viernes 03 de abril de 2026

Raúl “Nico” Pérez: un hombre que llegó a la ciudad de la mano del boxeo y encontró aquí su lugar

27 de marzo de 2016 - 00:00

Nació en San Rafael, Mendoza, y vino a Pergamino para pelear en 1983. Nunca más se fue porque encontró la calidez de gente que lo recibió.  Pergaminense por adopción, trabaja en el Club Social y realiza otras labores por su cuenta. Guarda las anécdotas de la gloria y se siente aquí “como en casa”.

R aúl Eduardo “Nico” Pérez es un pergaminense por adopción que llegó a la ciudad de su San Rafael natal de la mano del boxeo, una pasión que abrazó y por la que cosechó éxitos y reconocimientos. También pagó costos que supo afrontar, producto de la fama. Hoy tiene 63 años y es uno de esos personajes de la ciudad que cualquiera puede ver caminando por las calles o sentado en la vereda del Club Social, donde trabaja como encargado del sauna.

Todo el mundo lo conoce como “Nico”, un sobrenombre que le puso la revista El Gráfico cuando fue a pelear con un español. “Soy ahijado de Nicolino Locche y para boxear tenía un estilo parecido al de él, de ahí me quedó el apodo”, refiere en el comienzo de la entrevista que se desarrolla en un alto de su tarea.

“Nací en San Rafael, provincia de Mendoza, y llegué a Pergamino de la mano del boxeo para pelear con ‘Beto’ Chávez el 23 de diciembre de 1983 y no me fui más”, relata este hombre que asegura que se acercó a ese deporte de tanto “pelear en la calle”.

“Un día me llevaron a entrenar, al principio yo no quería, fue un hombre que era gerente de un banco el que me dijo que tenía muchas cualidades para ser boxeador; le dije que no me gustaba, pero insistió, me invitó  a un gimnasio que tenía él que se llamaba Agua y Energía, a mí me quedaba a unas pocas cuadras de mi casa, así que fui, entrené y al mes estaba haciendo mi primera pelea. Gané y al año salí campeón argentino de boxeo”.

Así recuerda los comienzos de una carrera deportiva que le resultó provechosa, que le permitió conocer muchos lugares del mundo y rodearse de gente. “Seguí hasta el año 1989, mi última pelea fue afuera y después no quise pelear más porque no era de juntar la plata que ganaba y ya me sentía grande para seguir, además había llegado a hacer 18 peleas por año, algo que está muy por sobre lo que hace un boxeador que contabiliza siete u ocho”.

Asegura que con el dinero que ganó en el boxeo fue “muy bondadoso” y quizás por eso no guardó recursos para forjarse un porvenir. “Creo que esa es una cualidad de la mayoría de los boxeadores; ganaba dinero, porque con este deporte se gana buena plata, pero si por ejemplo iba a la casa de alguien que no tenía sillas, no dudaba en comprarlas. Y así con todo. Quizás por eso también hay mucha gente que me aprecia y me conoce de aquella época”.

“Eso sí, así como fui generoso, hubo gente que me ayudó mucho a mí también. Una de esas personas fue el ‘Kanga’ Bonet, un gran entrenador y un hombre que siempre estuvo dispuesto a tenderme una mano, soy un agradecido por lo que hizo por mí, tanto en mi carrera deportiva como por fuera del boxeo”, afirma.

Recuerda muchas vivencias de aquella época gloriosa. De sus peleas, rescata la que le ganó a “Falucho” Laciar. “Fui el único que le ganó al campeón del mundo”, afirma y recrea las instancias de una contienda en el ring que le propuso Tito Lecture. “Yo no quería hacer esa pelea porque estaba cuarto en el ranking mundial y él estaba décimo. Me convencieron, le gané. El representaba a Carlos Paz, me pidió la revancha y le volví a ganar”, comenta y reconoce que en el mundo del boxeo muchos lo consideraban “un negro vago”.

“Yo me hacía amigo de todo el mundo. Hasta el día de hoy ‘Faluchito’ tiene gimnasios en Carlos Paz y me manda a llamar siempre para que me haga cargo; pero a mí me gusta Pergamino”, reconoce.

 

El costado personal

Así como el boxeo le mostró la cara de la fama en determinada época, también le hizo pagar algunos costos personales. “Nico” se había casado y tenido sus hijos en Mendoza. Sin embargo, de acuerdo a lo que él mismo cuenta, por la noche y la fama perdió ese vínculo con su esposa. “Nos separamos, yo no era fácil, hoy a la distancia sé que si hubiera descubierto a Dios y me hubiera consolidado en la fe que tengo hoy, quizás no hubiera perdido a mi familia”, confiesa. Y enseguida rescata que de aquel matrimonio nacieron tres de sus hijos: Sergio, que también boxeaba, Cristina y Jaquelina. “Ellos viven en Mendoza y soy abuelo de nueve nietos”.

