sábado 04 de abril de 2026

Angela Trebino viuda de Rimatori: una historia de 102 años vividos plenamente

15 de mayo de 2016 - 00:00

Junto a sus afectos más entrañables, esta mujer nacida en Tambo Nuevo, recreó en su Perfil Pergaminense las anécdotas de su juventud y las descripciones de su presente. Escucharla es hacer un viaje al pasado y tener del futuro una mirada esperanzada. Su testimonio es prueba de que la longevidad puede ser una experiencia enriquecedora.

V ivir muchos años es la aspiración de muchos. Alcanzar ese objetivo y hacer de la longevidad una experiencia extraordinaria es privilegio de unos pocos: Angela Trebino de Rimatori acaba de cumplir 102 años y los transita con felicidad. Aunque un problema en sus caderas ocurrido en 2008 le impide caminar, eso no la limita para transitar su vejez tranquilamente, rodeada de sus seres queridos. Tiene el tamaño corporal de una mujer que debe haber sido esbelta y las manos de quien ha trabajado no solo en la tarea hogareña sino en el campo a la par de su esposo Federico Rimatori.

Recibe la visita de LA OPINION en su casa de calle 3 de Febrero. Su familia está presente en la entrevista, también la persona que la acompaña y la ayuda en las cuestiones cotidianas. En su silla de ruedas sonríe y al hacerlo algo se ilumina en sus ojos que son de un color indefinido pero brillan. Sus manos son largas y las arrugas delatan el transcurso del tiempo. Nació el 26 de abril de 1914, tiene 102 años, pero cuando en la charla cualquiera le pregunta su edad ella bromea diciendo que tiene 15. Quizás los tenga en el alma y eso sea lo que la sostiene en la alegría de vivir a pesar de las pérdidas que fueron llegando una a una como consecuencia del paso de la vida. “Yo nací en la Estación Tambo Nuevo, al lado de Ortiz Basualdo, cumplí años hace unos días”. 

Relata que sus padres habían vivido en San Isidro, a una cuadra de la estación del tren y una vez casados se establecieron en cercanías de Pergamino. “Siempre fueron compañeros”, recuerda.

“Vivíamos en el campo, tuve diez hermanos y crecí con mi mamá, mi papá y más tarde con mi abuelito por parte de mi mamá que cuando se hizo viejito se fue a vivir con nosotros al campo”, refirió. Su familia estaba abocada a la tarea de campo, en Tambo Nuevo, un lugar cercano a Pergamino, que sin embargo en el recuerdo de Angelita quedaba lejos por cuanto “en aquel entonces las distancias parecían siempre largas”.

Los recuerdos de su familia y de su infancia se llevan gran parte de la charla. Fue la anteúltima de su familia y sabe que de aquellas raíces ella es hoy la única que vive. Lo señala con añoranza y bromea con que su carácter quizás la ayudó a vivir tantos años.

 

El Asilo de Jesús

Cuenta que ingresó al Asilo de Jesús como pupila cuando tenía siete años y recuerda aquella experiencia con lindas anécdotas que sirvieron a su crecimiento y fueron configurando su infancia y en cierto modo su personalidad. “El tío Miguel, que vivía por  San Nicolás, cerca de Alsina, a una cuadra de la Estación del Ferrocarril Bartolomé Mitre nos trajo a Pergamino y se alquiló en campo en Tambo Nuevo, yo no me acuerdo bien cómo fue pero sí recuerdo que ingresé como pupila en el Hogar de Jesús a los siete años y estuve cinco allí con las hermanas.

“Entré a primer grado, y al año tomé la comunión. Cuando empecé catecismo, un día vi a una hermana que barría la iglesia, le pedí la escoba y me ofrecí a ayudarla. Me designaron sacristana y a partir de eso me tenía que levantar cada mañana media hora antes que las otras chicas para barrer la iglesia, pasar el plumero a todos los bancos y llevar el agua y el vino y ponerlo sobre el altar para cuando llegara el padre Miguel, que era un sacerdote español.

“Allí también aprendí a coser, una actividad que me gustaba. Las hermanas no sabían de moda, así que venía una profesora de afuera a la que había que pagarle aparte. A mí me gustaba el corte y confección, le pedí a mi mamá que pagara mis clases, pero eran tiempos complicados, así que aprendí de mirar. Me parece ver a las chicas en un salón grande bordando a mano y a máquina. Había un pizarrón y yo me entretenía haciendo dibujos, mientras escuchaba lo que la profesora enseñaba. Un día me animé y le hice un corte a mi hermana, lo que no sabía era coser y pegaba el forro con las mangas entonces la prenda no se podía usar. Con el tiempo fui aprendiendo y de grande le hice el luto a todas las mujeres de la familia, en aquella época se usaba el luto dos años”.

 

Del campo a Pergamino

Cuando terminó sus estudios regresó al campo, donde vivió hasta que contrajo matrimonio con el que fue su compañero de vida. “Cuando me casé fuimos a vivir al campo de Grondona, cerca de Manuel Ocampo. El era dos años mayor que yo, no tuvimos hijos, y siempre trabajamos codo a codo”.

Se habían conocido porque eran vecinos. “El papá de él vivía también en el campo que alquilaba el tío Miguel”, menciona y algo en los ojos se le ilumina cuando recrea la vida que tuvieron sobre la base de mucho sacrificio para poder crecer.  

“Yo siempre trabajé a la par de mi esposo, y lo ayudé en todo. Cuidaba los animales, desmalezaba la huerta. Al principio vivimos con un hermano y más tarde alquilamos un campo, solos.

