Sosa, asistente social, y papá de Bautista, que estudia en el Colegio del Huerto; y Sofía que va al jardín de infantes.

Viudo, está en pareja con Susana Mantuano. Se define como agnóstico, lector apasionado y estudioso de la filosofía. Pasa horas leyendo hasta la madrugada. Vive con su hijo en la casa que construyó para casarse. Allí está su historia y su presente. Todo lo que es de madera en ese lugar fue trabajado por él y se enorgullece de sus logros.
En el living donde se desarrolla la charla, hay recuerdos de su juventud, también objetos traídos de sus viajes. “Me gusta mucho viajar, y tuve la suerte de hacerlo. Con los jubilados viajamos por lo menos cuatro veces al año y he recorrido bastante.  Estuve en Brasil, Uruguay, Cuba, Chile y conocí Europa”, comenta.

A diario va a almorzar con una de sus hermanas que tiene más de 90 años y asegura que aunque va a la carpintería todos los días, ya trabaja “a media máquina”.

“Me siento bien de la cabeza, pero no tengo fuerza. Programo todos los trabajos, pero los detalles los termina mi hijo, a mí eso ya se me escapa porque no me da la vista”, confiesa y afirma haber tenido una clientela muy fiel. “Más que clientes son amigos, algunos me llaman desde hace años. Una de mis primeras clientas es ‘Chichina’ Paterlini, que aún me llama cuando se le rompe una silla. Como ella, han sido todos muy consecuentes y yo lo he sido con ellos”.

Tiene buenos recuerdos del oficio. “Las anécdotas son innumerables. Cada pedido tiene su particularidad. Una vez me encargaron un modular que se fue a Israel. Me lo pidió un cliente porque se casaba su hijo, calculo que salió más caro el flete para trasladarlo hasta allá que el trabajo en sí mismo. Fue una gran satisfacción hacerlo y saber que lo que uno hace está en otro lugar del mundo”.

En varias oportunidades reconoce que tendría que haber ganado más dinero con el oficio, pero siempre tuvo la fortuna de poder elegir sus trabajos.

Ha sido generoso con quienes trabajaron con él y afirma que ha tenido muy buenos maestros. Menciona a dos del Colegio Industrial: Juan Conti y Julio Laguía.

 

El basquetbol

Julio César tuvo trayectoria deportiva a través del basquetbol. Se inició en el Club Sports y después jugó en Comunicaciones. Integró el equipo que salió campeón durante los años 1954, 1955, 1956 y 1957. Una sucesión de cuadros en el living de su casa dan cuenta de imborrables momentos. También tuvo incursión en el ajedrez, donde llegó a jugar en la tercera categoría, pero se inclinó por el arte de encestar.

“Tengo muchas anécdotas del basquetbol. La primera de Comunicaciones en 1954 formaba con Carlos Sánchez, ‘Poroto’ Lencina, Carlos Comité y Oscar Alvarez. Esa era la base del equipo y jugábamos por amor a la camiseta”.

Jugó hasta los 30 años, luego volvió y se desempeñó en la categoría de veteranos, pero una lesión lo dejó fuera de la cancha. De allí en más todos fueron recuerdos de un tiempo compartido entre amigos e innumerables crónicas deportivas escritas por los diarios dando cuenta de sus vivencias. “Salíamos en el diario, nuestro entrenador era ‘Chocho’ Comité. Las crónicas decían sobre el equipo: ‘Oscar Alvarez, todo nervio; Lencina, arte debajo del tablero; Carlos Comité, sapiencia; Sánchez, tranquilidad; y yo, el hombre de la acción oscura, porque nadie sabía lo que hacía en la cancha. Sin embargo, tenía mi función que era cuidarle la espalda a Carlos Comité. Jugábamos de memoria, funcionábamos muy bien como equipo”.

Asegura que muchos de sus amigos de la vida surgieron del basquetbol: “Tenemos una peña ‘Las estampillas’, éramos 22, quedamos tres, el último que falleció fue ‘Poroto’ Lencina; los que quedamos nos juntamos con las familias cada dos meses, celebramos los cumpleaños y nos reunimos para fin de año”.

 

Balance

Sin asignaturas pendientes, confiesa que le hubiera gustado conocer China. No lo descarta porque no sabe por dónde lo llevará la vida. Se siente joven y asume lo que diga “la naturaleza”. 

Pergaminense, asegura que la ciudad es un lugar en el que le gusta vivir. Siente que aquí tiene cubiertas todas sus necesidades. Su familia es su principal tesoro. Sus trabajos un pilar que lo sostiene. Valora la calidad de vida y la promueve en la medida de sus posibilidades. Sin ostentación, con la simpleza de quien es “de buena madera”, cuenta que ha fabricado muebles para los hijos y nietos de sus clientes. Eso es posible solo si se es constante en la tarea. Con las luces y sombras, su balance de vida es positivo. “No se trata de ser perfecto, pero sí coherente y honesto”, afirma sobre el final, marcando en esa apreciación cualidades que lo definen.

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