domingo 05 de abril de 2026

Luis Kubescha: un hombre con valores que supo expresar en su profesión y en la vida

8 de mayo de 2016 - 00:00

Tiene en la medicina una conocida trayectoria. Ha desempeñado cargos en la función pública, y mantenido intacta la vocación de los viejos “médicos de familia”. Es sencillo en su forma de vivir y eso le permite recorrer su historia en la convicción de haber actuado siempre en coincidencia con sus formas de pensar y sentir.

L uis Kubescha, 68 años, es un pergaminense por adopción que abrazó hace años la profesión de médico. Mencionar su nombre es asociarlo con los valores de una vida vivida en la profundidad de las cosas sencillas. Sus amigos y sus pacientes lo quieren y quienes no lo conocen tienen de él la referencia intachable que ha tenido en su trayectoria pública como funcionario del sistema sanitario, como médico de atención primaria y como gremialista en el seno de la Asociación Médica de Pergamino. Es como se dice “de buena madera” y eso se expresa no solo en la conversación sino en cada uno de sus actos.

Al entrar a su consultorio en su casa del barrio Centenario lo que se observa es la presencia de cada elemento de la práctica clínica dispuesto en su lugar y la sencillez de un espacio donde se escucha al paciente. Se lo revisa, pero fundamentalmente se lo contiene. La entrevista se desarrolla allí, en ese rincón que él mismo define como su lugar en el mundo. Por la ventana se ve el árbol de su jardín y al otro lado de la puerta se escucha la voz de su esposa María Luisa que para resolver las cuestiones del “nido vacío” en el último tiempo oficia las veces de secretaria, sin abandonar jamás el rol de “compañera de vida incondicional”.

Luis se muestra dispuesto a recibir la entrevista y es sencillo recorrer los senderos de su historia personal. Es un buen narrador y conversa con profundidad. El consultorio funciona desde 1979 en que se mudó con su mujer a esa casa. Es médico clínico y guarda cuidadosamente en un fichero la información de cada uno de sus pacientes. Abre los cajones y refiere que más que “historias clínicas” en ellas hay “historias de vida”. El escritorio es el principal mueble del lugar, una mesa de estilo inglés que tiene una fuerte significación para él: es el escritorio que utilizaba su padre en la escuela de Villa Guillermina, Santa Fe, donde era director.

Ese es su pueblo natal. Allí su papá Carlos José y su mamá Bel-kyss Troncoso eran maestros. “Vengo de un pueblo rural muy pequeño, sin colegio secundario, motivo por el cual a mí y a mis hermanos -Carlos José y  José Luis- cuando nos llegó el momento de crecer nos enviaron pupilos a Santa Fe”, cuenta y con una mirada retrospectiva valora profundamente la decisión de aquellos padres que, imbuidos por los valores de la educación, tuvieron el coraje de “cortar el cordón” con ellos para que pudieran forjarse un futuro. “Con el transcurso del tiempo es que uno valora a sus padres, entiendo que debe haber sido muy difícil para ellos tomar esa decisión para que pudiéramos estudiar”.

A los 12 años ya estaba lejos de casa como pupilo en el Liceo Militar y volvía a Villa Guillermina solo para las vacaciones de verano e invierno. La ventaja fue que la formación en ese colegio lo eximió del servicio militar y al egresar con el título de bachiller y subteniente de reserva pudo irse a Córdoba a estudiar Medicina. Allí ya estaban su hermano y su primo, el doctor Leandro Peñaloza. “Decidí mi vocación cuando estaba en tercer año del liceo”.

Se recibió en 1974, trabajó en Santa Fe haciendo guardias, hasta que Leandro Peñaloza, casado con una pergaminense, lo invitó a trabajar en la Clínica Alsina. Todo lo que trajo fue algo de ropa, el estetoscopio y el tensiómetro para ejercer como médico clínico. Comenzó a trabajar el 14 de febrero de 1975. “Fue el Día de los Enamorados y alguna significación tiene eso porque de algún modo cuando llegué para conocer Pergamino me enamoré de este lugar y ya hace más de 40 años que estoy acá”.

