sábado 04 de abril de 2026

Marta Umanti: sus primeros pasos en Pinzón y una nutrida trayectoria como auxiliar de educación

10 de abril de 2016 - 00:00

Nació en el pueblo de campaña en el que vivió hasta que se estableció en Pergamino, junto a su esposo.  En el mismo establecimiento en el que estudió trabajó como portera y más tarde desarrolló la misma tarea en la Escuela Nº 53, donde se jubiló hace unos días.

M arta Ofelia Umanti tiene 65 años y acaba de jubilarse como auxiliar de educación, una tarea que ejerció durante años y que le permitió desarrollar una labor que le gustó realizar y gracias a la cual conoció a mucha gente que cuenta entre sus afectos. Nació y creció en Pinzón, un pueblo del Partido de Pergamino al que quiere con el alma. Guarda hermosas vivencias de ese lugar que la vio crecer y en el inicio de la conversación relata que al lado del Club está “el ranchito” en el que nació. “Allí nacimos las tres hermanas: Susana, Malena y yo”, señala con la emoción de quien revive el pasado cada vez que se para en la puerta de aquel lugar entrañable. Sus padres Rosa y Luis fallecieron. Su madre fue ama de casa y su papá trabajó durante 25 años en un camión de la cooperativa, trabajo en el que se jubiló. Recuerda rutinas sencillas de la vida de pueblo y amistades queridas que aún conserva. Calles tranquilas y tardes apacibles constituyen el universo de sus recuerdos. Aunque confiesa que de chica era inquieta y siempre le gustaba jugar a Carnaval.

Estudió en la Escuela Nº 23 de la localidad, donde cursó hasta sexto grado. Luego no quiso seguir estudiando y optó por trabajar. “Mi primer trabajo fue lavar y planchar en una casa de familia del pueblo”, relata.

 

En Annan de Pergamino

Cuando a Pinzón llegó el pavimento, fue su tiempo de trabajar en la ciudad. El colectivo la traía desde el pueblo hasta la  legendaria Fábrica Annan de Pergamino. “Funcionaba en calle Merced, era una ciudad en sí misma, muchos obreros, hombres y mujeres trabajaban allí en los distintos pisos”, cuenta. Allí su tarea fue hacer trabajos a mano, lo que le significaba trabajar sobre prendas ya confeccionadas. También recortaba bolsillos y trabajaba también con prendas de cuero. “Salíamos antes de las 6:00 de Pinzón, entrábamos a trabajar y hacíamos horario corrido, lo que cobraba era una quincena para mi casa y otra para mí”.

Cuando habla de aquel trabajo también habla de sus recuerdos de juventud. Los sacrificios de trabajar incluso durante los fines de semana, no le quitaban tiempo al disfrute de la salida con amigos. “A veces salía viernes, sábado y domingo, pero mi mamá me despertaba a las 5:30 y me iba a trabajar sin chistar. Creo que teníamos otra relación con la responsabilidad, distinta quizás a la que tienen los jóvenes de hoy”, asegura.

“Los recuerdos de aquel tiempo son imborrables, gran parte de la vida de la ciudad pasaba por allí, era un lugar que marcaba el ritmo. La fábrica ocupaba varios pisos y hasta el día de hoy decir que trabajaste en Annan te define como parte de una generación”, refiere en la charla que se concreta en su casa del barrio Centenario, donde vive desde hace 33 años junto a su familia.

“Hasta el día de hoy es común encontrarme a personas que trabajaron allí. Mi esposo es peluquero y tiene varios clientes que fueron trabajadores de la fábrica”, agrega y destaca que “conserva muchas amistades de aquel tiempo”.

 

Otros empleos y la escuela

Luego trabajó un tiempo en Telefónica y en el taller de costura de José Vecino.

Con el devenir, la vida la fue llevando por los caminos del colegio en el que había estudiado. Un día se encontró trabajando como  auxiliar de educación en la Escuela Nº 23 de Pinzón. “Yo todavía vivía en el pueblo y tuve la suerte de empezar a trabajar durante seis años en la Escuela que había sido el lugar en el que yo había estudiado”, refiere y asegura que esa fue su primera experiencia como “portera”.

Una vez radicada en Pergamino, ya casada con su esposo, al que había conocido en el pueblo, pusieron un kiosco y un negocio de ropa hasta que él se dedicó de lleno a la peluquería.

Gracias a su mejor amiga, Graciela Silvestre, que era la directora de la Escuela de Pinzón, tuvo la suerte de entrar a trabajar como portera en la Escuela Nº 53 de Pergamino. “Ella me ayudó a hacer los papeles, y me impulsó para que fuera a anotarme al Consejo Escolar. Le hice caso y tuve la gran suerte que salió una titularización el 31 de agosto de 2000. Así comencé a trabajar y estuve en ese establecimiento hasta el 1º de este mes en que me llegó la jubilación”.

Con su condición de jubilada recién estrenada reconoce que aún no sabe cómo organizará su tiempo y tiene todavía presente las rutinas de su dinámica laboral. “Me jubilé con 65 años y 28 de aporte. Es como que todavía no caí, tengo muchas cosas que hacer”.

