Tiene 79 años, es inmigrante y constructor. Guarda los recuerdos de su pueblo natal y no pierde la ilusión de volver algún día. Aquí se forjó una vida a fuerza de voluntad y empeño y consiguió sus metas. Conserva el acento y la impronta de quienes un día llegaron y encontraron en estas tierras un lugar donde crecer.
S alvador Bontempo tiene 79 años y cualquiera que lo escuche hablar y rescate sus relatos se remonta de manera imaginaria a su pueblo natal: Castelvetere Valfortore, en la provincia de Benevento, Italia.
Mantiene el acento intacto. Como los recuerdos del lugar donde nació, en una zona de montañas y riguroso frío en invierno. Allí creció y vivió hasta los 17 años, cuando con su madre Lucía Lantella y sus hermanos, María, Nicolás y Mario, se vino a la Argentina. Su padre Pascual Bontempo, que era peluquero, había llegado varios años antes con el objetivo de forjarse aquí un futuro.
Corría 1955 cuando arribó a Pergamino, sin conocer el idioma ni las costumbres. Confiesa que a poco de llegar sintió el impulso de volver a su tierra natal. Fue difícil el desarraigo porque yo estaba en una edad en la que ya entendía lo que sucedía. Pero aquí encontré un lugar en el que podíamos vivir y crecer. Mi padre había alquilado un departamento en Luzuriaga, a una cuadra de la Avenida, cuenta en un relato rico en las vivencias de entonces.
En Italia había estudiado el oficio de construcción y esas fueron las herramientas que le sirvieron acá para trabajar. Esa fue su vocación desde siempre y el pilar que lo sostuvo para ir fortaleciendo su sentido de pertenencia en su condición de inmigrante. Pasaron ya 61 años y sin embargo, están intactas las sensaciones.
Un apasionado de su oficio
Comencé a trabajar con un constructor que estaba haciendo una casa. Después me puse en contacto con un italiano que estaba en la actividad y tomé otros trabajos, comenta haciendo referencia a su vinculación con Juan Stivaletta, un constructor con el que armó una sociedad que mantuvo durante 25 años.
Fue una experiencia provechosa y llegamos a tener empleados a cargo y a trabajar en innumerable cantidad de obras. Hasta que en un momento tuve la inquietud de armar algo propio, así que sin peleas disolvimos la sociedad y seguimos siendo amigos, agrega.
Su oficio le dio muchas satisfacciones. Asegura que todos los arquitectos pasaron por mis manos y reconoce que nunca hubiera podido dedicarse a otra cosa.
Enumera en la charla a varios profesionales de la arquitectura y reconoce a Jorge Rocchi, un arquitecto al que considera un grande y con el que siempre sintió mucha afinidad y trabajó de maravillas.
En cada obra obtuvo un aprendizaje. Y hay algunas construcciones y experiencias de trabajo que recuerda particularmente. Construimos un chalet detrás del Club Annan, otro el del doctor Calzone, en calle Echevarría antes de llegar a Rocha. Fueron muchísimas las obras en las que trabajé y muchos los clientes que tuve y de los que guardo los mejores recuerdos y ahora aunque estoy jubilado ya, sigo trabajando con mi hijo que sigue mis pasos.
Le gusta su trabajo y lo dice en varias oportunidades. En realidad lo siente y se le nota. Nunca pensé en dedicarme a ningún oficio más, afirma y la reflexión lo lleva nuevamente a Italia: Tenía 14 años cuando después de la Guerra el gobierno italiano estableció que ningún joven tenía que estar en la calle y para ello propuso que pudiéramos estudiar un oficio. Podías elegir cualquiera, electricista, carpintero o albañil. Yo me incliné por la construcción porque era algo que de chico me había gustado. Empecé a estudiar, íbamos a clase de 8:00 a 10:00 y luego, hasta las 14:00 practicábamos arreglando las casas del pueblo. Allí aprendí todo lo que sé y esas fueron las herramientas que me sirvieron cuando llegué aquí.