En los comienzos en la Clínica Alsina hacía 24 horas de guardia y trabajaba todos los días. Por entonces Luis conoció al doctor Villegas, que hacía Pediatría y Clínica, quien lo invitó a atender en el barrio Centenario. Encontró una casa en calle Solís donde había un consultorio. Se instaló allí haciéndose cargo de los gastos de la casa y durmiendo en un sofá cama. Una cortina separaba la cocina de lo que se transformaba durante los horarios de atención en la sala de espera. Así fue ganando experiencia.

Estaba de novio con la que sería su esposa, una cordobesa que supo acompañarlo a la distancia hasta que se casaron el 5 de diciembre de 1975. El noviazgo había llevado siete años y desde siempre supieron que iban a ser grandes compañeros de vida. “En Córdoba mientras hacía el practicanato en el Hospital, ella me acompañaba en las guardias y de noche a sacar cultivo de sangre en el Hospital de Infecciosas, recuerdo que le prestaban un guardapolvo blanco para que pudiera acompañarnos porque ella no estudiaba medicina. Siempre fuimos muy compañeros y eso te une”.

Ya casados se establecieron en una casa que alquilaban, pero la crisis económica de aquella época les impidió pagar el alquiler. Luis volvió a lo de Don Funes, el señor que le había facilitado su primer consultorio y esta vez se mudó con su mujer. “Ese fue un hombre muy importante en nuestra vida, algo así como un segundo padre, un extrabajador del Llanura que nos dio lugar hasta que pudimos comprar nuestra casa en 1979 a Arcadio Ninona, que después fue paciente mío, igual que su familia”.

Con el transcurso del tiempo fue haciéndose un nombre. “Uno con lo que más tiene que luchar en Pergamino es con la tarea de hacerse un nombre. Yo no tenía un apellido con historia en esta ciudad, así que tuve que armar esa identidad. En la profesión, trabajando se logra”.

Es un cultor de la familia. A los 5 años de estar casados comenzaron a llegar los hijos. Es papá de tres varones: Carlos Alberto, Luis Enrique (ambos ingenieros industriales) y José Carlos (abogado). Dos  de ellos viven en Villa Constitución y otro en Rosario. Todos están en pareja y ya van llegando los nietos. Tiene dos: Agustín (tres) e Iván (un año y cinco meses).

 

La tarea gremial

Desde siempre sintió una fuerte inquietud por abrazar las causas justas y eso lo llevó en más de una ocasión a “luchar contra los molinos de viento”. La tarea dirigencial ocupó un importante lugar en su trayectoria como médico y siendo muy joven entró como representante de la Clínica Alsina en la Asociación Médica de Pergamino. En 1978 era vocal de la comisión directiva, más tarde vicepresidente durante la gestión del doctor Melgín y luego presidente. 

“Abracé causas que hoy siguen vigentes. Creo que influyó el contexto en el que me formé como médico, en la época del ‘Cordobazo’. Fue el tiempo de los desaparecidos, eso te va formando en una cultura y va desarrollando un compromiso social.

“Durante la intendencia de Gaspar me habían nombrado para hacer control de ausentismo en la Municipalidad y cuando vino el golpe militar, por la reminiscencia de estudiante rebelde que tenía, renuncié a mi cargo”, cuenta este hombre que parece jamás haber traicionado sus valores.

 

Con Julio Maiztegui

Junto al doctor Néstor Fernández y Oscar “Cacho” Bustos trabajó con Julio Maiztegui en la época de la epidemia de Fiebre Hemorrágica Argentina. “Nos íbamos de la sala saludando a los pacientes y al otro día ya no estaban. La gente se moría por el Mal de los Rastrojos, fueron años de intenso trabajo en el Instituto”. Guarda recuerdos dolorosos y entrañables de aquel tiempo, lo mismo que imborrables enseñanzas.

