domingo 05 de abril de 2026

Josefa Feliú viuda de Martin: testimonio de cómo el transcurso del tiempo no altera la esencia

24 de abril de 2016 - 00:00

Tiene 85 años y es parte de una generación que creció trabajando y sobre la base de ese esfuerzo pudo forjar un presente y un futuro. Fue comerciante junto a su esposo y más tarde trabajó en la limpieza de bancos y otros espacios. Emprendedora y jovial, trazó su perfil pergaminense en una cálida entrevista, con la experiencia que da la vida.

J osefa Feliú de Martin es una mujer de 85 años a la que es común ver sentada en la puerta de su casa del Cruce de Caminos leyendo el diario. En su jardín, entre sus plantas. Vive sola y reconoce que pasa tiempo leyendo o escuchando música para no “mirar televisión y ver los horrores de las cosas que están pasando en el mundo. “Muchas de las cosas que pasan son a causa de la droga, antes no sucedían”, señala en el comienzo de la entrevista que se desarrolla en la cocina de su casa. Es el hogar que compartió con su esposo Francisco Martin, fallecido hace catorce años. 

Ella nació en el centro de Pergamino. No recuerda que haya sido en el Hospital y más bien escuchó de sus padres que su nacimiento se había dado en una casa particular, asistida por la partera. “Así era entonces”, afirma. Creció con su mamá, su papá y sus siete hermanos -cinco mujeres y dos varones-. Desde chica realizó todo tipo de tareas. Creció en el campo, en un establecimiento rural ubicado entre Urquiza y Villa da Fonte. Asegura que la ruta nacional Nº 8 no estaba pavimentada cuando ella nació y de chica la recuerda como “un gran camino de tierra”. 

La enfermedad de una de sus hermanas que falleció a los 19 años, de algún modo condicionó su infancia. Lo cuenta con resignación y comenta que todos crecieron acompañando a esa pequeña que a causa de una parálisis falleció tempranamente.

“La vida fue difícil para nosotros. Como mi hermana estaba enferma no me podían dedicar la atención a mí. Yo recuerdo que me iba mucho al campo de mi tío en Juncal, en el campo ‘La Monona’. Allí pasé gran parte de mi vida y me enseñaron cosas muy buenas”, comenta y recuerda que como estando allí no habían podido mandarla a la escuela, a través de una amiga le hicieron lugar en la Escuela Nº 1. “Yo ya tenía mis conocimientos, así que me tomaron un examen y en lugar de ponerme en primer grado, me pusieron en tercero. Empecé allí y luego me trasladé a Urquiza, donde hice hasta séptimo grado”, recuerda.

Más tarde estudió secretariado comercial con una amiga del campo, Ana Delia Corona. “No sé si me sirvió de mucho, pero me aportó conocimientos esa experiencia”, afirma esta mujer de apariencia sencilla y gestos amables.

 

La familia

Josefa cuenta que para su época se casó “grande”. Fue a los 35 años. Había conocido a su esposo en un casamiento en la calle General Paz, donde actualmente funciona una panadería. Estuvieron doce años de novios y pasaron juntos el resto de sus vidas, sorteando los inconvenientes y avatares de tantos años compartidos.

“Hace 50 años que vivo en esta casa donde convivimos juntos. Mi esposo falleció en este lugar”, refiere en la continuidad de la conversación que tiene elementos de nostalgia.

Tuvieron dos hijos: Miguel Angel y María Luján.  Con su hija está distanciada y prefiere no recordar los acontecimientos que causaron ese alejamiento. Vive en el presente y disfruta de sus afectos cercanos. Su hijo vive en Fontezuela, donde tiene un almacén. También tiene dos nietos: Angel Leonel y Ludmila; y un bisnieto de 32 días: Leandro Tisiano Gómez.

 

Una emprendedora

Relata que en el campo se dedicó desde niña a todo tipo de tareas. Luego con su esposo tuvo un negocio en San Nicolás Norte. “Estuvimos muchos años viviendo allí y por distintas razones el comercio que teníamos se puso a nombre mío y las cosas terminaron mal, así que tuvimos que cerrar y nos mudamos al barrio Acevedo. A mí sinceramente no me gustaba, porque yo estaba acostumbrada a vivir de otra manera. Se lo expresé a mi esposo con el que siempre estuvimos acostumbrados a compartir las buenas y las malas sabiendo entendernos. Nos mudamos a Dorrego y Moreno y más tarde a una casa que un sobrino nos cedió en Chile y Carpani Costa, hasta que terminamos nuestra casa que es donde hoy vivo, aquí en el Cruce”.

El relato se tiñe del recuerdo de los buenos y malos momentos vividos en 85 años. En lo laboral siempre fue una mujer emprendedora. Lo mismo que su esposo que era sereno.