Otro Pergamino
Cuando la charla lo lleva a sus primeros tiempos en Pergamino, el recuerdo lo lleva por los amigos que le enseñaron a hablar castellano, lo llevaron al cine y le mostraron los aspectos de una cultura familiar a la de sus orígenes. Primero vivimos en Luzuriaga y más tarde mis padres compraron su casa en el barrio Obrero. Era otro Pergamino, por aquella zona no vivía casi nadie, solo las 25 familias del barrio. Era todo campo y usábamos los terrenos linderos para hacer quinta. Después se empezó a poblar, se armó una comisión y conseguimos que el colectivo llegara hasta el Club Annan, porque antes solo lo hacía hasta el Cruce de Caminos y teníamos que llegar a casa caminando, recuerda. Disfrutaba de aquel tiempo y de aquellas costumbres de entonces. Recuerda el pan casero que elaboraba su madre y lo que cosechaban de esa quinta y compartían con los vecinos. Era otro Pergamino y era otra vida, en la que la gente se relacionaba de otra manera.
Los buenos valores
Los valores de su querida Italia habían llegado para quedarse y a lo largo de la vida Salvador se preocupó por mantenerlos. No le costó esfuerzo. Así como conservó el acento italiano, cultivó costumbres de una vida en familia que sostiene con orgullo.
En 1963 se casó con Rosa Sayal, una mujer a la que conoció en el centro, de la cual se enamoró. Estuvieron dos años y medio de novios y se casaron. Ella trabajaba en la Fábrica Annan y hoy se dedica a su casa y disfruta de tejer y cuidar a los nietos. Viven en el barrio José Hernández, un lugar al que llegó cuando era todo campo.
Tuvieron dos hijos: Graciela, casada con Carlos Barrio; y Daniel, casado con Marisa Bisi. Y disfrutan de sus cuatro nietos: Matías y Magalí Barrio; y Agustina y Alejando Bontempo.
Cuando no trabaja Salvador disfruta de cumplir con rutinas domésticas como cuidar la quinta y preparar el asado. El resto del tiempo lo emplea para disfrutar de sus nietos, del fútbol y el encuentro con seres queridos. Es hincha de Boca Juniors y de Douglas Haig. Voy a la cancha con mi hijo, con amigos y armamos una barra que es la que colocó una bandera grande en unas de las tribunas de Douglas Haig para alentar al equipo, cuenta con el entusiasmo de una simpatía a la que le pone el corazón.
Lejos de sus raíces
Confiesa que siente nostalgia cuando piensa en Italia. Eso es quizás lo que les sucede a muchos de los inmigrantes. Allá tenía amigos y una vida armada. Me costó y al principio me quería volver, pero Pergamino fue una ciudad que nos recibió bien y aquí pude vivir bien y armar mi familia, sostiene. Igual me considero italiano, no perdí el acento, lo conservo de mi madre, conversando con mi hermano, con mi hija y ahora con mi nieto. Estoy lejos de mi tierra, pero me siento cerca, siempre me llega la notificación para ir a votar y para colaborar con algunas cosas, refiere.
Aunque varios de sus familiares tuvieron la posibilidad de volver a Italia. Salvador aún no pudo hacerlo. No pierde la esperanza de que eso pueda suceder algún día. Mi madre y mi hermano fueron porque habían quedado propiedades allá. Yo no fui. No pierdo la esperanza, no sé por dónde me llevará la vida, pero me gustaría, afirma conmovido por el recuerdo de aquel lugar al que vuelve guiado por sus nietos que a través de la computadora le muestran cómo está hoy aquel lugar que dejó. Me emociono cuando veo mi casa, el paisaje, es muy lindo compartir eso con ellos, confiesa, definiéndose como italiano y asumiéndose pergaminense y parte de una comunidad en la que le gusta vivir.