 

En la salud pública

También trabajó en el ámbito de la salud pública municipal, donde tuvo un amplio desempeño. Por convocatoria del doctor Néstor Pobliti que era el pediatra de sus hijos y secretario de Acción Social del Municipio, fue director de Salud durante la gestión del escribano Alcides Sequeiro. Luis no tenía militancia política, solo estaba afiliado a la Unión Cívica Radical por afinidad con el liderazgo de Raúl Alfonsín en el regreso de la democracia. “Nunca fui un militante porque no tuve tiempo, pero me convocaron para hacer mi aporte en el campo de la salud pública y acepté. Fui director de Salud en épocas complejas, primero con un brote de meningitis, más tarde con la inundación de 1995 y más adelante, ya en la gestión de Héctor “Cachi” Gutiérrez, con la epidemia de Gripe A”. 

Hasta el año pasado en que se jubiló fue médico de atención primaria y asegura que tuvo el privilegio de trabajar en todas las salas. “Como director de Salud donde faltaba un médico ahí me iba yo, pero reconozco que siempre me gustó trabajar en la zona rural, quizás por haber crecido en un pueblo.

“Durante años trabajé en Rancagua donde tuve el privilegio de inaugurar la sala en la escuelita de Villa San José, en el límite con Arroyo Dulce. Guardo muy lindos recuerdos de ese tiempo y tengo dos ombúes plantados por los chicos en ese lugar”.

 

Su presente

Con la misma postura frente a la profesión y a la vida, abocado a la actividad del consultorio y sabiendo que nadie le roba los pacientes a nadie, sino que estos se van solo si son mal atendidos, disfruta del contacto con cada uno de ellos.

Sentado en el escritorio de su padre, con el estetoscopio y el tensiómetro igual que el primer día, tiene ya gran parte del camino transitado. Recuerda sus tiempos de juventud y sus hazañas deportivas en el tenis, junto a su compañero y amigo “Cacho” Bustos, y en el tiro. “En la vida no he hecho mucho más, el resto del tiempo me dediqué a trabajar para darle un futuro a mis hijos que siempre estudiaron en la escuela pública”, refiere y haciendo un balance afirma convencido: “Todo lo que pude haber logrado fue al lado de esa voz que está detrás de esa puerta”. Se refiere a su mujer que mientras transcurre la entrevista habla en la sala de espera con pacientes que llegan.

“A mí me cargan porque siempre tengo un dicho: ‘La mujer en la cocina, el perro en la cucha y el malvón en la maceta’. No lo digo en tono machista, sino con un profundo respeto por el rol que le cabe a la mujer en la crianza de los hijos. Yo no cambio la forma en que mi mujer me crió a los chicos, por haber tenido una profesional al lado mío. Me tildarán de lo que quieran, pero a mí me salió bien”.

Se emociona hasta las lágrimas cuando hace esa confesión que lo delata como un hombre sensible. No se puede ser médico sin esa condición humana a flor de piel. Tampoco se puede ser padre. Luis Kubescha lo es y se le nota. 

“Esta es mi vida. No tengo campo, ni quinta. Amo estar con mi familia. Hay gente que tiene otra escala de valores y yo la respeto. Este es el escritorio que era de mi papá y aquí está mi historia, lo que soy. Espero que el día de mañana mis hijos tengan esta herencia. Ese es el mejor legado. No te vas a llevar nada más y la vida te enseña que los ataúdes no se construyen con bolsillos”.

Con esa convicción vive y en esos valores sostiene su presente e imagina su futuro. Sueña con conocer las Cataratas del Iguazú y quizás contactarse con sus parientes lejanos de Alemania. No tiene otras aspiraciones. Prefiere un viaje de caza con sus hijos, al fastuoso viaje por cualquier lugar del mundo. Sabe que en el afecto está lo que perdura y así es como imagina su vejez: “sin joder a nadie”.

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