Va a su ciudad natal para las fiestas, aunque ahora reconoce que hace dos años que no viaja, desde que murió su madre Teresa. También falleció su hermano Oscar y tiene en Mendoza al hombre que lo crió, Hermógenes Cardoso, a quien quiere como un padre. “El y mis hijos siempre me insisten para que me vaya para allá, pero sería comenzar de nuevo, yo aquí en Pergamino ya tengo mi trabajo y es un lugar que me gusta”.

 

Su presente

En su presente se dedica a “hacer un poco de todo”. Por la mañana es pintor de obra, realiza empapelados y tareas de decoración. Por la tarde trabaja en el Club Social, en la atención del sauna, es masajista. Sus rutinas son sencillas y sabe establecer buena relación con los socios del Club que llegan a ese lugar. Cuenta que aprendió a hacer masajes a partir del boxeo y que se formó en Buenos Aires, un lugar en el que estuvo bastante tiempo cuando peleaba. “Era el punto de partida para viajar a cualquier lugar para pelear, así que estuve mucho tiempo en Buenos Aires. Gracias al boxeo conocí varios países como Puerto Rico, Venezuela, Ecuador y Chile”, cuenta con el recuerdo siempre presente de lo que fue uno de los pilares de su vida.

De Pergamino le gusta todo, la gente, el movimiento y la tranquilidad. Se muestra agradecido porque la ciudad siempre lo recibió “muy bien”. El se fue ganando un lugar. De lunes a sábados vive en una pensión, cerca del Club Social. Los sábados viaja a Salto donde hasta hace poco vivía con otro de sus hijos Ezequiel. “Es muy buen boxeador, vivimos juntos hasta hace un tiempo en que decidió irse a la casa de la madre, Julia, una mujer con la que compartí 15 años de amor y a la que hoy me une una relación de compañerismo”.

“En una época yo tenía decidido volverme a Mendoza, me llamó el hermano de Julia y me dijo que no me podía ir, que me iban a extrañar, me ofreció su casa en Salto para que me quedara. Después ocurrió la inundación que me hizo perder todo y me llevó hasta los perros. Pero sigo allí, los fines de semana, mientras busco alguna casa acá”.

Durante la semana cuando está en Pergamino vive en la pensión, donde va a descansar. De día le gusta compartir un café con los amigos, va a comer a un bar que está en Merced y Pueyrredón, allí mira televisión y juega alguna partida al truco. “Me gusta el trato con la gente, pero con los años también he aprendido a llevarme bien con la soledad”, confiesa. Enseguida vuelve al boxeo para referir que de ese deporte aprendió “disciplina en la calle y a saber que lo que sabés de pelear tenés que demostrarlo arriba del ring”.

“El boxeo me dio muchas amistades, me permitió conocer muy buena gente”, afirma y confiesa que se siente reconocido como boxeador: “Es lindo que la gente te conozca, es un reconocimiento”.

 

Un hombre de fe

Su pilar hoy es la religión. Es un hombre que profesa el culto evangelista. Que va a la Iglesia Gente Nueva. Allí tiene amigos y un refugio para los problemas cotidianos. Convive con una radio en la que escucha una frecuencia que pertenece a la Iglesia. Se nutre de mensajes que lo ayudan a ser “cada día mejor”.

“Conozco la iglesia desde que boxeaba pero no me afirmé en aquel momento porque viajaba mucho. Mi encuentro con Dios fue después. Y la Iglesia Evangelista me ayudó mucho y me enseñó muchas cosas. Siempre digo que no hubiera perdido a mi familia si hubiera tenido esta fe. El camino de Dios no es fácil, pero es hermoso y te ayuda a ver las cosas de otra manera”.

Esa fe lo ayuda a reconocer errores y a tener una mirada compasiva de su entorno. Acostumbrado a la soledad, se define como una persona inquieta y reconoce que tiene dificultades para imaginar su vejez. “Los años llegan y uno los tiene que asumir, pero me cuesta imaginarme quieto”. No sabe si ese tiempo lo encontrará en Pergamino. Fantasea con la posibilidad de que sea rodeado por sus hijos y nietos. Y sobre el final los recuerdos lo llevan a Mendoza, allí donde está su raíz y tal vez su futuro. “Estoy dividido, porque me siento un poco pergaminense, esta ciudad me recibió siempre muy bien y me dio mucho”, concluye, reconociendo que ese sentido de pertenencia tiene mucho que ver también con los amigos- menciona a Cristian Reina y a Gustavo, pero asegura que son muchos más a los que sería imposible nombrar sin quedar mal con alguno-, pilares que lo acompañan en lo cotidiano y lo ayudan a sentirse “en casa”.

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