“Mi esposo consiguió trabajo en el Banco Rural, fue sereno durante muchísimos años y me consiguió trabajo a mí también. En una época además trabajé en el Banco del Oeste, hacía de todo, la limpieza y llevaba la correspondencia. Estuve quince años trabajando en el Banco Rural hasta que me jubilé”, cuenta.

Josefa también fue encargada del guardarropas de Fedra, un lugar al que la llamaban para trabajar y al que podía llevar a sus hijos que por entonces eran pequeños.

“Todo el sacrificio que hicimos rindió sus frutos y hoy vivo tranquila”, afirma y recuerda que también trabajó con el ingeniero Baumer y en la Semillera Gómez.

 

La inundación

Un hito doloroso de su vida fue la inundación de 1995. Relata la vivencia con un temor todavía vivo. El mismo que le impide dormir tranquila cuando llueve. Estaban con su esposo cuando vieron convertirse su casa en una laguna a la que entraban sapos y ramas. Se refugiaron sobre la mesada de la cocina y vieron como el agua se llevaba los tapiales. “Aún hoy cuando viene tormenta me cuesta dormir tranquila del miedo que tengo de que esto se vuelva a repetir. Dios no lo permita volver a perderlo todo”.

Tiene la templanza que dan los años y aunque fue una pérdida que dejó sus secuelas, asegura que hubo mucha gente buena que ante esa contingencia encontró el modo de ayudarla a “empezar de nuevo”. Lo consiguió.

 

Su presente

Hoy ya retirada de toda actividad laboral está “felizmente bien”. Le gusta leer y cocinar, más que mirar la televisión “para no amargarme, aunque algunos programas veo”. 

Le gustan las rutinas alegres. “Tristezas no, demasiadas uno ya ha pasado en la vida”. Está acostumbrada a vivir sola. Y disfruta de la compañía de quienes vienen a visitarla, entre ellos su nieto y algunos vecinos y amigos, como Delfina, una mujer joven con la que le gusta “conversar”.

“Uno con los jóvenes se entretiene”, afirma. Ríe con una carcajada que contagia y siente que tiene sentido del humor. 

Se define como una mujer de fe. Cree mucho en la Virgen del Valle de Catamarca y escucha la misa de Radio Mon todos los domingos.

Sabe bailar y de hecho comenta que suele hacerlo en fiestas familiares o entre amigos. Recuerda una particularmente que se realizó en Fontezuela. Allí se organizó un concurso de baile y su mesa resultó ganadora. Ella bailó distintos ritmos y con su chamamé se ganó una botella de vino. Le gusta el pasodoble y la cumbia y no le esquiva a cualquier música que le alegre el alma. “Me gusta bailar, tengo un espíritu alegre”.

El baile no es la única experiencia que aparece entre sus anécdotas. Hace poco su imagen cobró cierta trascendencia cuando pasó por Pergamino el Rally. Conoce a la familia Bassi desde siempre y aprovechó la ocasión para saludar a Gustavo. Pero no se quedó con eso, se envolvió en una Bandera argentina y esperó pasar a corredores y amantes de ese deporte para fotografiarse y manifestar su entusiasmo. “Fue algo lindo, se armó una fotografía que terminó saliendo en el diario. Recuerdo que desde Pichetti me vinieron a traer un ejemplar del diario diciéndome: ‘Josefa, además de ser sus vecinos y verla todos los días, también la tenemos en el diario’”.

Sonríe al relatar la experiencia y confiesa que haber salido con la Bandera argentina fue un orgullo. “Tengo la Bandera guardada y embandero mi hogar en cada acontecimiento importante. Es una costumbre que traigo desde la calle San Nicolás de cuando vivíamos allí y teníamos el negocio”, comenta.

 

El transcurso del tiempo

Con la serenidad que aportan los años y la jovialidad con la que mantiene vivo el espíritu, Josefa que fue la menor de sus hermanos, sabe que con el transcurso irremediable del tiempo “la familia va desapareciendo”. Sin embargo, observa con templanza esa situación y no reniega de sus años. Confiesa no tener demasiadas asignaturas pendientes y se muestra agradecida a sus padres Pablo Feliú y Josefa Tiribó por haberle dado la educación que le dieron. “Si yo hubiera sido más inteligente quizás me hubiera gustado estudiar. Pero viví bien y no me quejo”.

Acepta con tranquilidad el paso del tiempo. Y sobre el final de la charla comenta algo que lo confirma: “Los otros días se murió una prima y en el velorio les dije a mis allegados: ‘Soy el árbol de la familia viejo, la única rama de ese árbol que queda soy yo. Es inexorable el paso de la vida’”.

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