“Siempre ayudé a mi marido porque nos casamos con lo justo, no teníamos plata. El tenía un peón y un cuidador, como no teníamos dinero, le sugerí que nos quedáramos solo con el peón, así que me dedicaba yo a darles de comer a las gallinas, cuidar los animales, barrer el patio y ocuparme del mantenimiento de las cosas. El primer año nos quedaron mil pesos producto de ese esfuerzo”, refiere.

No recuerda el día de su boda y sabe que ese dato no es importante porque igualmente figura en la libreta. A esta altura de su vida sabe dimensionar dónde está lo verdadero. Enviudó teniendo 70 años y desde entonces vive en Pergamino, en la misma casa en la que hoy transcurren sus días. “Cuando falleció mi esposo no me quise quedar sola en el campo, se lo alquilé al hombre que trabajaba y me vine a Pergamino”. 

 

Siempre acompañada

Mientras se desarrolla la charla lo que se comparte es el mate. Angelita no toma. Solo conversa y está atenta a cada detalle de lo que sucede en el comedor de su casa donde está su sobrino Antonio; Mary, la persona que la acompaña durante el día, sus sobrinas nietas y sus sobrinos bisnietos que la miman y la miran con ternura.

Tiene seis sobrinos y los recuerda a todos: Paulina, Nilda, Carlos, Paulina, Antonio y Cata.

Sus hermanos ya no viven y con el transcurso del tiempo ella misma ha aprendido a naturalizar esas pérdidas. Se queda con las experiencias compartidas. Durante muchos años vivieron con Angela dos de ellos: Miguel Ramón e Ignacio Eliseo. Cuando habla de sus hermanos refiere que por tradición familiar cada uno tenía como segundo nombre el del santo del día en que habían nacido. Ella se llama Angela Marcelina. 

En lo cotidiano le gusta recibir visitas y tiene relaciones entrañables con sus familiares y vecinos. “Todos son muy buenos, con mis vecinos tengo una relación de muchos años, Rosalía, Alicia y Victoria vienen siempre, otros ya han fallecido”.

 

Cocinar y tejer

Sentada a la mesa del comedor, mientras comparte la conversación y se sonríe con los aportes de sus sobrinas nietas, cuenta que en su juventud fue muy buena cocinera. Le gustaba hacer de todo y su fuerte eran los ravioles caseros y la torta mil hojas de dulce de leche que hacía frita. “Yo siempre trabajé mucho, ayudé a mi marido, pero también me dediqué a cocinar. Había aprendido de mi madre que cuando crecimos comenzó a llevarnos con mis hermanas a la cocina del campo para que aprendiéramos a hacer de todo.

“Cuando había fiestas no comprábamos masitas, hacíamos todo nosotros, freíamos pasteles y camotes, elaborábamos los panes dulces para Navidad y Año Nuevo, los cocinábamos en el horno de ladrillo”, cuenta. “También carneábamos animales, dos o tres chanchos y un ternero”.

Escucharla es como volver el tiempo atrás para recrear los hábitos de familias conformadas a la sombra de los árboles, en la reunión y la compañía. “Nos juntábamos a comer debajo de las plantas y luego los hombres se quedaban por horas jugando al truco y les regalaban moneditas a los chicos”.

Además de cocinar le gusta tejer al crochet, aunque ya no puede hacerlo porque tiene problemas en la vista. “Siempre hacía carpetas y prendas para regalar, nunca como un trabajo, más bien como algo que me gustaba”.

 

Claves de vida

Hace unos días festejó sus 102 años en un restaurante junto a su familia. Asegura que le gusta disfrutar la vida y se muestra agradecida. Lleva colgado un rosario y menciona que reza todos los días. La fe ha sido una de sus claves para llevar adelante con serenidad cada desafío que le puso por delante la vida. Pide que le traigan su libro de misa y se define devota de la Virgen de Nuestra Señora del Huerto. “Soy muy creyente y rezo todos los días, aprendí a hacerlo en el Asilo de Jesús y siempre me gustó rezar el rosario”.

Desapegada de las cuestiones materiales, regaló sus rosarios, se quedó solo con el que usa para la oración de todos los días. El que lleva colgado es un regalo que le trajeron de Roma. También regaló las agujas y los hilos de tejer. Sabe que debe cuidar la vista y es obediente con la recomendación del médico. Cuando el televisor está encendido le gusta mirar el canal Crónica. A las 9:15 ya está levantada y descansa en el horario de la siesta. Rosita y Mary la acompañan y con ellas tiene una gran complicidad. 

Dueña de un carácter determinado, en su juventud la llamaban “la capitana” porque siempre le gustó mandar. No niega esa apreciación. Por el contrario se afirma en esa definición y fundamenta que podía darse el lujo de dar órdenes porque trabajaba a la par de los peones en el campo sin escatimar tareas. “Tengo carácter, pero no me enojo nunca”.

Ella misma dice que posee “la salud de un roble” y reconoce que no tiene ningún dolor físico.  “Aunque como de todo, soy de poco comer”, refiere.

En su cuerpo tiene las huellas de la vida. Aunque en su sencillez es coqueta. Sobre el final de la charla se mira las manos. En una de ellas aparecen las marcas que le dejó el trabajo: “Perdí una falange en el campo, ordeñando una vaca para tener leche y hacer manteca. El ternero estaba atado en el palenque, vinieron los perros, el animal se asustó y tiró y en ese forcejeo se me cortó el dedo”. Aunque sufrió, pudo vivir con esa herida sin problemas y seguir adelante. También con otros dolores de una vida larga y vivida plenamente. Se queda con la alegría que la hace dueña de cierta picardía al hablar. Sabe que para vivir 102 años no hay recetas, pero sí algunas claves que ella parece haber encontrado: “Creo que el secreto es comer poco, solo lo necesario, y no ser odiosa, dejar pasar algunas cosas”. Esa afirmación es el corolario de una vida intensamente vivida, con la sabiduría que da la experiencia.

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