 

Las rutinas laborales

Sus jornadas laborales eran de 12:00 a 18:00 y de algún modo estructuraban su tiempo. Incluso hubo épocas en que trabajaba de mañana y tarde, colaborando con la escuela y acompañando en la tarea a Ricardo, un portero ya fallecido al que había conocido en su infancia y con quien se reencontró en el ámbito laboral. “El había sido vecino de una de mis tías que vivía en calle Monroe, nos habíamos conocido cuando yo tenía siete años y venía de Pinzón, recuerdo que jugábamos al carnaval. Un día cuando comencé a trabajar en la escuela me lo encontré siendo portero como yo”, comenta.

También menciona que en tantos años de tareas trabajó con tres directoras: Elvira Antonetti, Susana Marchetti y Silvia García. “Han pasado muchos maestros, profesores de gimnasia, compañeras de la tarea”, indica, y destaca con gratitud los muchos  años compartidos con una de ellas: Ester Robba, quien en el momento del retiro le organizó una fiesta de la que disfrutó plenamente.

Aunque asegura que no le costó jubilarse porque ya en octubre del año pasado había ido para asesorarse e iniciar los trámites, la sorprendió la llegada de abril con la jubilación como un hecho real. “Me dijeron el 31 de marzo estás jubilada y yo no lo podía creer.

“Se siente un impacto y un cambio en la vida porque yo estaba muy acostumbrada a trabajar afuera de mi casa, con horarios y rutinas que organizan el tiempo”, señala. Entre sus proyectos por el momento cuenta el poder ocuparse con más libertad de las cuestiones domésticas, disfrutar del tiempo con sus hermanas, una de ellas vive en Coronel Suárez.

 

La vida familiar

Marta comparte su vida con su esposo Guillermo Saracini, peluquero al que ayuda en determinados horarios con la atención del teléfono en el local. “Voy a la mañana al local a cebar mates y algunas veces, ahora que no voy a la escuela, voy a la tarde y le doy una mano atendiendo el teléfono.

“Nosotros nos conocimos en el pueblo, estuvimos cuatro años de novios, durante dos años estuvimos peleados y luego nos reconciliamos y nos casamos”. A fin de año cumplirán sus 39 años de casados y asegura que la clave de la permanencia pasa por la comprensión y el compañerismo. Tienen dos hijos: Leandro, que es periodista deportivo, está casado con Verónica Casas y tienen dos nietos mellizos: Valentín y Guillermina, de un año y medio; y Julieta, soltera y abogada. En Suárez tiene dos sobrinos: Guillermo y Gabriela.

Confiesa que la llegada de los nietos le cambió la vida y piensa que este tiempo de descanso también le permitirá disfrutar más de ellos. “Aún me cuesta imaginarme haciendo algo más por fuera de lo que ya hago. Por fuera de la escuela voy a gimnasia y a yoga y eso pienso seguir haciéndolo y el resto del tiempo veré qué hago. Soy muy activa y no puedo estar sin hacer nada”.

En la intimidad de su hogar fantasea con la posibilidad de viajar. Y cuenta las anécdotas de un viaje que realizó el año pasado con parte de su familia. “Fue un viaje hermoso y es la primera vez que realizábamos un viaje largo”.

También le gusta volver a su pueblo y reconoce que cada vez que llega allí el tiempo no le alcanza para visitar a tanta gente querida. “Todo el mundo te invita a pasar a su casa, es muy linda la vida del pueblo. Ahora estamos movilizados porque la escuela está por cumplir cien años y habrá una fiesta en septiembre u octubre”.

Reconoce que no tiene asignaturas pendientes y señala que de cara al futuro lo que espera es poder trazar nuevos sueños por cumplir. 

Cuando promedia la entrevista y la charla la lleva por el camino del balance, confiesa que extraña “todo de la escuela”. A la memoria vuelve el tiempo atrás y acerca los recuerdos de seres queridos, compañeros y amigos. “Extraño a las docentes, las secretarias, los compañeros”.

Afirma que ingresó a trabajar como auxiliar de educación casi por casualidad y asegura que la escuela se transformó en parte de su vida. “Los porteros nos dedicamos a limpiar, a mantener en condiciones las instalaciones, estamos al servicio del personal de la institución, y uno va estableciendo relaciones que perduran”.

Así cuenta que cuando se retiró, sus compañeros le organizaron una fiesta. La emoción embarga la palabra cuando refiere que en ese encuentro tuvo la posibilidad de compartir un buen momento con gente de la Escuela Nº 53 y con gente de Pinzón. “Fue una fiesta en Colorín Colorado, al principio iba a ser sorpresa pero después me dijeron. Fue muy gratificante ver que estaban mis compañeros del gremio, algunos jubilados, gente de las dos escuelas en las que trabajé y todas personas queridas”, cuenta con el brillo con el que se viste la mirada cada vez que se está cerrando un ciclo, para abrirse a un nuevo tiempo de la vida. Ese que para Marta recién empieza.

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